Miércoles 26 de Septiembre de 2018
Tengo treinta y ocho años. Hace mucho tuve seis. ¿Hace cuánto? Más de tres décadas, un montón, pero cuando me siento angustiada parece que fue ayer.
A pesar de recibir con manifiesta disconformidad esta antigua pero recurrente sensación de vulnerabilidad, me acuerdo de mi seño Betty y sonrío. Y todo parece menos amenazante.
Me pasa exactamente lo opuesto si en ese momento mi cabeza pone frente a la pantalla mental algún recuerdo relacionado a Miss Sam. Pero esto que escribo no es sobre ella. Es sobre mi seño Betty.
Mis primeros años en la escuela primaria no fueron precisamente agradables. El entorno escolar me abrumaba, la doble escolaridad me agobiaba y no me resultaba fácil hacer amigos. Lejos de sentirme contenida en un ambiente seguro, la mayor parte de la jornada me sentía atrapada en una rutina poco feliz.
Como la vida casi siempre da revancha, la secundaria fue para mí una experiencia positivamente compensatoria, pero este texto tampoco es sobre mis vivencias adolescentes en la escuela. Es sobre mi seño Betty, quien al día de hoy me sigue viendo como "la bebota de ojos verdes que lloraba en mi falda porque papá estaba en Bolivia".
Al poco tiempo de empezar primer grado, mi papá se fue a vivir a La Paz por trabajo. Nos visitaba todos los meses a mi familia y a mí, pero en el día a día convivíamos con su ausencia. Y evidentemente eso me hacía sombra. Eso y seguramente tantísimas cosas más que no tenía ni idea de cómo expresar, atravesar, canalizar.
En ese entonces era difícil ser niña o niño en un mundo adulto-céntrico en el cual los modelos de crianza y educación mayoritarios estaban basados en paradigmas hostiles a la infancia.
Tanto padres como docentes sabían mucho de amenazas, premios y castigos, y poco conocían acerca de la frágil naturaleza de un ser humano en formación.
En este contexto, el chirlo o la paliza "a tiempo" eran las cartas fáciles en todas las casas, y la visita a la Dirección, la pena común de todos los establecimientos educativos.
Casi como sigue sucediendo en los hogares y en las escuelas en pleno siglo XXI, ¿no?
Pero esto que escribo no es sobre la responsabilidad urgente que tenemos como Humanidad de repensar la forma en la que aún criamos y educamos hijos, alumnos, seres sintientes. Es sobre mi Seño Betty y mi necesidad de agradecerle por tanto, una vez más.
El sistema educativo actual hace agua por muchos lados. Lo sabemos todos, aunque algunos intenten hacerle frente al problema y otros sigan mirando hacia un costado.
Sin embargo, cuanto más estudio sobre educación tradicional y no tradicional, más me convenzo de que ninguna propuesta pedagógica ni método educativo alternativo, por más acertado que sea, puede ser tan infalible como para pasar por alto la importancia de la presencia en el aula de un educador preparado profesionalmente pero sobre todo íntegro emocionalmente, capaz de conectar, de alma a alma ,con sus alumnos.
En esta misma línea, el paradigma pedagógico hegemónico, aún con todas sus falencias, no es ni puede ser tan malo como para no lograr sortear exitosamente sus carencias si quien está frente a los niños en formación es un guía dispuesto a acompañar el desarrollo humano a corazón abierto.
Como mi seño Betty que más de una vez daba sus clases conmigo a upa hasta que yo volvía a encontrar mi eje. Y, así, entre dictados, sumas y restas, llantos y mimos, tremenda red de amor tejía a mi alrededor para sostenerme.
Miss Sam, por el contrario, optaba por echarme del salón cuando mi angustia inminente amenazaba con perturbar su clase. "Llorar, se llora afuera", decía mi pobre maestra de inglés. Pero esto que escribo no es sobre el alma de Miss Sam que vibraba tan bajo que se estrellaba contra el piso cada dos por tres, ni sobre lo poco que sospecho que pudo enseñar alguna vez. Es sobre mi Seño Betty y sobre todas las seños Betty que seguramente aún hoy existen ahí afuera.
Ya sabré yo cuánto agradezco que mi hijo tenga la oportunidad de ir a una escuela donde el verdadero maestro es el niño, no el adulto. Pero no soy ingenua y recuerdo que ningún método educativo, por más "alternativo" que sea, es ni puede ser válido si no cuenta con seños como Betty.
Y no olvido que la educación contemporánea estará agonizando, pero hay seños como Betty que resisten en la trinchera. Y despiertan. Y no adormecen dragones. Y lo cambian todo. Con amor lo cambian todo.
Manuela Garbarini
Escritora, comunicadora, asistente Ambiente Montessori certificada por la Association Montessori Internationale, guía Montessori en formación AMI. contacto@universummontessori.com
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