La conmovedora carta de Laura, la hermana de Marcelo Diez
"Lo dejaremos ir. Es ésta la más profundamente ética y amorosa decisión que hemos tomado en nuestras vidas", escribió Laura en su Facebook el año pasado, relatando el sufrimiento de su familia. 

Martes 07 de Julio de 2015

"¿Cuando fue que empezó todo esto?", se pregunta Laura al inicio de la carta.
 
"¿Cuando fue que empezó todo esto? ¿El día en que se accidentó? ¿Esa mañana aplastante de 1995 en que el equipo médico del instituto de rehabilitación nos llamó para decirnos que Marcelo era "un vegetal"?
 
¿O cuando leí en el diario que una mujer llamada Selva quería para su hija lo mismo que nosotras para nuestro hermano?
 
Ahora que lo pienso mejor, tal vez todo empezó en los 90. En esa época y en este país, muy pocos ponían en duda el dogma de que los médicos y los hospitales estaban allí para hacer vivir a los pacientes. A toda costa. O mejor dicho: aún a costa de sí mismos.
 
¿No puede hablar, no puede sentir, ni comer, ni controlar ningún músculo de su cuerpo? ¡No importa! ¿No puede pensar, ni siquiera darse cuenta que está vivo? ¡Que te importa, si respira por sí mismo! La tecnología médica había ganado una batalla contra la muerte. Debía estar feliz.
 
En esa época y en ese país yo también creía que podía conformarme con que mi hermano estuviera vivo. Me llevó más de diez años admitir que ese cuerpo que respiraba por sí mismo ya no era Marcelo. El mismo tiempo que me llevó alejar de mi vida los crueles y desbastantes discursos que insistían en que hay que esperar a ver si reacciona. Desbastantes porque apelaban a la infinita capacidad de negación que tenemos todos, crueles porque quienes lo decían sabían perfectamente que esa lesión cerebral jamás lo permitiría.
 
Ahora, con más claridad, creo que todo empezó cuando dijimos (inútilmente) basta. No queremos que le coloquen más una sonda por la nariz para aspirar su estómago – deteriorado luego de tantos años de alimentación artificial – porque sabemos que nunca más va a poder comer, le decía a la médica. Y después: no queremos que cuando tenga una infección le coloquen un respirador porque eso no lo va a hacer regresar. Y por último: no queremos que sigan metiendo en ese cuerpo agujas, instrumentos, frustraciones y proyecciones o convicciones personales y que pueden aplicar para sus propias vidas, pero no en lo que queda de la suya.
 
Me doy cuenta, todo esto empezó (¿o terminó?) hace exactamente un año. El 9 de mayo de 2012 se decidió, finalmente, que ni el estado ni las instituciones –ni los jueces, ni los médicos ni las jerarquías de las religiones– debían decidir qué hacer ante las enfermedades y la muerte. Que debían, en cambio, acompañar lo que cada persona quería hacer con ello. Paradójicamente, con la ley de muerte digna, se nos devolvió a las personas, en realidad, la decisión de cómo queremos vivir, mucho mas de cómo podemos morir.
 
Por eso, cuando una amiga me dice que en las radios están hablando mucho de Marcelo, le digo que no es cierto.
Hablan –y con esto excluyo a aquellas personas que nunca tomarían esta decisión para sí mismos o sus seres queridos y con quienes comparto el diálogo o el silencio- del pánico que les da esta sociedad en la que las personas puedan decidir con idéntico valor ético y moral lo que antes decidían las jerarquías.
 
Estoy llegando al final, y en verdad yo sí sé cuando fue que comenzó todo esto, y no puedo dejar de decirlo. Era primavera, era Villa Pamphilli y era el primer mes de mi embarazo, en el año 2009. Esa tarde, con mi hermana, pudimos por primera vez en quince años, decirnos:
 
- Marcelo no hubiera querido estar vivo de esta manera. Nosotras dos lo sabemos muy bien. Nada de lo que hagamos podrá cambiar el hecho que hace mucho tiempo que ya se ha ido.
 
Luego, vino todo lo demás: la comunicación a la institución que no queríamos que le dieran más antibióticos en caso de infección, y su brutal respuesta: una denuncia penal, que la jueza casi inmediatamente desestimó. Y nuestra última respuesta: queremos, además, retiro de soporte vital (hidratación y alimentación) porque ello significa prolongar la agonía.
 
Marcelo no hubiera querido esto. Y lo dejaremos ir. Es esta la más profundamente ética y amorosa decisión que hemos tomado en nuestras vidas".