Los narcos cariocas no venden más crack porque es un tormento
"Esa droga ha traído muchas desgracias a Río", aseguran los mismos traficantes. La policía relativiza las "buenas intenciones" de los mafiosos, a quienes consideran en retirada.

Domingo 19 de Agosto de 2012

Había mucho movimiento en la favela Mandela de Río de Janeiro una noche reciente. A la luz de un farol, los clientes elegían de entre varios paquetitos de cocaína en polvo y marihuana que costaban 5, 10 y 25 dólares. Adolescentes con armas semiautomáticas recibían el dinero mientras coqueteaban con muchachas que lucían ropa provocativa, con el ombligo al aire.

Cerca de allí, varios niños saltaban en un trampolín, ajenos a las armas y la venta de drogas que son parte de su vida cotidiana en cientos de favelas de esta ciudad de 12 millones de habitantes. La oferta de los traficantes, sin embargo, no incluía el crack, la droga más adictiva y destructiva.

Cuando apareció el crack hace unos seis años, Mandela y las favelas vecinas pasaron a ser el principal mercado al aire libre de drogas de Río, "cracolandia", donde los usuarios podían comprar la piedra, fumarla y pasar el tiempo hasta reincidir. Multitudes de adictos vivían en casuchas de cartón con mantas inmundas y conseguían como podían dinero para comprar la droga.

Ahora no había crack en la mesa de madera donde los traficantes ofrecen sus productos y tampoco hay adictos en las calles. El cambio no obedece a una campaña de la policía o de salud pública. Los propios traficantes dejaron de vender la droga en Mandela y la vecina Jacarezinho. Y dicen que dejarán de venderla en otros sitios en los próximos dos años.

Los jefes de las bandas de traficantes, generalmente nacidos y criados en las favelas que ahora controlan, dice que el crack desestabiliza sus comunidades y les resulta más difícil controlar las zonas abandonadas por el gobierno. Las autoridades, por su parte, se atribuyen el mérito y sostienen que los traficantes simplemente están tratando de convencer a la policía de que abandone su ofensiva para retomar el control de las favelas.

"El crack ha traído muchas desgracias a Río. Hay que parar su venta", comentó el número dos en la jerarquía de mandos de los traficantes que controlan Mandela, un hombre regordete que lucía una camiseta Lacoste, collares y pulseras de oro y que tenía 100.000 dólares en efectivo en su mochila. A los 37 años es un veterano del Comando Vermelho (Comando Rojo), la banda más establecida de Río. Es buscado por la policía, por lo que no quiso ser identificado por su nombre.

Habló de la decisión de suspender la venta de crack mientras veía cómo ingresaba el dinero, que era acomodado en pilas sostenidas por bandas elásticas. Mantenía una mano en su revólver y la otra en una radio mediante la cual se le informaba de las ventas en otros sectores y se le alertaba de la presencia de la policía.

Se agitó al plantearse el tema del crack y subió el tono de su voz. Dijo que el crack generaba mucho dinero, pero que tiene muchas razones para detestar la droga. Todo aquel que entra en contacto con esa droga termina odiándola, sostuvo.

Un hermano suyo que estudió, se fue de la favela y entró en la fuerza aérea, sucumbió al crack. Abandonó a su familia y dejó su trabajo. Ahora merodea por la favela con otros adictos.

Para que la iniciativa tenga éxito, se necesita la colaboración de las otras dos bandas grandes de la ciudad: los Amigos dos Amigos (Amigos de los Amigos) y el Terceiro Comando (Tercer Comando).

Ello implica renunciar a ganancias considerables. Según un estimado de la Comisión de Seguridad de la cámara baja y de la policía, los brasileños consumen entre 800 y 1.200 kilos de crack por día, valuados en 10 millones de dólares.

Las otras bandas, no obstante, están siguiendo los pasos de Comando Vermelho, según la abogada Flavia Froes, que representa a algunos de los traficantes más conocidos de Río.

El crack llegó primero a San Pablo, la capital económica de Brasil, en la década de 1990. A principios del 2000 se esparció por todo Brasil. Un estudio reciente dice que se vendió en el 98 por ciento de las municipalidades brasileñas, sin que las autoridades pudiesen impedir su propagación.

El ex jefe de la policía local Mario Sergio Duarte señaló que "Río fue siempre una ciudad de cocaína y marihuana". "Si los traficantes decidieron volver a esas drogas, no es porque tengan de repente conciencia social, o porque quieren ser caritativos y ayudar a los adictos. Es porque el crack les trae demasiados problemas".

La policía comenzó a retomar el control de favelas que eran dominadas por los traficantes para reforzar su candidatura a ser sede de la Copa Mundial de fútbol del 2014 y de los Juegos Olímpicos del 2016. La campaña afectó el tráfico de drogas y las ganancias disminuyeron, según Duarte. El crack asomó como una solución e inundó el mercado.

Pronto, las bandas sufrían las consecuencias.

Los adictos al crack quebraron el código social que mantiene la calma en las favelas, robando, mendigando, amenazando y prostituyéndose. Su presencia se tornó insoportable.

El capo de Mandela dijo que el crack incluso puso en duda la autoridad de los mafiosos.

"¿Cómo puedo decirle a alguien que no robe, si sé que le vendí la droga que lo hizo robar?", preguntó.

En Mandela los residentes tenían que pasar por encima de adictos al crack cuando iban o venían del trabajo y le decían a sus hijos que tuvieran cuidado cuando pasaban junto a esos "zombies".

Cléber, el dueño de un negocio de reparaciones de artículos electrónicos que vive en Mandela desde hace 16 años dijo que "ahora podemos salir a la calle de nuevo, hacer un asado afuera, beber con los amigos, sin que (los adictos) nos acosen".

El estado de los adictos, mientras tanto, es desesperado y no todos reciben asistencia.

Una adolescente con los ojos amarillentos dijo que no recuerda cuánto tiempo lleva en la calle ni qué edad tiene.

Sí recuerda su nombre — Natalia Gonzales — y el año de su nacimiento, 1997.

"No tengo dónde ir", afirmó entre lágrimas. Poco después entonó una canción religiosa.

"Dios, ven y sálvame, extiéndeme la mano", decía la canción. "Sana mi corazón, hazme vivir de nuevo".