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Fue a buscar la paz a un country y terminó en pleno centro de Rosario

No todo lo que brilla es oro. Frustrados, huyeron del lugar. "El que tenga ese proyecto, que mire bien qué compra, a quién y dónde", aconseja Enrique Giménez, víctima de una entradera.

Domingo 19 de Octubre de 2014

Enrique Giménez tiene 52 años y una familia. En 2002 compró un lote en un barrio privado de Ibarlucea y levantó su casa, adonde se fue a vivir al año siguiente pensando que sería un paraíso. Y al principio lo fue. Pero el edén se convirtió en el mismo infierno cuando en febrero de este año sufrió la peor pesadilla de su vida: un grupo de delincuentes irrumpió en la casa, lo encañonó, lo golpeó y encerró a sus hijos. Hoy vive en pleno centro de Rosario. Con la frustración de ver muerto su proyecto de vida, furioso con las autoridades de la comuna y con los desarrolladores del country que le vendieron "algo que no era", este hombre tiene algo para decirles en voz muy alta a quienes emprenden el proyecto de emigrar a la paz de los pueblos: "Que se fijen muy bien qué compran, a quién y dónde".

Enrique es abogado. Vive con su esposa Andrea, de 50 años, que es escribana, y con sus tres hijos. El más grande, de 23 años, sufre un discapacidad psicomotriz, la hija de 21 estudia abogacía, y el de 17 cursa la escuela secundaria. A principios de 2000, con la crisis en ciernes, la familia empezó a dar forma a su proyecto de mudarse a las afueras de Rosario. "Quería que mis hijos se criaran como lo hicimos nosotros, al aire libre, pudiendo jugar hasta la noche, salir en bicicleta sin miedo", recuerda.

Fue así que la familia compró un lote y edificó en el barrio del club Logaritmo, que por ese entonces tenía muy pocas casas. "Hicimos la casita con mucho esfuerzo", cuenta. Pero cumplieron el sueño y se mudaron. Se acostumbraron a la nueva vida, a recorrer largos trayectos para traer a los chicos a escuelas, ir a sus trabajos y volver tras jornadas interminables.

Primer alerta. Las cosas se pusieron sospechocas cuando empezaron a darse cuenta de que el country privado estaba atravesado por calles públicas, que habían sido cerradas por los inversores, que la comuna certificaba que se trataba de un barrio abierto, y no tardaron en saber que había en torno al proyecto "un galimatías jurídico de causas cruzadas y recursos de amparo". Mientras tanto, el barrio seguía creciendo y las 25 casas que había cuando fueron en 2003 y hacían una "vida de campiña", se convirtieron en cerca de 200. Antes de sufrir el robo, ya se habían vivido en el barrio situaciones de inseguridad, y hasta se encontró un aguantadero de un ladrón de joyas.

El infierno. Eran las 4 de la madrugada del 22 de febrero de este año cuando tres asaltantes armados entraron en su casa, redujeron a la familia, los amordazaron y le propinaron a Enrique una paliza. Conocían a todos los integrantes del grupo familiar, sus nombres y actividades. Sabían bien qué iban a buscar. "Me robaron dinero, joyas, anillos de oro, pero el daño más grande fue psíquico, moral, una lesión muy grande en la autoestima, una sensación de humillación inconmensurable. Lastimaron a mis hijos. Por suerte, y es increíble que uno tenga que decir esto, no hubo abuso sexual hacia mi hija", cuenta.

El 23 de febrero, y bajo el título "Noche de terror para dos familias asaltadas en un barrio cerrado", La Capital contaba que "ocho horas después de que su casa en el country del club Logaritmo fuera robada, a Enrique Giménez le bajaban las pulsaciones". Y era cierto.

Pasaron los días y la familia siguió victimizada por la inacción. "La policía nos decía que no podía entrar al barrio porque era cerrado, la comuna me sacó de patitas a la calle. Nadie nos dio una respuesta, nadie nos apoyó. Y en el medio estábamos nosotros, personas de carne y hueso".

El retorno. Fue entonces que tomaron la decisión más triste, pero la única que les quedaba. En mayo de este año se volvieron a Rosario y alquilaron un departamento en pleno centro, el lugar de donde una década antes habían emigrado en busca de una vida pacífica. "Huimos de la inseguridad de estos emprendimientos, de la falta de planifcación urbanística, de un lugar donde todo se hizo a la marchanta. De vivir con mis perros, de una vida distinta a la que vive cualquier persona urbana, con clima y vivencias diferentes, perteneciendo a una comunidad, porque hasta hacía reemplazos en la escuela del pueblo, me tuve que escapar como un fugitivo", lamenta.

El mismo día del asalto, su vecino también sufrió una entradera. Cuenta Enrique que el hombre se quedó en Ibarlucea, pero que la esposa se vino también a Rosario. "Todo este sistema de invitación a vivir en un barrio así te lo presentan en bandeja de plata, y cuando pasan estas cosas te sueltan las manos. Fue una experiencia única, intransferible, sólo se la puedo contar a personas que les pasó lo mismo, el resto no lo entiende", razona Enrique.

Y asegura que son muchos los vecinos que están enojados. "Ibarlucea tiene unas 1.200 hectáreas y ocho o nueve barrios, pero el ejido urbano está alejado de los centros habitados, donde la ausencia del Estado es total. Esos barrios terminan convertidos en trampas mortales, la gente está librada a la buena de Dios. La comunicación entre el barrio y el pueblo es nula, a los gobiernos lo único que les interesa es cobrar la tasa, pero después no hay ninguna relación".

Giménez hace suyas las palabras de Enrique Bertini, el padre del joven Mariano, asesinado en una entradera. El 21 de agosto, en una marcha en el Monumento a la Bandera, el empresario agroindustrial dijo: "Pensé que no me iba a pasar y acá estoy. Perdón por no haberme involucrado antes". Enrique también quiere involucrarse.

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