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A 74 años de la liberación de Auschwitz: "Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas"

La maquinaria nazi dio muerte a dos tercios del pueblo judío europeo. Se le negó su dignidad, su descendencia, su cuerpo, y su alma

Domingo 27 de Enero de 2019

El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó el campo de exterminio de Auschwitz. Sesenta años más tarde, el 27 de enero de 2005, la ONU declaró esa fecha "Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto". Al cumplirse hoy otro aniversario de este devastador hito histórico, DAIA, Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, filial Rosario y la Asociación Israelita de Beneficencia de Rosario, adhirieron a la recordación del exterminio de más de seis millones de judíos por el régimen nazi, patentizado en el campo de exterminio de Auschwitz.

En 1947 se fundó el "Museo Estatal de Auschwitz - Birkenau". En 1979 la Unesco declara a Auschwitz "Patrimonio de la Humanidad", el mayor símbolo de la Shoá, el Holocausto.

La DAIA filial Rosario y la Asociación Israelita de Beneficencia de Rosario, a través del Departamento de Cultura, Área Talleres "Por las huellas de la Shoá", se sumaron a la conmemoración "de odas las víctimas judías del Holocausto, asesinadas por el nazismo".

Las diferentes creencias judeo-cristianas personifican al hombre como la coronación de la Obra Divina en el mundo. El hombre es creado con el designio de perfeccionarse a través de sus actos y acercarse a su Creador. No obstante, el intelecto y el libre albedrío, que nos distinguen de la especie animal, fueron violentados, porque "el hermano se alzó contra el hermano, porque fue el hombre el que se lo hizo al hombre".

El siglo XX y aún el XXI, considerados de grandes descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos inimaginables, también produjeron los más aberrantes genocidios en Europa y otros continentes, algunos ignorados, minimizados o cubiertos de silencio. La matanza de los armenios en Turquía, los genocidios en Rumania y Ucrania, en Bosnia, Camboya, Darfur y Kurdistán y aún en Argentina, durante la dictadura militar. Es un fenómeno de proyección inversa: cuanto más nos "culturizamos" menos tolerancia y respeto sentimos por el prójimo.

El régimen nacionalsocialista, que gobernó Alemania de 1933 a 1945, en complicidad con los países que adhirieron a sus postulados, creó una ideología asesina y un sofisticado "arte de la humillación y degradación del judío" El violento nacionalismo y renovado antisemitismo que se difundieron por toda Europa, convirtieron a la Shoá en el símbolo moderno y universal de inequidad, en nombre del proclamado Tercer Reich

Etimología de Shoá

El término hebreo "Shoá" supera su significado por encima de la palabra griega "holocausto", destrucción total por medio del fuego. Shoá es, específicamente, el exterminio del pueblo judío, su destrucción total, negándole "su dignidad, su descendencia, su cuerpo y su alma". El nazismo le quitó a los judíos "no sólo sus Derechos Humanos sino su derecho a ser humanos".

"La Shoá no fue una guerra, ni un episodio dentro de la Segunda Guerra Mundial, ni parte de la historia alemana; tampoco fue un crimen de guerra que debe ser juzgado como tal". La Shoá es el paradigma más extremo de genocidio, porque ningún otro "fenómeno histórico semejante" se aproxima a sus dimensiones, en número de víctimas ni a la abusiva fundamentación ideológica nazi. Todo judío estuvo condenado al "plan de la solución final", con una proyección biológica, que se remitió hasta la cuarta generación hacia atrás. Este plan persecutorio nazi tuvo la clara intención de aniquilamiento universal de los judíos, no sólo en Europa, sino más allá de sus límites. En América Latina establecieron una red de propaganda nazi, antisemita, a fin de convencer a gobernantes de no dar asilo a refugiados judíos. Algunas honrosas excepciones les dieron oportunidades para salvar sus vidas; otros fueron indiferentes.

Organizaciones judías en Europa, Estados Unidos y América trabajaron, desesperadamente, para trasladar la máxima cantidad de refugiados y aportar las altas sumas de dinero que los distintos países exigían para recibir la "cuota" limitada de inmigrantes. Algunos imponían condiciones inhumanas para acoger niños, que debían ser previamente esterilizados a fin de evitar una reproducción importante y no "llenar el país de judíos". El silencio del mundo libre fue permisivo y condenatorio para las víctimas que ardían en Europa.

