Domingo 18 de Enero de 2009
Para Nicolás Dotta, un rosarino de 33 años que integra la organización humanitaria Médicos del Mundo, la solidaridad es una actitud de vida, una acción que transforma, y que implica tomarse algunas molestias. Y aunque está convencido de que cada uno puede hacer su aporte desde el lugar en el que se encuentra, eligió ponerse al servicio de los demás en remotos lugares del mundo.
Durante más de dos años trabajó en la zona rural de Mozambique, en Africa, y en los próximos días arribará a su nuevo destino, un campamento de refugiados en pleno desierto del Sahara. Dotta es licenciado en Economía y tiene un máster en Acción Solidaria Internacional que hizo en la universidad Carlos III, en Madrid, España.
Desde que era un adolescente sintió vocación por hacerle la vida más fácil a los que sufren, pero lo hacía desde el alma. Ahora, además, es su trabajo.
Experiencia movilizadora. "Mi primera experiencia fue en Mozambique. Fui por tres meses y me quedé dos años", relata durante una visita que hizo a su familia en Rosario. Su bautismo de fuego fue en Pemba, un lugar que queda a 3 mil kilómetros de Maputo, la capital de Mozambique, en la frontera con Tanzania. Una aldea con chozas de barro, niños desnutridos y adultos enfermos. Sin agua potable, sin electricidad, con hechiceros y curanderos, con la muerte como compañera cotidiana.
Aunque la foto del bebé esquelético prendido al pecho seco de su madre es una instantánea que Dotta vio más de una vez, lo primero que aclara es que allá "la gente no vive aferrada a la tristeza. Ellos son dignos, alegres y luchadores, como en cualquier lado".
Tenía que organizar una campaña de vacunación, pero también construir un centro de salud"
Aunque los africanos están aceptando cada vez más la ayuda que viene del mundo occidental, asegura que su condición de blanco y extranjero a veces le jugó en contra. En otras ocasiones, lo puso en un lugar especial. Como cuando se encontró con un muchacho que había tenido un golpe en un ojo y no dudó en hacerle unas compresas con el hielo que llevaba en su heladerita portátil. La respuesta antiinflamatoria del frío lo convirtió en un héroe ocasional. "Doctor Nico, gracias por ayudarme con su medicamento", le dijo el joven días después, mientras los pobladores lo observaban con devoción.
Estrategia. La medicina tradicional, la de los brujos y hechiceros, es palabra santa en esa zona. La otra, la occidental, la del progreso y la cura "fácil", no es naturalmente bien recibida. "Tenemos que luchar contra el desconocimiento y la desconfianza. Si los curanderos no se convierten en nuestros aliados no hay ayuda que valga", dice Dotta. Para que acepten vacunarse, tomar pastillas o usar preservativo, los integrantes de Médicos del Mundo (como los de otras organizaciones) apelan a esas alianzas o directamente a los más jóvenes. Hasta el teatro es un buen recurso ya que se montan obras callejeras, interpretadas por los nativos, donde a través del juego les explican a sus compatriotas las ventajas de dejarse revisar por un médico o de protegerse contra las enfermedades de transmisión sexual.
El sida, que hace estragos junto con la malaria, es difícil de frenar ya que un porcentaje importante de la población está contagiado pero por cuestiones mitológicas (no religiosas) rechazan el preservativo, según explica el rosarino: "Están convencidos de que el semen del hombre es el que le da a la mujer fortaleza y vida. Entonces, si no lo recibe, ellas se debilitan. Es un claro ejemplo del domino del varón sobre la mujer porque en esa sociedad el hombre no sólo es proveedor de cuestiones materiales, sino también de la vida".
Otras miradas. La expectativa de vida en esa zona de Africa es de 44 años. Las precarias condiciones generan que todos los habitantes tengan uno o dos hermanos muertos y que también vean morir a sus hijos. "Yo jugaba con Tito, uno de los chicos de una familia de la que me había hecho bastante amigo. Un día pasé y no lo vi, y el papá me dijo «es que ayer se murió», y siguió con lo que estaba haciendo. Me quedé helado, porque desde mi mirada no podía entenderlo", dice Dotta. El dolor y el sufrimiento en esas familias existe, la tristeza de la ausencia también, comenta, pero la muerte no los paraliza: "Además tienen otros hijos y deben resolver cómo alimentarlos cada día. No pueden detenerse a hacer un duelo. La muerte está presente diariamente y por eso la gente la vive sin dramatismo, y eso, para mí, la vuelve más trágica todavía".
Estar cerca del dolor y la pobreza, palparla, olerla, y enfrentarla para encontrarle soluciones es la principal misión de Dotta y de los integrantes de organizaciones humanitarias en todo el mundo. Y aunque él dice con cierta humildad que esta tarea "no te convierte necesariamente en una mejor persona", es fácil advertir que la experiencia transforma.