Sábado 15 de Enero de 2022
Tan cercanos como variados, los almacenes y las dietéticas les ganaron la pelea a los dos larguísimos años de pandemia de Covid-19. Durante el 2020, estos locales fueron lejos los que más se abrieron y el año pasado volvieron a encabezar la lista. La proliferación de granjas y locales de venta de alimentos saludables aparece empujada por la pérdida de empleo producto de la caída de la economía durante la crisis sanitaria. Pero también, advierten desde la entidad que agrupa a estos comercios, por la aparición de inversores que apostaron al rubro.
Más allá de los motivos, durante 2020 la Municipalidad habilitó 367 locales de “venta al por menor de productos de almacén y dietética”, rubro oficial que engloba a los almacenes y locales de venta de legumbres, harinas, productos orgánicos y otras yerbas que proliferan tanto en el centro como en los barrios. El año pasado fueron más: se otorgaron 862 permisos para que estos locales levanten persianas.
Según datos de la Secretaría de Desarrollo Económico y Empleo del municipio, en los dos años pandémicos los almacenes y dietéticas encabezaron el listado de los cinco rubros con más locales abiertos en Rosario. Quedaron atrás otros negocios apalancados por la crisis sanitaria: verdulerías, minimercados, peluquerías y barberías, locales de indumentaria y de servicios, como cadeterías.
El abanico de emprendimientos tiene varias cosas en común: responden a los rubros que menos restricciones tuvieron durante la pandemia, no demandan grandes inversiones iniciales y aparecen como una respuesta a nuevas costumbres surgidas en la crisis sanitaria como comprar en lugares de cercanía, cocinar más en casa o comer de forma más saludable. Pero hay más.
Dos años atípicos
Para el secretario de Desarrollo Económico municipal, Sebastián Chale, lo primero que hay que considerar es que 2020 y 2021 fueron, sin discusión, dos años atípicos. En términos generales, dice, se observa una caída en los trámites de habilitación de comercios hacia el comienzo de la crisis sanitara, sobre todo en el primer semestre de 2020.
El año siguiente, los permisos otorgados crecieron. Pero esta suba seguramente incluya también las solicitudes de habilitación acumuladas en 2020, retrasadas por la merma de actividad en las oficinas públicas. En ambos años se terminó de poner en marcha una nueva plataforma de habilitación que digitalizó los trámites, lo cual complica también la comparación.
“Esperamos que 2022 sea más normal en materia económica y podamos hacer diagnósticos certeros. Pero por distintas razones, los dos últimos años fueron muy particulares y las comparaciones sobre cantidad de nuevos locales o nivel de actividad económica tienen sus sesgos”, destaca Chale.
Aun así, observa que “el año pasado se notó una clara recuperación y cierta normalización de todas las actividades. Ese es el dato más claro y más cierto. Se recuperaron casi todos los rubros e incluso hubo algunos que volvieron a habilitarse, pese a verse muy afectados por las medidas sanitarias”.
En cuanto al tipo de locales que se inauguraron en los dos años de la pandemia, el funcionario advierte que “la principal tendencia que notamos es un giro, muy marcado en el 2020 y sostenido el año siguiente, a los rubros que nunca cerraron. Los comercios relacionados con la actividad esencial fueron un recurso también para la gente que fue despedida, dejó su actividad o pasó a tener más tiempo en su casa y abrió locales de comida, verdulerías o granjitas. Eso se vio mucho en 2020 y en 2021 se estabilizó esta tendencia”.
En primera persona
Luna Torres fue administrativa en una clínica de estética durante diez años. A fines de 2020 se quedó sin trabajo y con la indemnización, más la ayuda de familiares, alquiló un local en Callao al 500 y el 7 de mayo del año pasado abrió Cuscús, un coqueto almacén natural que se convirtió en su principal fuente de ingresos.
“Fue como que vi la oportunidad”, dice la joven con una sonrisa y recuerda que “después de muchos años de trabajar en relación de dependencia, cuando perdí el empleo me puse a pensar qué hacer. Hacía algún tiempo que quería tener mi negocio, pero no tenía el capital y además tener un sueldo fijo, a fin de mes, me resultaba cómodo”.
Luna destaca que, durante la pandemia, los rubros relacionados con el comercio de alimentos parecían “lo más seguro” y con esa certeza se puso a pintar el local, restaurar muebles y armar exhibidores. La apertura fue sin mucho festejo, por las medidas sanitarias, y a los pocos meses estalló la segunda ola de contagios. Sin embargo, la pudo surfear.
“Estoy aprendiendo a manejar un comercio. Con un sueldo uno ya sabe cuándo dinero tendrá en el mes, sea poco o mucho. En un emprendimiento propio eso es bastante imprevisible. Además, cuando uno recién abre sigue invirtiendo dinero, entonces la ganancia de los primeros meses o del año es muy poquita. Y la inflación no ayuda porque los precios se van y uno no quiere remarcar todo el tiempo porque no quiere perder clientes”, dice.
Ahora, “todos los meses son muy diferentes: hay algunos que van bien, otros bastante malos, pero los tomo siempre con la esperanza de poder mejorar. La ventaja es que es algo propio y genera más entusiasmo porque es algo que me gusta”.
Hacer el inventario de alimentos y productos de estética que por esos días se ofrecen en una dietética puede ser una tarea infinita. Hay leches de almendras y castañas, azúcar mascabo, todo tipo de cereales, una decena de variedades de arroces, trigo burgol, cebada perlada, quinoa, aceites y cremas de coco. Y todo tipo de hierbas.
“Acá tenemos más de 30 variedades de yuyos”, afirma Fernanda Galetto, sólo para dar una idea del vasto universo de productos que se puede albergar una dietética. Sabe de qué habla, se tuvo que poner al tanto de todos sus nombres y sus beneficios cuando compró el fondo de comercio de “La única saludable”, el local de Santiago al 1085, casi esquina San Juan, donde se puede aprender sobre hiervas que mejoran el sistema inmune, encargar viandas saludables para el almuerzo o llevarse chipás para la merienda.
“El negocio está hace 17 años, pero lo atendían personas de riesgo que lo cerraron durante la pandemia. Me enteré que estaba en venta a través de una amiga y yo necesitaba cambiar de aire en mi trabajo. Así que así empezó la historia”, resume Fernanda desde el otro lado del mostrador del local que volvió a abrir en octubre del 2020.
Al principio, recuerda, “hubo que levantar el local, compré un freezer para agregar congelados, incorporé productos para veganos, para las dietas keto (aquellas bajas en carbohidratos y altas en grasas) y algunas cosas nuevas que hoy se buscan mucho”, cuenta la dueña del comercio y señala que durante la pandemia aumentó la demanda de alimentos saludables.
“La gente tenía más tiempo para cocinar en casa o tomo conciencia de que había que cuidarse mucho más que antes y empezó a aumentar esta idea de volver a lo natural, comer más sano, las personas se están inclinando hacia eso”, afirma y señala que esa tendencia también permite explicar el crecimiento de los comercios de proximidad con alternativas más saludables, productos menos procesados, sin refinar, con azúcares integrales, mermeladas sin conservantes o panificados de harinas integrales.
Para Fernanda, el cambio fue positivo. “Estoy muy conforme, me gusta lo que hago y me gusta el barrio. Fue arriesgado empezar con esto en la pandemia, pero la verdad es que no me arrepiento”, concluye.
Uno en seis mil
A Juan Milito, presidente del Centro Unión Almaceneros, no le resulta extraño el crecimiento que tuvo el rubro durante la pandemia. Si bien la cifra es aproximada, ya que suma a quioscos y pequeños comercios abiertos en viviendas particulares, estima que en la ciudad hay unos 6 mil locales, de variadas superficies, relacionados con la venta de alimentos sin procesar.
“En estos años crecieron mucho las distribuidoras de alimentos, que se habilitan bajo este rubro, pero además influyó el hecho de que las granjas y almacenes no se cortaron durante la pandemia, entonces la gente que venía de otra actividad empezó a invertir en negocios relacionados con la alimentación”, explica.
En este sentido, destaca, que almacenes, granjas o dietéticas no sólo fueron una salida para personas que perdieron su empleo durante la crisis sanitaria, sino también para empresarios con más espalda que decidieron invertir en el rubro.
“Hay distintos jugadores que se sumaron a esto _afirma_. En la mayor apertura de comercio, influyeron dos factores: fueron rubros que no sufrieron limitaciones, como los gastronómicos, por ejemplo, entonces se mostraron atractivos para gente de otra actividad y personas que se quedaron desocupaos y puso un negocio para poder subsistir”.
Los últimos, dice, transformaron una habitación de su casa en un almacén o una verdulería en apenas 20 metros cuadrados. Los otros, alquilaron locales y los montaron de cero. “Ahí tenés que hablar de mucha más inversión. Calcula unos 800 mil pesos para el local, otros 400 mil pesos para una heladera, 100 mil para una cortadora de fiambre”, calcula.
En los encuentros entre los almaceneros “históricos”, la apertura de más locales no es el único tema de conversación. También preocupa la aparición de algunas cadenas, que podrían estar vulnerando la ley de superficies comerciales.
Esta nueva realidad se suma a que, a diferencia de lo que sucedía durante las primeras restricciones cuando los comercios de cercanía fueron privilegiados, actualmente abastecerse de lo básico en el barrio ya no parece tan atractivo. “La gente volvió a amontonarse en los supermercados”, lo resume Milito.
La suerte de estos nuevos negocios, se escribirá con claridad en los próximos años.