La ideología de superioridad de la "raza aria" consideró a los "semitas judíos" una "sub-raza", una suerte de "parásitos amenazantes", que contaminaban peligrosamente la economía, la política y la sociedad alemana, en particular, y la del mundo en general. Como portadores de una enfermedad pandémica, debían ser erradicados de la faz de la tierra.

El exterminio de los dos tercios del pueblo judío en Europa no fue ni un acto de locura, ni obra de un solo hombre: Hitler. El odio racial desató el operativo de asesinato masivo, racionalmente planificado y perversamente ejecutado por los alemanes adheridos al nazismo y sus colaboradores en los territorios conquistados y anexados por las fuerzas del Tercer Reich. Los observadores pasivos aplicaron la política de no saber lo que sabían, no ver aquello que veían en las calles, detrás de sus ventanas, no escuchar lo que les murmuraban. Fueron cómplices y no menos culpables que los colaboracionistas.

El nazismo se apropió de científicos y profesionales, muchos de ellos prisioneros judíos galardonados con premios internacionales. Sus genialidades fueron utilizadas para proyectar y experimentar formas de muerte más eficaces y sofisticadas. La Ciencia Médica se utilizó para experimentar con seres humanos, generar abominaciones y causar dolor y muerte. La industria de la guerra fue la más desarrollada y rentable en Alemania.

La eliminación de los judíos comenzó desde ser arrojados al vacío por las ventanas de sus hogares, golpeados y ametrallados en las calles; quemados dentro de sus sinagogas; trasladados en los vagones de carga humana; ingresados a los campos de concentración, donde las enfermedades y el hambre extremo cobraban numerosas víctimas, antes de llegar a su destino final: los campos de exterminio. El fusilamiento masivo de poblados enteros, en los que, en dos o tres días desaparecían entre treinta y hasta cincuenta mil niños, jóvenes, mujeres y ancianos, arrojados a los barrancos o a fosas comunes, cavadas por los propios sentenciados, pronto dejó de ser un sistema conveniente. Los soldados manifestaban que tantas horas de fusilamientos los "agotaban" y entraban en "crisis psicológicas". Fue entonces cuando la política de los jerarcas nazis dio un salto al horror sin precedentes en la historia de la humanidad. En la conferencia de Wannsee (20 de enero de 1942), los líderes nazis decretaron la puesta en marcha de la "solución final al problema judío". Las cámaras de gas y los hornos crematorios fueron los medios. Si bien ya se había iniciado antes de Wannsee. Auschwitz, desde su apertura el 20 de mayo de 1940, fue el mayor campo de exterminio nazi de toda Europa. Auschwitz ¿fue realmente liberado? Tras la rendición del ejército alemán, los aliados van descubriendo en su camino los restos de los campos de exterminio; no los buscaron, los encontraron en su ruta, ya abandonados y vaciados por los nazis, quienes trataron de borrar todas las evidencias posibles. Los documentos oficiales habían sido quemados, destruidos; los prisioneros llevados hacia Alemania en las "marchas de la muerte". Lamentablemente, los aliados sabían de los campos y de lo que allí sucedía. Las vías del ferrocarril y los campos, los "vagones de la muerte" y las cámaras de gas no fueron bombardeados; ¡se hubieran salvado tantas vidas!

En la actualidad hay quienes niegan las dimensiones de la Shoá. Opinan que es un mito creado por los sionistas e israelíes, que continúan llorando y guardando duelo por acontecimientos ocurridos hace más de 70 años. Son los mismos que han vuelto a sembrar la semilla del odio, el terror y el antisemitismo en el mundo. ¡La Shoá existió! No hay lengua humana que pueda describirlas fosas comunes, las cámaras de gas, los crematorios, las montañas de ropa, zapatos, anteojos, cabellos humanos, juguetes. Ellos ya no están pero nos legaron registros, documentos e historias personales y toda vez que los nombramos y leemos, vuelven a cobrar vida en el punto de encuentro entre narrador y lector. Sus voces son la suma de seis millones de voces que emergen de la tierra humillada. A través de los testigos nuestros ojos pueden ver la tragedia. Sus números tatuados arden en nuestros brazos. El recuerdo importa. El ejercicio de la memoria reivindica la humanidad de las víctimas, los personifica, recupera sus rostros y sus nombres, reevalúa sus vidas de antes, durante y después de la Shoá.

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