Domingo 10 de Agosto de 2014
Los "padrinos" de la mafia contemporánea abandonan el sigilo y el ocultamiento y se vanaglorian de su buena vida, hasta desafían a la policía, desde sus sitios en las redes sociales.
El 11 de abril de 2006, mientras Italia despertaba con un nuevo jefe de gobierno de centroizquierda, Romano Prodi, los noticieros anunciaban el arresto del más poderoso de los padrinos. Bernardo Provenzano, el cruento jefe de la Cosa Nostra desaparecido hacía más de 40 años, aparecía en público: era un viejo pequeño y pálido, vestido como un campesino, con una toalla alrededor del cuello y la mirada baja tras unos lentes gastados. Carabinieri, Guardias de Finanzas y de la policía acababan de irrumpir en su escondite, en medio de la campiña de Corleone. Solo había una mesa, una cama, una Biblia y una máquina de escribir donde "El tractor" —apodo merecido por la violencia con la que zanjaba las vidas de sus enemigos— tecleaba sus pizzini, minúsculas hojas que difundía a través de cómplices para encargar estrategias, asesinatos y atentados. Así vivía el capo dei Capi, anciano, solo, escondido, cerrado y duro como una roca.
Nada que ver con los tiempos actuales. Ahora los jefes mafiosos rompen la tradición y sustituyen el silencio por un descaro exhibicionista que incluso los lleva a mostrar sus hazañas y su tren de vida peliculero en las redes sociales. Lo develaron en el semanario italiano L'Espresso, los periodistas Piero Messina y Maurizio Zoppi: "Conjugamos calle y red y finalmente dimos con los perfiles de Facebook, Instagram y Twitter de algunos de los mafiosos de Palermo. Por supuesto con nombres falsos, pero ninguna prudencia en las fotos y en las palabras".
Desde allí daban órdenes, hacían alarde de su poder, vendían droga o amenazaban a quien no pagaba el pizzo, la tasa que las mafias exigen a empresarios y tenderos. "Son muy violentos, ostentan su riqueza con soberbia, como desafío al Estado y como método de ejercer el poder", asegura el cronista.
Doménico Palazzotto, de 30 años, pelo negro y engominado, físico de quien frecuenta el gimnasio, actúa en el maremágnum digital como un malhechor de arrabal. No tiene ninguna cautela. Capo de su zona, el barrio de L'Arenella de Palermo, cuelga un video de las celebraciones por su "asunción". El 15 de marzo escribió: "Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos". Este versículo del Evangelio de Mateo es a la vez su lema y la doctrina de los nuevos jefes sicilianos, que además de un reto para los investigadores suena como un homenaje al capo supremo Matteo Messina Denaro, el último de los padrinos, sustituto de Provenzano, otro fantasma que los investigadores buscan desde hace dos décadas.
Tatuajes, pectorales depilados, lentes de sol chillones, el arsenal digital del padrino contemporáneo se parece al de un concursante de un reality. Palazzotto se fotografía recostado en una embarcación lujosa mirando a cámara. No faltan fotos de comidas a base de gambas, langostinos y champagne. A su lado están su primo Calogero Filareto (también afiliado a la mafia, según la Fiscalía italiana) y Salvatore D'Alessandro, soldado de la zona San Lorenzo: "¡A la salud de aquellos cuatro envidiosos y cornudos!", exclama como glosa en el selfie que colgó en la red social.
En la mira. La Fiscalía no deja de observar cada paso que da. Por eso cuando el 23 de junio pasado los magistrados encargaron el arresto de 95 personas por delitos vinculados con la Cosa Nostra, Palazzotto y sus colegas de diversión estaban entre ellas.
Cuando lo convocaron a la jefatura de policía, por hechos menores, al regresar a su casa se conectó a la red y desafió a la policía y los magistrados: "Entre el decir y el hacer en el medio está el mar. Son y van a ser unos pobrecitos... con un puño de mosquitos en la mano... ja ja ja, estos tachos de mierda", escribió.
"La nueva mafia sin vértices firmes, en mano de los jóvenes, no es menos peligrosa de la antigua por ser más visible o naíf en la red. Los jefecitos viven de extorsiones, tráfico de droga, tragamonedas y salas de juego. Controlan el territorio con amenazas y pistolas, igual que sus padres y abuelos. Crecieron en hogares donde aprendieron que la devoción suprema se debe a la familia mafiosa. No tienen otro amor más hondo", explicó el periodista Messina.