La ciudad

Alba, un corazón gigante que alimenta a cientos de familias en Villa Banana

No le sobra nada. Más bien le falta de todo. Su comedor es muy humilde, pero está orgullosa. “Me encanta dar, esta es mi pasión”, dice esta mujer incansable de corazón gigante.

Domingo 28 de Junio de 2015

Aquella tarde de 1988 Alba jamás imaginó lo que se encontraría al bajar del tren en la estación de Tortuguitas, en el centro-norte del Gran Buenos Aires. Una formación había embestido a su marido a metros del andén. Se quedó con sus tres hijos, el menor de nueve años, sin saber qué hacer y meses después decidió regresar a Rosario. Acá la vida se empeñó en golpearla otra vez, pero no bajó los brazos y en Villa Banana se convirtió en un referente de los chicos del barrio. Hoy les da la leche a decenas de ellos todos los días y los fines de semana prepara almuerzos para cientos de familias del lugar. No le sobra nada. Más bien le falta de todo. Su comedor es muy humilde, pero está orgullosa. “Me encanta dar, esta es mi pasión”, dice esta mujer incansable de corazón gigante.

   El frío es intenso en la populosa barriada de zona oeste. Alba apura la charla porque sabe que los chicos aparecerán de un momento a otro. En su precaria casilla ya está todo acomodado. Hay una gran olla con leche y otra con tortas fritas. Una nena de seis años se acerca a la puerta. Tiene puesto un par de ojotas que dejan al desnudo los pies en una tarde de no más de diez grados.

   Toma gustosa la leche, pregunta si no habrá “por ahí” un par de zapatillas que le den y se va. La escena se repite una y otra vez. Y en ese mundo de carencias, Alba Verón siente que cumple “una misión”.

   A esta mujer de no más de 1,60 metro y mirada triste la vida la golpeó duro. El accidente ferroviario le llevó a su marido, otra tragedia terminó con la vida de uno de sus tres hijos y años después un asalto dejó parapléjico a otro hasta que también falleció.

   Tal vez en ese dolor se haya edificado su fortaleza. Levantó un pequeño rancho en la villa y empezó a trabajar como personal doméstico. En 1984 comenzó a notar que sus vecinos tiraban la yerba que venía dentro de la caja PAN (Plan Alimetario Nacional) que había empezado a distribuir el gobierno de Raúl Alfonsín. Y con esas sobras comenzó a hacer mate cocido, ollas que empezaron a atraer a los pibes del barrio.

   Allí comenzó la historia. Una década después, “y con la plata que cobre de un accidente que tuve en la moto”, construyó dos piecitas en las que algunos amigos empezaron a dar apoyo escolar. Después llegaron “el roperito” y los “talleres de tejido”. Se avecinaba la crisis social de 2001.

Contrastes. “En el 2000 fue muy duro. Entraba a los ranchitos del barrio y los chicos me decían que tenían hambre, y los días de lluvia estaban todos mojados. Llegaba a mi casa y me ponía muy mal por estar seca. Es que yo estaba abrigada pero no podía estar bien sabiendo que ellos estaban durmiendo mojados”, recuerda y se quiebra. Llora, y no puede disimularlo.

   Detrás de ella, a pocos metros, cuelga un cartel que reza “el hambre es un crimen”. Más allá, contra la pared de ladrillos huecos sin revocar, están las banderas de Argentina y Santa Fe.

   El comedor de Alba se levanta al final de un pasillo de tierra, en un pasaje que se extiende entre Río de Janeiro y Valparaíso, en 27 de Febrero al 4200. Es apenas un ambiente de unos cinco metros por dos, techo de chapa y cables colgando.

   Le puso “pancitas vacías” porque es lo que ve todos los días en el barrio que desde hace décadas la observa desandar pasillos y calles polvorientas. Para la olla con ayuda del municipio, la provincia y donaciones. Pero todo le cuesta mucho.

   “Mi sueño es algún día tener un espacio bien grande y poder cuidar a los chicos. Que duerman, coman, desayunen, los vean los médicos...”, dice entre suspiros y bajo la mirada atenta de Susana y Claudia, dos chicas del barrio que colaboran con ella a diario.

Comparsa. Sobre otra de las paredes exhibe orgullosa las fotos de “Todo por un sueño”, la comparsa de Villa Banana. Esa que ella impulsó en 2004 y en la que hasta da clases de baile. No se admite católica, pero cuando puede pasa por la Catedral y hasta colgó una foto del papa Francisco en la puerta del comedor.

   “Yo siempre le digo a los chicos que para que les vaya bien en la vida tienen que ser honestos y humildes, y así seguro van a ir por el camino correcto”, subraya.

   Coqueta, jamás revelará su edad, lo único que dirá es que nació en San Genaro Norte y en 1967 llegó a Villa Banana.

   Sencilla, humilde, sorprende por dar tanto a pesar de tener tan poco. Lo siente como su pasión. Y en medio de tantas vanidades, su historia invita a reflexionar desde los confines de la villa, esa donde todos los días se pone al frente de “Pancitas Vacías”.

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