Aborto Legal

El aborto y los estragos de lo clandestino

Hace unos quince años acompañé a una amiga a hacerse un aborto.

Lunes 11 de Junio de 2018

Hace unos quince años acompañé a una amiga a hacerse un aborto. Para ese entonces mi amiga estaba separada y tenía un empleo que le permitía a duras penas pagar los gastos de vida de ella y de una hija pequeña. Saberse embarazada fue un tremendo golpe emocional. No tenía vivienda propia, vivía a salto de mata con su sueldo mínimo y la circunstancia era resultado de una relación ocasional. Somos amigos desde la adolescencia por lo que ella acudió a mí en desesperación a pedirme ayuda. No quería saber otra cosa más que interrumpir la gestación.

Un amigo común que trabajaba en un hospital público de Rosario nos dio el contacto de un médico. Este era un obstetra que atendía en un sanatorio privado céntrico. Tuvimos una entrevista breve con este profesional que de una manera muy sigilosa nos explicó en qué consistiría la intervención y nos dijo que no tuviéramos dudas de que todo resultaría seguro. Fue todavía más cuidadoso para enfatizar la necesidad de que no habláramos con nadie.

Dos días después acompañé a mi amiga a ese sanatorio al que a diario frecuentan cientos de personas. Mi amiga entró a un quirófano donde interrumpieron su embarazo de manera segura a cambio de una suma de dinero que nos costó reunir. No fue una experiencia que había deseado elegir. Lo que sí eligió, al momento en que se presentó la situación, fue que su embarazo no avanzaría.

Hemos llegado acá al punto esencial. Cuando una mujer toma la decisión de que su embarazo no avanzará todos los debates quedan confinados a un lugar secundario. Lo primero que ocurre es la decisión en el contexto histórico subjetivo del momento en que esa mujer se encuentra. Y cuando la determinación se produce no hay nada que pueda frenarla. No importa cuál sea su religión, ni su inserción social, ni su nivel educativo. No pensará esa mujer en si el ser en gestación tiene ya sus huellas dactilares, en los derechos sucesorios de la persona por nacer, en si se podrá arrepentir en el futuro o en lo que pasará con la voz de su conciencia. Solo se enfocará en cómo llevará adelante su decisión.

El debate fracasa por tardío cuando coloca su eje en lo que debería pasar para que la mujer no aborte. Esa idea colapsa por estar a destiempo de lo que se quiere evitar. Porque la mujer que decide abortar no piensa en lo que debería hacer. Sencillamente va y lo hace. El aborto existe. El aborto existirá. Lo único que se debate hoy es en qué condiciones, cuando la mujer toma su decisión indeclinable, la sociedad quiere que se haga esa práctica. Si en condiciones legales que permitan evitar más muertes u hospitalizaciones por abortos inseguros. O en situación de clandestinidad que no impedirá que se hagan más abortos, pero que seguirá condenando al desamparo más crudo a las mujeres más débiles.

En el debate por el aborto legal, seguro y gratuito que se discutirá pasado mañana en la Cámara de Diputados lo que decide es eso. La posición en contra no ofrece ninguna alternativa para que tengamos menos muerte o daños o aflicción para las mujeres que, como se dijo, seguirán abortando. A duras penas y en secreto, mi amiga interrumpió su embarazo en un sanatorio dentro de los bulevares porque tuvo capital social y económico. La única diferencia con quien no dispone de eso es que la práctica no se hará en un quirófano. Se hará lo mismo. En las condiciones que sabemos y con las consecuencias que sabemos.

En salud social y reproductiva vivimos en una ciudad que tuvo para bien un camino distinto al de muchas otras del país, con acceso continuo y seguro a métodos anticonceptivos en centros de salud. Las prácticas médicas ceñidas a una política pública que adoptó Rosario y las organizaciones de mujeres fueron marcando el camino. Se avanzó también con una interpretación no restrictiva en el cumplimiento de protocolos de interrupción legal del embarazo.

Esto se tradujo en los indicadores sanitarios de Rosario con un descenso muy importante de las complicaciones por aborto, llevando a cero la tasa de mortalidad materna por abortos provocados desde 2012. Bajaron las complicaciones por estas prácticas, se redujo la mortalidad materna y no aumentó el número de interrupciones legales de embarazo. Esto pasa cuando se avanza con más derechos de salud y cuando el sistema de salud ofrece equidad para quienes no tienen las mismas condiciones sociales.

El debate iniciado hace dos meses implica una tensión muy fuerte. Se esgrimen argumentos jurídicos, legales, sanitarios. Pero lo que más divide posiciones es la emotividad que cruza transversalmente el campo de las creencias. En los dos meses y medio de discusiones en el plenario de la Cámara de Diputados hubo 738 exposiciones. Una de las más llamativas fue la de una pastora de una religión pentecostal. Desde una convicción espiritual tan profunda como otras que expresaron una posición contraria, Gabriela Soledad Guerrero, de la Iglesia Dimensión de Fe, dijo: "Queremos traer lo que ya es una oración popular que se ora y que se reza y se grita en la calle, en los templos, en nuestros cuerpos. Aborto legal, seguro y gratuito. Amén".

La potencia del Amén pronunciado por la pastora, con toda su resonancia religiosa, también implica una puerta hacia otro lugar. Aunque las mujeres tienen derecho a hacer la opción es cierto que el aborto es una experiencia que se atraviesa sin compañía. Por eso ni siquiera se trata de estar a favor del aborto. Se trata de que esa práctica pueda ser legal para que la clandestinidad no aumente esa soledad ni ese daño.


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