Sábado 21 de Mayo de 2016
El 15 de noviembre de 1992, en su casona de calle 48 entre 11 y 12 de La Plata, Barreda asesinó con una escopeta marca Víctor Sarrasqueta a toda su familia: su esposa Gladys Margarita Mac Donald, de 57 años; su suegra, Elena Arreche, de 86; y sus hijas Celina, de 26, y Adriana, de 24.
"Voy a limpiar los techos y a podar la parra, aprovechando que está lindo el día", dijo Barreda en la vivienda de dos pisos. "Dale, que eso es lo que mejor hacés, Conchita", le retrucó de mal modo su atractiva esposa. Ese habría sido el último diálogo sostenido por el dentista antes de desencadenar el baño de sangre, según relatan algunos ensayos periodísticos sobre el resonante caso.
La escopeta Sarrasqueta, calibre 16.5, se la había traído su suegra de Europa. La tenía en la cochera. Barreda la tomó y caminó con ella hasta la cocina donde se encontraban su esposa y su hija Adriana preparando el almuerzo. Sin mediar palabra le disparó por la espalda a Gladys. Luego apuntó a Adriana, recién recibida de abogada: el disparo la tiró al suelo de espaldas con el pecho desarmado por el impacto. Barreda sacó del bolsillo del guardapolvo azul que tenía puesto para podar la parra, dos cartuchos más y cargó nuevamente. Su suegra bajaba las escaleras espantada pero no la dejó llegar. Disparando a bocajarro la dejó tendida en la escalera. Cecilia, su otra hija, que recién se levantaba, intentó alzar a su abuela del charco de sangre cuando recibió el disparo mortal.
La casona se inundó de silencio y olor a pólvora. Luego de la matanza, Barreda desapareció y aseguró que aquel fin de semana había estado pescando. También intentó hacer pasar el crimen como un robo a su casa. Pero la mentira se descubrió.
En 1995, y tras contar en el juicio que había actuado así porque las mujeres de su familia lo maltrataban, la Justicia condenó a Barreda a reclusión perpetua, la máxima pena que contempla el Código Penal argentino.
El día de la condena, los diarios entrevistaron a una mujer —también declarante en el juicio— que confesó que el día del asesinato, horas después de perpetrado el mismo y sin conocerlo, estuvo en un hotel alojamiento con Barreda. Hilda B..., paciente de Barreda, se había convertido en su amante desde principios de 1992, meses antes de la masacre.