La ciudad

Ana María y Susana, las mellizas rosarinas que llevan toda una vida sin separarse

Activas y diligentes, comparten la vida desde que nacieron, etapa por etapa, espejadas en el sentir y el hacer, aunque con matices, como cuando a los 15 Susana resolvió que la personalidad debía aflorar y dejaron de vestirse iguales.

Domingo 03 de Abril de 2016

El encuentro comienza con un acertijo. Quién es quién en la pequeña y antigua foto de dos bebas idénticas. Ana María y Susana Camani lanzan el desafío sentadas en el mismo orden en que posan de pequeñas y aunque no lo sepan, con la misma mirada que ayuda a la respuesta. Son mellizas y jamás se separaron. Además son casi una síntesis de su tiempo social, de siete largas décadas con sus mandatos y cánones. Amantes de la música y la radio, contaron a La Capital sus vivencias, como tantas, entre los sencillos pliegues cotidianos de una ciudad que no cesa.

Rosarinas, hijas y sobrinas respectivamente de dos destacados odontólogos, cumplieron 78 años en la última Navidad. Activas y diligentes, comparten la vida desde que nacieron, etapa por etapa, espejadas en el sentir y el hacer, aunque con matices, como cuando a los 15 Susana resolvió que la personalidad debía aflorar y dejaron de vestirse iguales.

"El secreto es estar en actividad, mientras dé la cabeza hay que andar a pesar de algún achaque", afirman en una especie de coro sincronizado, complementándose, como en toda la entrevista. O quizás como habrán hecho siempre, en la familia de cuatro hermanos, dos varones y las "mellizas", que Catalina Selsa y Edmundo Camani Altube formaron en un caserón de techos altos de calle Córdoba entre Corrientes y Entre Ríos, con un tapialito codeándose con el Colegio Santa Unión, hoy Facultad de Humanidades y Artes.

Allí cursaron la escuela primaria, sentadas siempre juntas y se recibieron de maestras en el colegio Misericordia, donde todo era "más moderno". Estaban en plena juventud. "Me parecía que había que ser independientes, mostrar la personalidad a pesar de ser idénticas", evoca Susana.

Pero no se dedicaron a la docencia. Habían aprendido a escribir a máquina y taquigrafía, por mandato paterno, en la certeza de que esas habilidades abrirían puertas laborales. Fue así. "Entré por concurso como administrativa en la Facultad de Odontología y allí estuve siempre en distintas tareas", explica Ana María.

Susana trabajó como secretaria de un médico que imponía respeto aún entre sus colegas, en el Hospital Centenario, al que siguió al hospital de Granadero Baigorria, escribiendo las historias clínicas en taquigrafía. Su vida laboral concluyó en la Facultad de Ingeniería. "Mi secretaria es perfecta", cuenta que una vez escuchó decir al profesional.

 

Ordenadas. Lucen impecables con sus blusas bordadas que dicen tener desde años y detalles imperceptibles de una vida cotidiana de orden y previsión. Viven en barrio Martin desde que su mamá pudo pagar de a 50 pesos por mes un departamento.

Su padre murió a los 56 años en forma imprevista en Tucumán, donde tenía un contrato después de quedar cesante en la Facultad de Odontología, "por cuestiones políticas porque no quisieron firmar una nota en la época de Perón", cuentan.

Por esa época eran socias del club Gimnasia y Esgrima, donde aún asisten. Evocan los bailes de carnaval y la pileta, donde Ana María se convirtió en una calificada nadadora, lo que le permitió participar en competencias internacionales.

A Susana, en cambio, más que el agua le encantaba la música y sintió desprenderse del piano que era de su madre en la mudanza. "Cuando estoy sola pongo música y es como si estuviera acompañada. Es mi pasión, nací con la música adentro", comenta y dice que prefiere escuchar clásica, pero le gusta todo si es bueno.

Como buenas eran las novelas que escuchaban por radio, ejemplo Genoveva de Bravante, cuando reflejaban otro tipo de valores. "Ahora no miro novelas en la televisión, son agresivas y pornográficas", dice Ana María. Y recuerda un par de clásicos de la pantalla chica, como El amor tiene cara de mujer. "Veíamos novelas lindas. Ahora, ni loca; prefiero buscar música en la televisión, como en Films and Arts, o un informativo", detalla.

Lo cotidiano. Ana María se levanta temprano, "porque una está más lerda y si hay que hacer cosas las horas vuelan". Después prepara el desayuno para ambas y el ritual deja habilitado el día. Siguen mandados y trámites, que hacen siempre juntas.

Recetas, remedios, impuestos y al mediodía, las mellizas se cruzan de Don Victorio para comprar el almuerzo. "Antes cocinaba Ana María porque hizo un curso en el Normal Nº 2, que también tenía puericultura y costura", dice Susana, que superó dos ACV, y a su hermana le entusiasma el recuerdo.

Vivieron siempre juntas con su mamá, que falleció a los 87 años, en una convivencia que valoran y mantienen. No se casaron, pero aclaran que no fue por decisión. "No se dio". Fue el destino enfatizan. "En esa época, cuando a uno le gustaba alguien era distinto", cuenta Susana mientras Ana María sorprende. "A mi me gustaba el mismo que le gustaba a ella, que era de Córdoba, pero congeniaba más con ella", comenta con naturalidad de vidas casi duplicadas y arranca sonrisas.

Con 78 años vividos ¿cómo ven este momento? Ana María es categórica: "terrible, con inseguridad, de terror, no se salva nadie, antes era más tranquilo, ahora todos con temor y rejas".

Además dijeron que nunca participaron de asociaciones o partidos políticos, eso sí, no se pierden votación.

En el último sufragio le hicieron caso a una vecina y a la dueña de la verdulería, pero compinches, no revelan el voto, mientras el fotógrafo busca luz natural, en la certeza de que la fragilidad del atardecer dimensionará el pasado. Entonces, Ana María y Susana deben mirarse, un segundo, quizás el único distinto en una larga vida compartida.

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