Adiós a Fernando Botero, creador de figuras redondeadas y voluminosas
Falleció en el principado de Mónaco a los 91 años. Trabajó hasta hace pocos días y dejó su obra inconfundible esparcida por todo el mundo

Viernes 15 de Septiembre de 2023

Colombia y el mundo entero lloran a Fernando Botero, su artista más universal, quien falleció a los 91 años en el principado de Mónaco. Había nacido en Medellín en 1932. Botero trabajó hasta el final de su vida y murió tan solo cuatro meses después que su esposa, la pintora y diseñadora de joyas Sophia Vari. La obra de Botero, tan reconocible y apreciada, se puede hallar en numerosas plazas y museos de todo el mundo.

El artista colombiano era admirado por sus esculturas y pinturas de voluminosas figuras humanas, llenas de humor y sensualidad, con las que desarrolló una impronta absolutamente propia. Su hija Lina Botero explicó que falleció en Mónaco y que “llevaba cinco días bastante delicado de salud porque había desarrollado una neumonía. Murió con 91 años, tuvo una vida extraordinaria y se fue en el momento indicado”, expresó su hija, y lo recordó como una persona “que dedicó su vida a su país, que fue el tema de su obra artística”.

Botero murió como siempre quiso: trabajando hasta el último aliento. En 2012, con 80 años, confesaba que su aspiración era seguir vivo para poder pintar. “Cuando se acabe esto ya no podré hacerlo más”, explicó. Botero pasaba parte del año en una pequeña localidad italiana, Pietrasanta, donde tenía uno de sus talleres. Su relación con el arte italiano, del Renacimiento y más en especial el del 1400, es fundamental para explicar su extraordinaria obra.

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Fernando Botero junto a una de sus inconfundibles pinturas.

Botero llenó sus lienzos y bronces de seres obesos, aunque él siempre lo negaba. “Nunca he pintado ni esculpido a un gordo o una gorda. Nadie me cree, pero es cierto”. Lo explicaba así: “He hecho siempre una exaltación del volumen, de la forma. Empecé intuitivamente, cuando tenía 15 o 16 años, a hacer estas figuras excesivas. Me atraía la violencia de la forma, la agresividad de la abundancia, no sé por qué. Después, en Europa conocí la pintura del ’Quattrocento’, la exaltación de la forma de la pintura italiana. Entonces racionalicé la importancia del volumen, que yo hacía intuitivamente. La irrupción del volumen en el espacio en la pintura es la mayor revolución que ha habido. No existía antes de Giotto. Hoy hay mucha pintura plana, pintores que no creen en el volumen. Yo sí creo”. Quien mejor ha definido su sensual exaltación del volumen es Mario Vargas Llosa. “La quieta y suntuosa abundancia”, dijo de la obra de Botero. Y a Botero le parecía una expresión muy poética: “Hay una abundancia en el arte, parece que siempre es excesivo, en el color, en la forma”.

Era admirado y popular, pero la crítica tardó mucho en aceptarlo. El público, en cambio, lo adoptó enseguida Era admirado y popular, pero la crítica tardó mucho en aceptarlo. El público, en cambio, lo adoptó enseguida

El genial artista sufrió una neumonía que obligó internarlo en un hospital de Mónaco. Salió el jueves para recuperarse en casa, pero no pudo afrontar la neumonía y falleció. Poco después de conocerse su fallecimiento, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, escribió en las redes sociales: “Ha muerto Fernando Botero, el pintor de nuestras tradiciones y defectos, el pintor de nuestras virtudes. El pintor de nuestra violencia y de la paz. De la paloma mil veces desechada y mil veces puesta en su trono”. Botero había donado la escultura “La paloma de la paz” a la Casa de Nariño, la sede del gobierno colombiano, en gesto apoyo al proceso de paz con las guerrillas FARC en 2016.

Medellín anunció siete días de luto para honrar la memoria de su hijo más famoso y sin dudas el artista colombiano más grande de todos los tiempos, como declaró el alcalde, Daniel Quintero. Botero nació el 19 de abril de 1932 en Medellín y llegó a convertirse en uno de los creadores contemporáneos más reconocibles. Su obra adquirió características tan únicas que se convirtió en el creador de la corriente llamada “boterismo”, caracterizada por personajes voluminosos.

