Viernes 28 de Noviembre de 2025
Las altas temperaturas afectan la salud: en Rosario, las olas de calor aumentan el riesgo de morir un 11% en población general y un 15% en personas mayores.
En marzo de este año, la cuarta ola de calor del verano volvió a poner a prueba la capacidad de respuesta de Rosario. Casi cuarenta escuelas debieron reducir horarios o suspender clases, mientras la sensación térmica rozaba los 44 °C. Semanas antes, en enero, se habían registrado cortes de luz y de agua que afectaron distintos barrios del área metropolitana, una combinación que mostró cómo estos eventos pueden tensionar al mismo tiempo a los sistemas educativos, de salud y de servicios esenciales. El calor extremo ya no es un fenómeno aislado: se ha convertido en un desafío recurrente, con impactos concretos en la vida cotidiana.
Este fenómeno no es exclusivo de la ciudad santafesina ni de la región del Litoral. En los últimos años, gran parte del país viene registrando olas de calor más frecuentes e intensas, en un contexto de acelerado calentamiento global. En 2024, la temperatura media mundial fue 1,55 °C superior al promedio preindustrial, el valor más alto registrado en 175 años. Este aumento no solo eleva los promedios anuales, sino que intensifica los eventos extremos, con olas de calor que alcanzan temperaturas cada vez más altas y períodos más prolongados de exposición. El impacto es especialmente fuerte en las ciudades, donde el efecto “isla de calor urbano” puede elevar las temperaturas nocturnas hasta 10° C por encima de las zonas rurales. Las superficies impermeables, la densidad edilicia y la falta de vegetación retienen el calor y dificultan la recuperación del cuerpo, multiplicando los riesgos para la población más expuesta.
En este escenario, el calor se vuelve no solo una cuestión ambiental, sino también un problema de salud pública. Las altas temperaturas agravan enfermedades preexistentes, afectan la productividad laboral y ponen bajo presión a los sistemas sanitarios locales. Y, sobre todo, revelan desigualdades estructurales: no todas las personas enfrentan el calor en las mismas condiciones. Su impacto depende de factores como la edad, el estado de salud, las condiciones de vivienda y las actividades cotidianas. Entre los grupos más vulnerables se encuentran las personas mayores, los niños y niñas pequeños, quienes padecen enfermedades crónicas y quienes trabajan o se desplazan al aire libre, como en la construcción, el transporte o la venta ambulante.
En Argentina, las estadísticas recientes confirman estas tendencias. En un artículo publicado en The Journal of Climate Change and Health[1], los expertos en clima y salud Francisco Chesini y Matilde Rusticucci analizaron 21 ciudades entre 2005 y 2019 y encontraron que las olas de calor incrementan el riesgo de muerte por enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, llegando a elevar la mortalidad por afecciones cardíacas entre un 11 % y un 41 % durante los días más extremos. A su vez, los expertos coinciden en que las personas mayores constituyen el grupo más vulnerable frente al calor extremo. En Rosario, por ejemplo, el riesgo de morir durante una ola de calor aumenta en promedio un 11 % para la población general y alcanza un 15 % entre los 65 años y más. El dato refleja el impacto desproporcionado de las altas temperaturas sobre quienes presentan condiciones de salud más frágiles o menor capacidad de adaptación.
Frente a estos desafíos, desde CIPPEC estamos implementando un proyecto en alianza con el Laboratorio Interdisciplinario para el Estudio del Clima y la Salud (LIECS) y con el financiamiento de Wellcome Trust, orientado a fortalecer la preparación y la respuesta de las ciudades argentinas frente al calor extremo. El proyecto, que alcanza a las cinco ciudades más pobladas del país (Buenos Aires, Córdoba, Rosario, el Gran Mendoza y Tucumán), busca apoyar a los gobiernos locales en cuatro líneas de acción complementarias para reducir riesgos y mejorar la adaptación urbana:
- Conocer el riesgo: Implica generar y sistematizar información local sobre las características de la amenaza y sobre las condiciones de vulnerabilidad específicas de cada ciudad. Así, trabajamos con datos locales para la construcción de mapas de vulnerabilidad urbana que integran la distribución de adultos mayores, focos de calor y condiciones socioeconómicas.
- Fortalecer la gobernanza: Supone crear espacios de articulación entre áreas de gobierno y sectores clave para planificar respuestas integrales frente al calor extremo. En Argentina ya existen experiencias valiosas: la Mesa de Olas de Calor de la ciudad de Córdoba y la Mesa Metropolitana de Calor del Gran Mendoza. Asimismo, estos espacios de articulación sientan las bases para avanzar en planes estratégicos de calor.
- Prepararse y comunicar: Requiere dotar a las ciudades de herramientas prácticas para actuar y sensibilizar a la población. Por ejemplo, el Estado de Victoria, en Australia, cuenta con una guía específica para servicios de cuidado de personas mayores, con instrucciones claras para que trabajadores y familiares sepan cómo actuar frente al calor extremo.
- Transformar las ciudades: Implica incorporar criterios de adaptación en el diseño urbano y en los espacios públicos para reverdecer las ciudades, reducir la exposición al calor y mejorar el bienestar ciudadano. En Rosario, una muy buena iniciativa fue la implementación de las “islas de sombra” en el microcentro, así como la creación de una red de refugios climáticos distribuidos en distintos barrios. En Medellín, Colombia, el programa de Corredores Verdes disminuyó la temperatura superficial urbana, mejoró la calidad del aire y creó espacios seguros para la población durante días de calor extremo.
Anticiparse al calor es hoy una prioridad. Las ciudades que planifican, coordinan y actúan con enfoque preventivo no solo reducen riesgos, sino que también construyen entornos más seguros y resilientes, capaces de cuidar a todas las personas frente a un clima que ya cambió.