Información Gral

Hace 40 años el país no era ni derecho ni humano

La vuelta al país este fin de semana de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a 40 años de la histórica visita del viernes 7 de septiembre de 1979, aparece como una buena excusa para reflexionar sobre nuestra historia, con ese berretín por los números redondos.

Lunes 09 de Septiembre de 2019

La vuelta al país este fin de semana de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a 40 años de la histórica visita del viernes 7 de septiembre de 1979, aparece como una buena excusa para reflexionar sobre nuestra historia, con ese berretín por los números redondos.

A aquel viernes lo recuerdo como si hubiera sido ayer porque nos encontró en un viaje de un día a Buenos Aires a los integrantes de los cursos superiores de la legendaria Escuela Crisol, la técnica de joyería, relojería, grabado y engarzado, en el que el recordado extinto profesor Juan Carlos Mastromauro -un maestro del oficio y de la vida- nos llevó a la tienda Harrods a ver una muestra internacional de joyería.

Ese día de emociones fuertes escuchábamos por la radio del colectivo contratado la consagración de la selección argentina en el Mundial Juvenil de Japón -ni hablar de televisores en los transportes públicos- y cuando llegamos a Buenos Aires nos sorprendió la campaña oficial, que consistía en pegar en los autos unos cartelitos con la bandera nacional con una frase inquietante: "Los argentinos somos derechos y humanos".

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que formaba parte de la OEA, había venido a Buenos Aires a recibir denuncias del solapado horror que desataba la dictadura cívico militar con su terrorismo de Estado, mientras los automovilistas, convencidos y a sabiendas o no, pegaban alegremente los cartelitos de la publicidad oficial en el parabrisas o la luneta de sus coches.

Con el tiempo, algunos organismos de derechos humanos denunciaron la complicidad del relator de las décadas del 70 y 80, José María Muñoz, a quien acusaron de haber puesto a la gente que festejaba el Mundial Juvenil de Japón en contra de los ciudadanos que denunciaban la desaparición de un ser querido. En realidad, el horror de las catacumbas de la dictadura era escondido, silenciado o hasta visto con una mirada estrábica por vastos sectores de la sociedad, como toleraron en la historia argentina las peores masacres, desde los fusilamientos de la Patagonia Rebelde y la investigada ahora de la etnia qom en Napalpí (ver aparte) hasta los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, donde la Aviación Naval mató a casi 400 ciudadanos e hirió y mutiló a varios miles, como bien narra ahora la película "Proyecto 55".

Empero, aún en la peor noche de la historia contemporánea argentina hubo educadores que se jugaron para contarnos un dato, una experiencia y una mirada. Como "Mastro", el día que una compañera le preguntó qué opinaba del peronismo: "Yo iba a la escuela a la mañana y aprendía el oficio de pibe, en el taller y la casa de don Salvador Bonilla, a la tarde. Primero hacía todos los mandados de la casa, después barría el taller -por el valor de la limadura de oro, plata y platino- y recién después me enseñaban el oficio, ¡pero un poquito por día, eh! Me acuerdo que hasta iba a comprar la barra de hielo. Y así todos los días, hasta que a eso de las 10 u 11 de la noche el patrón te decía «Bueno, andá pibe». En cambio, cuando vino el peronismo supe lo que era tener un sueldo, un par de alpargatas nuevas, un horario de trabajo, el aguinaldo y las vacaciones. No tiene ni comparación".

O como la profesora de Instrucción Cívica (como la dictadura llamó a Ersa -Estudio de la Realidad Social Argentina-) Mónica Zamboni, quien en una mesa del Café Grissu, de la esquina de la Crisol, en Zeballos y Entre Ríos, nos confió a un grupito cuando terminábamos sexto año: "Hay gente a la que detienen y cagan a palos".

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario