Domingo 27 de Enero de 2008
Los bolivianos compran gran cantidad de casas, automóviles y hasta títulos profesionales,
pero... en miniatura. La esperanza de que crezcan y se hagan realidad la dejan en los dioses.
El Ekeko, “dios” de la abundancia en la cultura andina
boliviana, deambula estos días por las calles de La Paz como figura central de la feria de
miniaturas Alasita y garante de los sueños de un pueblo que parece resistirse a perder la fe y la
alegría.
Miles de personas colman desde anteayer un campo ferial improvisado en
una céntrica avenida de la capital boliviana para adquirir a muy módicos precios representaciones
de diversos bienes, desde casas hasta títulos universitarios que esperan lograr este año, como
asegura la tradición popular.
Las miniaturas, obra de más de 4.000 artesanos, se mantienen como
atracción principal de la Alasita (“cómprame” en aymara), que comienza cada 24 de enero
y suele prolongarse hasta tres semanas.
Esa es la esencia de la feria, heredera de la preincaica cultura
Tiwanaku y que no dejó de realizarse ni en los tiempos más difíciles del inestable y empobrecido
país sudamericano.
Como los primeros pobladores de la actual Bolivia que creían que sus
pequeñas llamas hechas de piedra harían crecer sus rebaños, sus descendientes confían ahora sus
sueños de prosperidad personal a sus miniaturas.
Una feria singular. Bolivia, donde a ojos de los turistas parece haber más comercio que
producción y que incluso tiene en la ciudad altiplánica de El Alto una de las ferias callejeras más
grandes del continente, ha hecho de la Alasita una feria muy singular.
Autos, casas y fajos de billetes diminutos se vendían como pan caliente
en las calles paceñas, incluso antes de que la feria fuera inaugurada el jueves por el presidente
Evo Morales, en compañía del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA),
José Miguel Insulza.
Morales proclamó “¡Que el Ekeko dé prosperidad y justicia a
todos!”, al inaugurar la feria y mientras, igual que Insulza, recibía obsequios de los
expositores, incluidos montones de dinero “para pagar el desarrollo nacional”.
“Llévese su olla de la fortuna, llévese”, gritaba una
vendedora callejera ofreciendo un surtido de pequeños objetos de arcilla que contenía productos de
los 20 municipios de La Paz, como símbolo de la esperanza, la prosperidad y la permanencia de las
culturas del altiplano.
“La Alasita, con más de 200 años de tradición en la ciudad de La
Paz, es un fenómeno difícil de definir en un solo concepto, pues no sólo es una muestra de riqueza
artesanal, sino también una manifestación de sentimientos y creencias religiosas”, sostienen
los estudiosos.
Aunque el Ekeko, especie de duende ubérrimo que simboliza el anhelo de
prosperidad familiar o personal, continúa siendo el alma de la feria, tiene un fuerte competidor en
la figura de “Don dinero”, al cual se ve en cada esquina o puesto de venta.
Las personas compran con mucho entusiasmo fajos simulados de la moneda
local, dólares y euros por unos pocos bolivianos, que luego suelen compartir con sus familiares,
compañeros de trabajo e incluso extraños, como una manera de asegurarse y asegurar fortuna a los
demás.
Títulos universitarios, contratos de trabajo, certificados de
matrimonio, certificados de propiedad y una increíble gama de documentos también suelen ser
adquiridos por los interesados en afirmarse el porvenir en asuntos legales y del corazón.
Con la bendición de los curas y challas
La política tampoco quedó fuera de esta feria, presente a través de la oferta de varios miles de
ejemplares de la nueva Constitución política que impulsan el presidente Morales y movimientos
sociales, pero que es fuertemente rechazada por grupos conservadores y líderes de las regiones del
oriente.
Pero no basta con adquirir las miniaturas. Para que los pequeños objetos
o documentos se hagan realidad en el futuro, los paceños se aseguran de hacerlos bendecir en las
iglesias católicas o los someten a “challas” o bendiciones tradicionales con saumerios
y rezos de sacerdotes aymaras, tarifa mediante.
Eulogio Chávez, un experto local en cuestiones aymaras, definió a La
Alasita como una manifestación de religiosidad popular.
“Es un conjunto de creencias y rituales sustentado y promovido por
los sectores populares y no establecido por las jerarquías eclesiásticas o representantes de la
religión autóctona”, dijo.