"La violencia no me sorprendió", dice el autor de un libro
Juan Branz, investigador del Conicet, escribió "Machos de verdad", texto en el que analiza cómo dicho deporte legitima la violencia de sus jugadores.

Domingo 26 de Enero de 2020

Fue en la semana uno de las personas más consultadas por los medios del país tras el crimen del joven Fernando Báez Sosa por parte de un grupo de 10 rugbiers. No es casual que se haya querido escuchar su análisis: Juan Branz, ex volante central de Cambaceres y doctor en Comunicación Social, es uno de los pocos (sino el único) investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) que explicó desde el rugby cómo se construyen los machos del deporte. El trabajo de campo en tres clubes de La Plata se tradujo en el libro “Machos de verdad. Masculinidades, deporte y clase en Argentina” y por ese texto fue entrevistado hace justo un año (“La masculinidad en juego”, 26 de enero de 2019, Ovación). Como tantos, al enterarse del asesinato ocurrido en la madrugada del domingo pasado en un boliche de Villa Gesell, Branz dijo que sintió “dolor y horror” pero paradójicamente reconoció que fue un acto “criminal” que no lo sorprendió porque, según dijo, “esos muchachos hicieron lo que se esperaba de ellos, que exhiban potencia, una violencia legitimada por gran parte de la sociedad”.

   —En el rugby se juega a empujar y atacar en grupo, como en el scrum, hasta vencer. ¿Se llevó al acto la lógica del juego al punto del crimen?

   —El juego de cuerpos, palabras y gestos se pusieron en acción. En mi trabajo trato de desarmar lógicas sociales y económicas para comprender a la sociedad contemporánea. Acá no hubo salvajismo ni un hecho irracional ni barbarie, hubo un esquema consciente, racional. Una práctica que tiene que ver con una violencia legítima, con cierto modo de ser varón, ser observado y observar para ser aceptado en la masculinidad dominante. No digo que estos rugbiers hayan premeditado esta muerte, digo que premeditaron la pelea para demostrarse entre sí quién es el más hombre.

   —Muchos sostienen que “violencia hay en todos lados” y no sólo en el rugby y se ofenden ante las críticas entendiendo que se estigmatiza al juego y a la comunidad.

   —En la investigación (N.de la R: en los clubes platenses Universitario, La Plata Rugby Club y Albatros Rugby Club) intentamos ir a contrapelo de ese sentido común. Hay tantas violencias como sociedades existen y que dependen del grupo y el contexto, no es buena la generalización en térmicos sociológicos pero hay una matriz regular desde la escuelita de iniciación de rugby a los planteles superiores que incluye bautismo de iniciación, disfraces de abusoso verbales y físicos. Son regularidades propias que se emparentan con construcciones de masculinidad y la historia de las clases dominantes; con el sometimiento al otro se reafirma la masculinidad, la clase, la heterosexualidad, pero además, en el rugby, una institución de más de cien años que garantiza distinción cultural y prestigio. Por eso investigar es imprescindible para analizar eso e intentar cambiar mandatos y sociedades desiguales, poco plurales, poco democráticas e injustas en términos de clase y de género: el asesinato de una mujer cada 30 horas es sólo una prueba de todo eso.

   —No investigaste otros deportes, pero ¿podés arriesgar que el machismo los atraviesa a todos en esta sociedad patriarcal?

   —La regularidad es que los varones estamos atravesados por mandatos que nos ayudan a ver, sentir y actuar de una determinada manera. Ya lo analizaron también en fútbol colegas como José Garriga, Verónica Moreira y Pablo Alabarces. Ellos llamaron “cultura del aguante” entendiendo así la exhibición de la potencia y el soportar. Hay espacios habitados históricamente por varones, como las hinchadas de fútbol o el sindicalismo, que hablan de una generalidad en la estructuración del ser varón a través de violencias físicas y simbólicas. La diferencia está dada por clase, posición, percepción y autopercepción de los varones que juegan cada deporte o están en cada lugar. Hay que ver la clase en movimiento, lo que los propios sujetos creen que son en relación a los otros. Cómo se ven socioeconómica, cultural, moral y simbólicamente frente a los otros.

   —¿Serviría capacitar a dirigentes y formadores para comenzar a revertir esas regularidades?

   —Sí, claro, también hay que implementar estas discusiones en la ESI, reconstruir representaciones y símbolos mediáticas con respecto a los estereotipos de género, desarmarlos. No hemos aprendido y no nos han enseñado a los varones a vincularnos con otre de una menera donde la violencia no medie: tenemos que ser capaces de dedesarrollar la educacion sentimental y vincularnos sin tener que somenter al otre, e intentado que las relaciones sean menos desniveladas en términos de relaciones de poder.

   —En un escrito (Revista Anfibia) y tras ser parte del mundo de futbolistas y rugbiers reconociste: “He sido -y soy- puto”. ¿Por qué?

   —Porque en el ambiente de machos de clases dominantes lo fui. No en el sentido de haber mantenido relaciones homosexuales, hablo de haber sido considerado así por no mantener ciertas prácticas y discursos que convierten al varón en un verdadero macho, el que sostiene la heteronormatividad, el que perpetra al otro mediante violencias, simbólica y física, o es complice en la ritualidad. La celebracion de la propia masculinidad se vincula con otro varon.