“Es importante que cada persona descubra de dónde procede el placer ante una obra de arte. Para mí, el placer nace al presenciar la exaltación del volumen y la sensualidad de las formas”, había dicho el artista, que se declaraba admirador de Piero della Francesca y Diego Velázquez.

Su relación con Italia

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Una famosa pintura de Piero Della Francesca, el duque de Umbria, reinterpretado por Botero.

En Italia fue especialmente apreciado, dada su gran admiración por la pintura italiana del Renacimiento, en especial del 1400, el “Quattrocento”. Comentó el Corriere della Sera: “la crítica lo marginó a menudo por ser intérprete de un mundo considerado demasiado repetitivo, demasiado guiñolesco, demasiado comercial. Y tal vez fuera fatal su coherencia figurativa en una época, los años 50, en la que se miraban con lupa las neovanguardias posteriores a la 2a Guerra Mundial. ’Me odian porque le gusto a mucha gente’, respondió hace unos años, fuerte en la fama mundial y lo bastante rico para permitirse una confesión autocrítica (“Me encantan las mujeres delgadas”). Gustaba a la gente y era detestado por la crítica, pero Botero supo labrarse un papel importante en la lenta y laboriosa tarea de remover prejuicios sobre el cuerpo femenino. Precisamente porque sus “Madonnas” agrandadas recorrieron el mundo y sus bailarinas regordetas conquistaron hasta las alcobas de las niñas en forma de carteles y grabados, precisamente porque el universo onírico de sus ninfas carnosas se impuso a la rigidez de la crítica, hoy podemos decir que una mujer “tiene una belleza boteriana”, destaca el diario de Milán.

“Nunca pinté ni esculpí un gordo o una gorda. Nadie me cree, pero es cierto” se defendía. “Hice una exaltación del volumen” “Nunca pinté ni esculpí un gordo o una gorda. Nadie me cree, pero es cierto” se defendía. “Hice una exaltación del volumen”

Botero estaba muy apegado a ese eje del ‘cuerpo fuerte’ que comenzó en el Renacimiento, resurgió en parte en los volúmenes cubistas y se expandió en la alegre fábula de su carne. Y fue precisamente en la expansión de los cuerpos donde logró la magia que, en literatura, había sido prerrogativa de su compatriota Gabriel García Márquez: la belleza, si se nutre de exuberancia, alegría, estabilidad y capacidad de imaginación, nunca pesa.

Botero amaba el arte antiguo, estudiaba los volúmenes de Miguel Ángel (vivía parte del año en Pietrasanta y conocía la piedra versiliana, también utilizada por Buonarroti), conocía la profundidad de los desnudos de Rafael, síntesis de refinada cultura cortesana y estudio del dibujo. Pero, sobre todo, cultivó su popularidad con una hábil estrategia, un poco comercial, un poco desenfadada y autorreferencial.

Conocía perfectamente las reglas del juego (había empezado a los 16 años haciendo ilustraciones para un periódico), sabía contar su historia con imaginación (sus biografías parecen novelas del Realismo Mágico), mezclaba el Renacimiento italiano con la fuerza popular de los muralistas latinoamericanos.

Sus figuras corpulentas lo llevaron a abordar una gran variedad de temas, como reinterpretaciones de cuadros de los antiguos maestros, escenas callejeras latinoamericanas, la vida doméstica y retratos satíricos de personajes políticos. El volumen de sus personajes permitió al artista enfatizar y resaltar ciertos rasgos, aumentando su impacto. La formación artística de Botero fue autodidacta, pese a que asistió a la Academia de San Fernando en Madrid y a la de San Marcos en Florencia. Sus primeras obras conocidas son las ilustraciones que publicó en el suplemento literario del diario El Colombiano, de su ciudad natal. A los 19 años viajó a Bogotá, donde presentó su primera exposición individual de acuarelas, gouaches, tintas y óleos. A partir de entonces no paró más de pintar y esculpir hasta hace unos pocos días, cuando se enfermó para ya no recuperarse.