Domingo 13 de Agosto de 2023
Los mercados, las ferias y los anticuarios de Buenos Aires, sobre todo el barrio San Telmo, son los lugares que Marcelo El Haibe no deja de mirar cuando de piezas de arte y patrimonio colonial se trata. Es que allí pueden encontrarse desde elementos robados de las iglesias y que fueron utilizados para los rituales de la liturgia hasta volutas (adornos con forma de caracol o espiral) arrancadas con las que incluso luego se conforman obras de decoración. El abogado, miembro de la Policía Federal e Interpol, y creador de la primera base de datos de objetos robados en la Argentina, también la primera de acceso público en el mundo y que puede consultarse en línea en forma anónima, afirma que "el patrimonio cultural no tiene la protección adecuada", pero más vulnerables aún afirma "son las piezas y los bienes producidos desde la conquista y colonización española hasta la Revolución de Mayo de 1810". Es más, señala que "todavía hoy se venden piezas patrimoniales sin controlar su procedencia".
“El tráfico ilícito del patrimonio cultural colonial en la Argentina” es justamente el libro donde el especialista aborda esa problemática en la que lleva más de dos décadas trabajando y que este jueves presentó en la Sala de las Banderas del Monumento junto al director del Instituto Payró y de la carrera de Patrimonio Artístico y Cultura en Sudamérica Colonial de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Ricardo González.
Por estar a la mano en espacios abiertos como iglesias, pero, además, por no contar con inventarios y porque la mayoría de las veces sus robos no se denuncian, El Haibe afirma que "los objetos litúrgicos de las parroquias e iglesias son las piezas más vulnerables".
"Eso tiene un valor no sólo por los materiales en los que están hechos, sino además cultural e histórico y lo que sucede es que no tienen la seguridad necesaria y, en los hechos, es muy fácil robar de las iglesias", agrega.
Robo hormiga
No siempre, y son muy pocos, se trata de grandes asaltos a los sitios religiosos, sino más bien una depredación que avanza a modo de robo hormiga. "Se roban las columnas de un sagrario, por ejemplo, que son buenas y están bien talladas, con baño de oro en algunos casos y después arman una mesa que se vende en un mercado o en un anticuario, y resultan ser piezas muy buscadas, pero no hay control y creo que eso ocurre porque no se le da importancia, porque nadie cuida los elementos de valor que desconoce".
Para El Haibe un ejemplo de eso es que en cualquier comercio o anticuario no sólo de Buenos Aires, sino del país "nadie debe dar cuenta de la procedencia de las piezas, no existe un libro que permita llevar la trazabilidad de esos objetos y ese es un problema".
De hecho, si bien en 2019 el Congreso de la Nación aprobó la regulación de la comercialización de antigüedades y otros bienes culturales a través de la ley 27.522, la normativa aún no está reglamentada.
"Es necesario que se avance en ese sentido", afirma y si bien señaló que generalmente el negocio pasa por "el tráfico a otros países", esos lugares clave, "como anticuarios, ferias, mercados de pulgas y negocios de San Telmo necesariamente deberían contar con un registro de compradores y vendedores de las piezas para hacer un seguimiento".
Testigo presencial de esas situaciones fue por mucho tiempo el propio González, que este jueves acompañó a El Haibe en su presentación del libro. El especialista frecuentaba a diario la Iglesia de la Merced en Buenos Aires donde concurría a tomar las plantas de los retablos del siglo XVIII (piezas esculpidas en madera, piedra o mármol y que se ubican detrás de los altares).
"El sacristán, a quien yo conocía, ya tenía identificados a los ladrones, pero las más de las veces no los denunciaba -cuenta_. Eran en muchos casos piezas ornamentales que tienen valor por su factura y que parecen de oro, pero que tienen un dorado superficial a la hoja y que así como los retablos eran sustraídas, o incluso iban y arrancaban una voluta y eso después se utilizaba para otra cosa o se vendía así".
Además relata que detectó, en una iglesia de la provincia de Corrientes, piezas que se exponían como originales del período de los asentamientos jesuitas, pero no eran tales. "Eran copias del tamaño original que se habían hecho en cemento, pero ese material nada tenía que ver con el original", señala el especialista al referirse no sólo a la posibilidad de un robo, sino a otras de las situaciones que se dan: la venta de las piezas. por parte de las propias iglesias.
Dos robos, dos hitos
Especializado en patrimonio desde 1998, creó en ese momento del primer registro nacional sobre objetos robados en la Argentina, que puede ser consultado en internet de forma anónima en Interpol Argentina. El sitio pasó de tener 61 obras con pedido de secuestro en sus inicios a contar hoy con más 6 mil piezas.
En los últimos 15 años, la herramienta permitió recuperar en todo país 10.600 objetos culturales que habían sido robados, un dato nada menor si se tiene en cuenta que para 2016 la Unesco estimo que el tráfico internacional de piezas culturales y patrimoniales movían en el mundo entre 3.400 y 6.500 millones de dólares al año.
"Muchos museos eran reticentes. Incluso el de Bellas Artes, de Buenos Aires, se negaba a decir que había sido robado porque sostenía no sólo que era improductivo, sino que además perjudicaba el prestigio", cuenta.
Rosario, lejos de estar exenta, tuvo al igual que el de Bellas Artes dos grandes robos que fueron grandes hitos en la década del 80, en los museos Castagnino y Estevez. Este último fue asaltado en noviembre de 1983, y sustrajeron obras de Goya, Murillo y El Greco, dos de ellas recuperadas en 2018.
Cuatro años más tarde, el mismo 24 de marzo de 1987, seis obras valuadas entre 30 y 50 millones de dólares fueron sustraídas del Museo Castagnino, de las cuales dos aún no fueron recuperadas, indicó. Un hecho por el que resultó detenido Leandro Sánchez Reisse, alias “Lenny”, un antiguo represor del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército con estrechas vinculaciones con la banda parapolicial de Aníbal Gordon, que robaba y vendía obras de arte. Por entonces, Sánchez Reisse combinaba sus ocupaciones en la represión ilegal con negocios personales que continuaron en democracia.
Aunque menos recordado, un tercer caso había sacudido Rosario un año antes: en la Pascua de 1986, durante un viaje de los dueños de la casona de Rioja al 1800, un camión de mudanza sacó de allí más de 300 obras, entre las que había pinturas del renacimiento, el barroco y el impresionismo italiano.
"Sin dudas estos hechos han sido los más importantes en Rosario la región", señala El Haibe, quien conoce en detalle, e incluso con participación, la recuperación de varias de las piezas que fueron sustraídas por entonces. Más allá de excusarse de evaluar el nivel de protección actual que tienen los principales museos de la ciudad, considera que lo que no previeron quienes sustrajeron esas invaluables piezas por esos años fue el avance de la tecnología.
"Hoy estamos en conexión con cualquier lugar del mundo en el instante y eso, además de las bases de datos públicas existentes, hace que piezas de ese valor sean imposibles de colocarse en el mercado -explica-. Nadie invierte 2 millones de dólares, como puede valer un cuadro de ese tipo, antes de hacer un mínimo rastreo de procedencia".