Sábado 21 de Marzo de 2015
Marcela Römer (Rosario, 1965) llegó a la dirección del Museo Castagnino+macro tras ganar un concurso en los primeros meses de 2010. Es la primera mujer que dirige el museo en sus flamantes 75 años de existencia. Apenas asumió anunció que durante su gestión plantearía la necesidad de ampliación del edificio histórico creado por Hilarión Hernández Larguía. Hace seis meses inauguró Ampliación, una muestra que se extendió entre ambas sedes con múltiples exhibiciones y hasta un blog de ocasión pero que tuvo su punto de impacto en una intervención realizada por Mariana Tellería: el frente del museo fue pintado de negro, clamando visibilidad y para fundirse con la trama de la ciudad. Por estos días comenzarán las tareas para que el frente vuelva a su estado anterior. El calendario indica que la muestra terminó, pero Römer insiste: “Rosario se merece un museo con más espacio”.
Ampliación tal como fue pensada culminó, pero el reclamo que impregnó su frente hasta volverlo negro continúa. “A nosotros los rosarinos, que somos movedizos, nos interesa tener un museo que no sea estático, sino que dinamice; y a veces somos criticados por eso, yo lo sé. Hay gente que espera que nosotros tengamos las obras más hit de la colección montadas todo el tiempo y que queden ahí para que la gente las observe. Esto estaría muy bien si tuviéramos un espacio más grande en el museo. Y así tener una sala Fontana, otra destinada a Berni, y después tener más espacio para lo que es dinámico, porque lo que es dinámico te hace pensar”, explica.
Römer dialógó con Más mientras en una de las salas ya estaba montada La colección en foco 6. Flores de colección, apuntes de botánica, un fragmento de una serie de muestras que busca, a través de distintos ejes, exhibir obras patrimoniales. En otras galerías se expone Capital, que también trabaja sobre la colección pero desde un plano histórico: explora la manera en que estas obras ingresaron al patrimonio público. La directora del museo dice que a través de ambas muestras continúa el espíritu de Ampliación, porque trabajan sobre obras que integran la colección, la exhiben y la relatan.
La colección del Castagnino+macro tiene más de 4.200 obras y no hay más espacio. Casi no se reciben donaciones salvo que la posible incorporación tenga un valor que amerite buscarle un lugar que hoy casi no existe.
Ampliación tuvo múltiples miradas. Fue planteada para coincidir con la IX Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo que se realizó en Rosario en octubre pasado, jugando con el espacio como tema convocante. En ese marco, el museo planteó su propia problemática con la necesidad de mayor espacio para alojar obras y para exponerlas. Se convocó a diversos artistas para trabajar sobre la colección y Mariana Tellería intervino el frente del museo, pintándolo de negro para dar visibilidad y para que se funda en la propia trama de la ciudad. La polémica no tardó en llegar. Y fueron justamente voces de arquitectos quienes plantearon que esa propuesta había alterado un edificio de valor patrimonial. Römer reivindica lo actuado y explica: “Hace más de 20 años hubo una idea de ampliación del museo, antes de que existiera el macro, y hubo avances que después quedaron trabados. Cuando ocurrió el rebote que tuvimos por la intervención de Tellería yo les pedí a los señores arquitectos, que son los especialistas en reformular edificios, en construir, en pensar el espacio en y para los edificios, que si alguna vez existe esa oportunidad, no la traben. Porque sería un proyecto importante; el Castagnino fue el primer museo pensado como museo”.
Y aporta un dato por demás de interesante. “Hilarión Hernández Larguía dejó proyectos de ampliación de este museo, algo que no saben los señores arquitectos. O sea, él ya pensaba en el año 37 que esto se iba a tener que ampliar, era un hombre muy visionario, ya sabemos, Eso es para la gente que piensa que no lo tenemos que tocar, «miren la persona que lo hizo ya pensaba en ese momento que esto se tenía que ampliar y realizó bocetos y pequeños proyectos con la ampliación que él pensaba en 1940”, resalta.
La directora del museo algo de eso promete exhibir cuando a partir de mayo se inaugure Museo, arquitectura y ciudad y se muestren los planos originales del Castagnino.
