Lunes 24 de Diciembre de 2012
En la primera entrega hemos visto que el creer es una actitud profundamente humana ante la vida. No podemos manejarnos solo con lo que hemos visto o experimentado por nosotros mismos, hay que confiar, creer en el testimonio de los demás, en la medida en que son confiables y amables. En la segunda entrega buscamos responder a la cuestión del origen de la idea de Dios partiendo de algunas
“experiencias límite” que vivimos los hombres. Cómo es que el hombre es un ser religioso, que puede creer en algo o alguien que no ve; pero cuya presencia intuye como causa y fin de todo lo que existe; como Verdad, Bondad y Belleza absoluta, infinita, ilimitada? Y aquí nos quedamos, en silencio, ante la posibilidad de que haya alguien “del otro lado” de nuestros límites; alguien en el “más allá” de nuestra experiencia. Hemos llegado así, un poco rápido tal vez, ante la puerta de la fe. Y es hora de cruzarla.
çPero antes tiene que suceder algo “del otro lado”. Sí, Dios tiene que comunicarse, tiene que entrar en contacto con nosotros para poder creer en el. Y para los cristianos esto ha sucedido y sigue sucediendo. Sí, ha sucedido lo inaudito, lo increíble, lo inesperado. Dios ha entrado en nuestro mundo, en nuestra historia, en nuestro tiempo, en nuestra vida. Pero antes de hablarte de esto, querido lector, tengo que advertirte que quien cruza la puerta de la fe, al comienzo, tiene una extraña sensación. Varios la han comparado, muy gráficamente, con la experiencia de estar en el agua sin hacer pie. Y es así porque entramos en una dimensión nueva de la vida donde no podemos manejarnos ya con los sentidos, que quedan, como los pies en el agua, sin apoyo.
Es como entrar en una habitación oscura, lo que al comienzo nos da miedo e inseguridad pues no vemos lo que hay en ella. Luego nuestros ojos se van adaptando a la oscuridad, que se nos vuelve más familiar y vamos perdiendo de a poco el miedo. Entonces se despiertan en nosotros otras capacidades, más allá de los sentidos. Es que Dios nos da la Gracia para poder creer, aceptar su Presencia invisible, y para poder escuchar y aceptar su Palabra. Y va naciendo en nosotros una certeza: aquí hay alguien más; sí, aquí está l. Entonces comenzamos a tener el sentimiento de una Presencia, y si perseveramos en permanecer allí, esta Presencia se va haciendo cada vez más firme. No se trata de una certeza absoluta, pues siempre hay un margen para la duda, lo que nos mantiene en la libertad de creer o no creer, pues en definitiva sólo cree el que quiere creer. Como decía Blaise Pascal: “La fe es suficientemente clara para que el creer sea razonable, y suficientemente oscura para que el creer sea libre”.
Ahora sí, volvamos al anuncio cristiano de lo que ha sucedido y escuchemos lo que nos dice el autor de la carta a los Hebreos:“Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo” (Heb 1,1-2). Dios habló, rompió el silencio, se comunicó con los hombres, más concretamente con un pueblo al cual eligió para ser el receptor y custodio de su Palabra: Israel, nuestros padres. No habló directamente, sino por medio de profetas, es decir, de hombres llamados por Dios a quienes les transmite sus palabras y los envía a anunciarlas al pueblo. Todo el Antiguo o Primer Testamento es el testimonio de este diálogo de amistad de Dios con su pueblo, a través del cual fue “acostumbrando” a los hombres a su Presencia, a su compañía. Hasta que “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gal 4,4). Por tanto, Dios no sólo habló, sino que se hizo hombre en Jesucristo, el Hijo de Dios.
Sí, lo repetimos, ha sucedido lo inaudito, lo increíble, lo inesperado. Dios ha entrado en nuestro mundo, en nuestra historia, en nuestro tiempo, en nuestra vida. Porque Jesús, el Niño que nos ha nacido, es el Enmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”. Es lo que celebramos en Navidad. No se trata ya de la búsqueda de Dios por parte de los hombres, de lo cual dan testimonio todas las religiones de la Tierra. Aquí es Dios quien viene personalmente a hablarle al hombre de sí mismo, a contarle quién es y cuanto lo ama; y a mostrarle el camino por donde llegar a el. Lo expresa claramente el prólogo del evangelio según san Juan: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del Padre, El lo ha contado” (Jn 1,18). Para los cristianos la gran novedad, la maravillosa y extraordinaria novedad, es que ya no buscamos a Dios a tientas porque el se ha manifestado, se ha puesto en comunicación con nosotros por medio de Jesucristo “en quien Dios habla a cada hombre y cada hombre es capacitado para responder a Dios”. Que Dios se haya hecho hombre en Jesucristo significa que ha venido a buscar a los hombres, sus criaturas, sus hijos, movido por su corazón de Padre (cf. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, nº 6 y 7). Este es el Buen Anuncio o Evangelio en el que creemos los cristianos. Y no sólo lo creemos, sino que también lo festejamos porque en Navidad celebramos el nacimiento de Aquel que ha bajado del cielo para entrar en la tierra de los hombres como un hombre, y de este modo pudiéramos verle, encontrarle y escucharle.
Y quienes lo han visto, oído y tocado, nos lo han anunciado. Y desde Belén este Buen Anuncio o Evangelio de la salvación se proclama hasta los confines de la tierra como una permanente invitación a atravesar la puerta de la fe que ha quedado abierta para todos los hombres.Sin duda que pasar por ella supone dar un salto, desprenderse de un modo de vivir, de convivir y de comprender la realidad. Pero no se trata de un salto al vacío. Sabemos por el testimonio de aquellos que ya han dado el salto a la fe que del otro lado de la puerta hay un camino, claro y oscuro, que nos lleva a la Vida, a la Verdad, a la Belleza, a Dios. Y terminamos con un detalle no menor. La puerta de la fe, al igual que la puerta de la Basílica de la Natividad en Belén, es bajita y por eso sólo los humildes, sencillos y pequeños, los que son como niños, pueden pasar por ella sin chocarse. Sobre esta realidad escribía hermosamente Miguel de Unamuno: “Agranda la puerta Padre, Porque no puedo pasar. La hiciste para los niños Y yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad, vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar”. Muy feliz Navidad y hasta la semana que viene.