Las cinco desgracias que se sufren cuando se avecina la primavera
Los meteorólogos aseguran que la de fin de semana pasado fue la última ola polar del año. Y entusiasmados ya hablan de la proximidad de los primeros calores. Es más, anuncian la inminente llegada de la primavera. La sola mención de la palabra agita fantasmas que alimentan temores cotidianos y LaCapital.com.ar repasa uno a uno.

Martes 23 de Agosto de 2011

Con los primeros calores, que según el pronóstico de los meteorólogos mediáticos llegarán esta semana, el temor ante el torso desnudo se extiende como una maldición en la ciudad. Los gimnasios de hombres y mujeres desesperados por hacer desaparecer de sus cuerpos esas redondeces que aparecieron misteriosamente durante el invierno. Un esfuerzo que, frente a la primavera que se avecina, vale la pena, aunque se sabe inútil.

1- Cuestión de peso: el primer gesto ni bien se escucha la palabra primavera en la boca de alguno de los meteorólogos mediáticos es siempre el mismo, el hombre, que se pasó el invierno dudando entre ravioles con tuco y guiso de lentejas, y la mujer, que batió el récord mundial de consumo de muffins con chips de chocolate, es salir corriendo a anotarse en el gimnasio. Pagan la promoción trimestral, una avivada de los dueños de los gimnasios que saben que, con suerte, los nuevos socios irán a clases un par de semanas y, al ver que los resultados del entrenamiento no son mágicos, abandonan. Y lo peor de todo: no bajan ni un gramo.

2- Salir de compras:
basta el primer rayito de sol, cálido, prometedor, para que una estampida de compradores compulsivos salgan a la peatonal, al shopping, al outlet, a donde sea a renovar el guardarropa. Al grito de "¡llegó la nueva colección!", pegan la nariz en las vidrieras mientras de la comisura de los labios se derrama un delgadísimo hilo de baba. Hasta ahí todo bien, el problema explota ni bien da un paso hacia el probador y, como si el invierno no hubiera existido jamás, se prueba la prenda deseada, en el talle de la temporada pasada. Un gran error. Un gran peligro. Porque, si se hace un esfuerzo, los botones pueden saltar y herir a alguien.

3- No hay equipo:
a diferencia del grito que sacude la tranquilidad de la playa ni bien arranca el voley -"¡hay equipo!"-, uno se da cuenta, ni bien ensaya su primera salida al aire libre, que los implementos básicos para lograr el cometido han desaparecido, están hechos añicos o simplemente pasaron de moda. El Sapolán, que quedó abandonado en le botiquín del baño ni bien cayó la primera helada, es una piedra; la reposera, que compramos con tanto entusiasmo en enero, deshilachada como las desilusiones de una novia abandonada, y lo peor, la capellina conserva intacto el color original del verano anterior y ya pasó de moda.

4- La lista roja: vaya a uno a saber desde cuándo está colgada en el transparente, en el de la entrada, no en el de la Secretaría, que ven solamente los que van a pagar, pero está ahí, la tan temida lista de morosos está ahí y el nombre, el propio y el de cada uno de los miembros de la familia, están en ella, en letras de molde, grandes, como para que puedan leer hasta los que usan lentes. ¡No!, ¡la familia entera en la lista de morosos del club! Con el primer frio, con la primera olla de sopa humeante, el club, la pile, el quincho, las cuotas quedaron enterradas en el olvido más absoluto. Ahora, si se quiere volver, hay que ponerse al día.

5- Operación Bikini/Bermuda: podría ser el título de una película de James Bond, pero no lo es. Más que cine de superacción es drama, lacrimógeno. Sin aviso previo, sin trailer en internet, la película arranca con una imagen desgrarradora: en el espejo del ropero, de cuerpo entero, el horror. Ahí, en su verdadera magnitud, aparece las piel blanca, fláccida, interminable, que asoma de cada borde del traje de baño y pone en evidencia las horas, los días, las semanas, los meses, lejos del sol, del gym, y cerca, tan peligrosamente cerca de la cocina, el altar de las tentaciones del invierno. Volver a la playa, a la pile, es entonces una misión imposible.