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Miedo y falta de vacunas en San Pablo ante un agudo brote de fiebre amarilla

Los síntomas de la fiebre amarilla incluyen fiebre, náuseas, ictericia, convulsiones y coma.

Domingo 04 de Febrero de 2018

Un verdadero estado de pánico se extiende por San Pablo, la mayor ciudad de Brasil. La causa: la fiebre amarilla, que en enero pasado mató a 52 personas en ese Estado, muchas más que en todo 2017. Las filas de paulistas que esperan horas para ser vacunados se han vuelto un hecho cotidiano, según un informe del diario El País.

Los síntomas de la fiebre amarilla incluyen fiebre, náuseas, ictericia, convulsiones y coma. Pero si lo que se sufre es pánico colectivo ante la mera idea de la fiebre amarilla, uno de los síntomas es verse a las siete de la mañana de un miércoles de enero en un parque de Butant, un barrio humilde de San Pablo, haciendo cola entre más de 700 personas ante un centro de salud. "Es la tercera vez que vengo, a ver si esta vez no me vuelvo con las manos vacías", espera Ana, de 16 años, estudiante. Las otras veces llegó a las seis de la mañana.

Todos tienen el mismo objetivo: hacerse con una de las 500 vacunas contra la fiebre amarilla que cada mañana la desbordada Secretaría de la Salud de So Paulo entrega a algunos centros de vacunación. La cola se forma a mitad de la noche; para cuando el centro abre, a las siete, ya no quedan turnos. Y eso, repetido en varios puntos del Estado, es solo una de las peculiares estampas que se están viendo en San Pablo, donde las cifras de muertos por fiebre amarilla se han disparado de 16 muertos en todo 2017 a 52 solo en enero de 2018.

La administración no ha hecho nada por demostrar que estaba preparada para esto: no informaron de que gran parte de los paulistas están en realidad fuera de riesgo, han solapado varias estrategias de vacunación y han reducido las dosis repentinamente de 0,5 mililitros a 0,1, lo que cubre a más personas por mucho menos tiempo. A cambio, la población, alarmada, ha asaltado centros de salud, asesinado a cientos de monos en parques públicos creyendo, erróneamente, que contagian la enfermedad, y propagado la desconfianza ante las autoridades. "Sencillamente, faltó invertir en las fábricas para que produjesen más vacunas. El sistema sanitario brasileño no está preparado para recibir epidemias de gran magnitud", opina Esper Kallas, investigador de enfermedades infecciosas en la Universidad de San Pablo.

Impreparación

Lo sorprendente es que si algo tuvieron las autoridades fue tiempo para prepararse. Las sospechas comenzaron el 9 de octubre, cuando se recogió el cadáver de un mono en un parque del Horto Florestal, una reserva natural al norte del Estado, y la necropsia reveló que padecía fiebre amarilla. Los monos son la víctima preferida del Aedes aegypti, el mosquito que transporta el virus, y la primera prueba de que la enfermedad, común en el norte de Brasil, donde todo el mundo está vacunado, pero infrecuente en el sur, estaba a las puertas. El 21 de octubre por la mañana se cerró el parque y se colgó de las puertas un cartel explicando que era por motivos de salud. A 300 metros de aquellas puertas, el centro de salud más cercano ya estaba colapsado de gente que demandaba la vacuna.

El mismo pánico comenzó a cundir a lo largo de San Pablo, el Estado más poblado de Brasil, con más de 40 millones de habitantes. De vacunar a 500 personas al mes, la mayoría de los centros pasaron a tratar a mil diarias. Mientras, si en todo 2017 había habido 53 enfermos, solo en enero ya se contaban 134. Todo el mundo quería su vacuna, aunque en realidad la fiebre amarilla no es contagiosa y un humano solo puede infectarse por la picadura del mosquito, el cual se encuentra en lo alto de los árboles. Por tanto, solo una cincuentena de municipios del interior, aquellos colindantes con los bosques, están en peligro. Esta división territorial del mosquito y por tanto del riesgo de contraer la enfermedad se extiende a lo largo de casi toda la costa brasileña. Un dato que los miles de turistas argentinos deben tener en cuenta.

Cuando, a mediados de enero, para su pasmo, la Organización Mundial de la Salud recomendó que todo aquel que fuera a poner un pie en San Pablo debería vacunarse, el caos fue incontenible. Las colas empezaron a dar dos vueltas alrededor de los centros de salud. En la zona este, la policía tuvo que escoltar la entrega de 300 vacunas porque los pacientes intentaron hacerse con ellas a la fuerza. En plena confusión, muchos optaron por ir a los bosques a matar monos, incluso en otros Estados. En total se ha matado a más de un centenar de macacos. El presidente de la Sociedad Brasilera de Virología dijo: "No hay motivo para el pánico pero no está todo bajo control".

La Secretaría de Salud paulista intentó poner orden. Adelantó la campaña de vacunación prevista para el 3 de febrero al 25 de enero. Insistió en que sería la más ambiciosa hasta la fecha. Para eso, redujo las dosis, lo que reduce también la duración de su efecto, que pasa de ser vitalicio a tan solo ocho años. Inauguró un sistema de prioridades tan complejo que hasta resulta contradictorio: en l os 77 municipios más expuestos (54, según a quién se pregunte) se vacunaría inmediatamente a la población, otros exigirían una cita previa, y en ambos casos habría excepciones. También se puede ir a puestos seleccionados por todo el Estado donde se distribuyen 500 vacunas diarias.

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