—¿La intervención de Tellería puso en evidencia que entre arte y arquitectura hay como un duelo eterno?
—Hay conceptos que tienen los arquitectos que son muy interesantes. Cuando decían “el museo es una obra, es intocable” yo creo que están hablando de otra cosa, de lo que significan los bienes simbólicos fuertes de la ciudad. Yo, por supuesto, no pienso igual que ellos. Creo que al arte hay que respetarlo, obvio, pero creo que algunos sintieron que nosotros estábamos faltando el respeto y eso no es así. La cuestión no pasaba por ahí, sí es cierto que hay que cuestionarse. No sé cómo se cuestionan los arquitectos y los ingenieros cuando un edificio es histórico y es necesario ampliarlo. O sea, qué se hace, si se deja tal cual, se hace un proyecto que siga la misma estética original o no se sigue la misma estética original, como ocurre con el Museo Caraffa de Córdoba. Lo pongo de ejemplo porque lo tenemos cerca, tiene una parte histórica y otra que no tiene nada que ver. Dejaron el antiguo y en un costado armaron la contemporánea. Y es reloco porque el Caraffa usa ahora la parte contemporánea y no la histórica. Habría qué ver qué ocurre acá, ese es un tema muy interesante para hablar con los arquitectos.
—¿Por qué es necesaria la ampliación en el Castagnino?
—Es práctica, de espacio, si hubiera cuatro salas más podríamos dejar la colección permanente porque es gigante, y después tendríamos salas móviles. Hay cuestiones que la gente no sabe, como que necesitamos una sala para cuando entra y sale una obra, para que no sea peligroso; después, sala para albergar obra y salas para trabajar porque cuando ingresa una muestra tiene que quedarse en algún lado, cuando trabajamos con la colección hay que limpiar marcos, sacar paspartú. Ahora tenemos una salita para educación pero por qué no planteamos tener una sala para educación con la tecnología necesaria o un bar, una tienda, como tienen tantas ciudades, porque somos una ciudad importante. Entonces, si somos una ciudad importante, ¿no nos habremos quedado un poco chicos con el espacio? Es una realidad. Aparte está el edificio de Hilarión, intocable y simbólico, que es lo que me parece le preocupa a cierta línea de la arquitectura de Rosario, pero tienen que pensar que también hay una realidad.
—En el marco de ese debate estaría bueno ver qué simboliza ese edificio, a qué ciudad refiere y a qué momento del arte de Rosario.
—Yo creo que hay miedo sobre eso. Yo, Marcela Römer, directora del museo, te digo que quiero que Rosario siga siendo la misma que antes, la que cambia, la que se arriesga, la que quiere algo nuevo, porque veo que hay gente que no quiere eso, y yo voy a pelear porque a mí me interesa lo otro. Soy rosarina y quiero que pase eso, quiero seguir creciendo, quiero que mi colección del museo sea fantástica, tenga un edificio divino y entre más gente. No hay que quedarse estático en el tiempo, claro que hay que respetar lo del tiempo porque es nuestro pasado, pero hay que avanzar.
A modo de manifiesto
A partir de Ampliación, los equipos técnicos del Castagnino están relevando sus necesidades técnicas de espacio. Ese material luego será elevado a Planeamiento. “Seguramente este proceso termine en un llamado a concurso para evaluar proyectos”, anticipó Marcela Römer. Las piezas encajan. Cuando se pensó la muestra, ligada al tema del espacio, Römer convocó como curador a Leandro Comba, el único arquitecto en la planta del museo. Y su idea fue que ambas sedes funcionaran como un estudio de arquitectura que, en cierta medida, se convirtió en “un manifiesto”, comentó Römer.
A modo de ejemplo
Desde 1916 el Museo Caraffa de Córdoba contó con un edificio propio, que fue concebido por el arquitectoJuan Kronfuss. Ampliado en 1962, con motivo de la I Bienal Americana de Arte, se modificó nuevamente en 2007. Esta refuncionalización permitió triplicar el espacio expositivo.