Los hijos que vinieron en el camino
Uno nació en California, otro en Argentina, la niña en Canadá y el benjamín en Australia.

Sábado 26 de Noviembre de 2011

Los Zapp tienen cuatro hijos: Pampa, de 9 años, quien nació en Greensboro, California; Tehue, el único argentino, que lo hizo en Capilla del Señor y tiene 6; Paloma, la única niña, vio la luz en Vancouver, Canadá, hace 4 años y Wallaby nació en Australia hace 2.

  Candela cuenta cómo es el proceso de educación y de sociabilización con otros chicos: "No conocen el aburrimiento, la rutina, ni la pregunta ¿cuándo llegamos? Son más adaptables que nosotros y saben disfrutar todo lo que vivimos. Yo aprovecho todas las experiencias de viaje,, como cuando en Borneo fuimos a una selva a ver monos pero nuestra sorpresa también fue ver de repente un grupo de 36 elefantes salvajes a menos de 20 metros. Ni los chicos, ni nosotros nos queríamos ir de ahí. Como madre y maestra a la vez, aprovecho estas experiencias para enseñarles. Que dibujen y escriban lo que vieron, armando así oraciones, párrafos y que expresen lo que más les gustó de la experiencia contando en qué lugar del mundo los vieron, en qué tipo de ambiente. Igual que cuando fuimos a alimentar a los cocodrilos de agua salada en Darwin, al norte de Australia, o cuando vimos los corales llenos de peces con mantarrayas, o las tortugas marinas en Filipinas. O bien cuando vamos a un museo de historia, de petróleo, de dinosaurios, a volcanes, a minas".

  "También les enseño con el Sistema de Educación a Distancia de Argentina y así van aprobando los grados. Es muy bueno", abunda Candela y agrega que "los chicos no sólo son excelentes viajeros sino que también excelentes amigos. Se quieren mucho, protegen y juegan teniendo una imaginación increíble. Cuando terminemos Asia en aproximadamente dos años, pienso cuánto voy extrañar esto de tenerlos tan cerca".

  "El quedarnos en las mismas casas de la gente que conocemos influye en la educación de los chicos y en su formación. Uno es según el ambiente en el que crece. Y qué mejor que adaptarse a crecer en todos los ambientes", agrega. "Comparado con la mayoría de la sociedad —plantea— es inusual que un niño crezca viendo el mundo en el mismo mundo, que aprenda idiomas en el lugar que lo hablan, que sea recibido en la casa de un pescador, un campesino, un rico, un pobre, un amish, un protestante, un judío, un musulmán y que vea que son maravillosos y que les compartieron sus mayores fortunas que son su hogar y su familia".

  Y da una particular visión de la crianza de sus hijos: "Los chicos que están en una rutina no socializan más que unos que interactúan todos los días con alguien de otra cultura. Una rutina..., ¿un lugar adónde ir y volver todos los días?, ¿quién quiere educar a un niño con rutinas en un mundo tan cambiante? Creo que lo mejor sería enseñarle a adaptarse al cambio, en un mundo que no para de cambiar".