Martes 05 de Octubre de 2010
El Instituto Karolinska de Suecia designó ayer premio Nobel de medicina al británico Robert
Edwards, considerado padre de la fecundación in vitro, quien en 1978 logró el nacimiento del primer
bebé de probeta.
Edwards es pionero de una técnica que tuvo fuertes repercusiones
sociales y que a partir del nacimiento de Louise Brown —que entretanto también es madre y que
concibió a su hijo de manera natural—, permitió tener bebés a miles de parejas con problemas
de fertilidad.
Se calcula que unas cuatro millones de personas nacieron gracias a un
tratamiento de fecundación asistida.
Sus primeras ideas para realizar una fecundación en el tubo de ensayos
son de los primeros años de la década de 1950, según escribió Edwards en la revista Nature
Medicine: “El camino lleno de baches hasta la fecundación in vitro (FIV) humana”.
Edwards investigó primero en la Universidad de Edimburgo con embriones
de ratones. Las hembras de estos animales fueron estimuladas con hormonas para madurar muchos
óvulos.
En pruebas con animales, Edwards aprendió a utilizar las hormonas para
conseguir determinados fines y pronto, su interés por la ciencia básica cambió hacia la
investigación clínica.
Las muestras de tejido ovárico humano las obtuvo de pacientes de la
ginecóloga Molly Rose. Así logró determinar durante cuánto tiempo, a qué temperaturas, con qué
sustancias nutritivas y en qué valor de pH debían madurar las células.
El trabajo avanzó y parecía posible también la fecundación artificial en
los humanos. Con este objetivo comenzó su trabajo junto al ginecólogo Patrick Steptoe, experto en
laparoscopia, gracias a la cual se podía observar el interior del vientre de las pacientes y con la
que también se podían extraer óvulos.
“Trabajamos 20 años juntos, hasta su muerte (en 1988). Me enseñó
la medicina”, escribió Edwards, que en la actualidad vive en un asilo de ancianos por su
precario estado de salud, por lo que está en duda si podrá asistir el 10 de diciembre a la
ceremonia de entrega del premio dotado con diez millones de coronas suecas (1,48 millón de
dólares).
Es posible que Edwards y Steptoe hubiesen compartido el máximo premio de
la medicina, pero el Comité Nobel no puede conceder de forma póstuma dinero, medalla y gloria.
Ambos le dieron aplicación clínica al procedimiento. Steptoe consiguió
los óvulos, Edwards los cultivó y fecundó. Las células se dividieron varias veces y formaron los
embriones, hasta el estadio de ocho células.
“Nunca olvidaré el día en el que miré por el microscopio y
descubrí algo raro en el cultivo. Lo que vi fue un blastocisto humano, que me miraba
fijamente”, recordó Edwards en 2008.
“Es difícil transmitir en palabras lo que significó para mí y
nuestro maravilloso equipo este nacimiento”, dijo Edwards.
El hecho revolucionó a la sociedad de entonces. “Tuvo una
perseverancia enorme” ya que “nadie creía” en sus investigaciones, incluso la
comunidad científica consideraba que con la fecundación in vitro nacerían “bebés
malformados”, dijo el profesor de pediatría y miembro del jurado de la Asamblea Nobel, Hugo
Lagercrantz.
“Hubo una enorme oposición religiosa que opinaban que sólo Dios
podía crear vida nueva”, contó el médico.
Profesor emérito de la Universidad de Cambridge, Edwards nació en
Manchester el 27 de septiembre de 1925. Tras combatir en la Segunda Guerra Mundial, estudió
biología primero en Estados Unidos y luego en Escocia. En 1958 se convirtió en investigador del
Instituto Nacional para la Investigación Médica en Londres, donde inició sus trabajos sobre
fecundación.
En 1963 siguió su trabajo en Cambridge, primero en la Universidad y
luego en la clínica Bourn Hall, donde fundó con Steptoe el primer centro para la fecundación
asistida, que dirigió durante muchos años.
El actual director, Mike Macnamee, opinó ayer que “Edwards es uno
de los científicos más importantes, su trabajo condujo a un gran avance que mejoró las vidas de
millones de personas en todo el mundo”.
Edwards, quien tiene 11 nietos, “nunca estuvo motivado por la
gloria del éxito”, opinó Macnamee, para quien su principal meta era su fuerte deseo de ayudar
a tener hijos a parejas infértiles. “Lo más importante en la vida es tener un hijo”,
decía Edwards. “Nada es más especial que un hijo”. (Télam y Reuters)