La otra cara de la guerra: la devastación ambiental en Medio Oriente

A la crisis humanitaria se suma otra menos visible: la guerra en Medio Oriente acelera emisiones, contaminación y daños ambientales de gran escala

14:40 hs - Lunes 30 de Marzo de 2026

A un mes del ataque de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, que abrió una nueva etapa en el conflicto en Medio Oriente, comienza a hacerse sentir una crisis menos visible que la humanitaria: la ambiental.

Según una investigación del Climate and Community Institute, solo en las primeras dos semanas de guerra, las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al conflicto alcanzaron los 5 millones de toneladas de dióxido de carbono. Para dimensionar la magnitud del daño, el informe compara esa cifra con las emisiones totales de Islandia durante 2024 o con las de más de un millón de autos a gasolina a lo largo de un año. Equivale, además, a las emisiones anuales conjuntas de los 84 países con menor huella de carbono del mundo.

Hasta el momento, la guerra muestra un nivel de destrucción altamente preocupante desde donde se la analice. En cuanto a las emisiones de CO2, del total de 5 millones de toneladas, se estima que 2,4 millones fueron consecuencia de la destrucción de viviendas y edificios, 1,8 millones a la destrucción de combustible, más de medio millón al combustible utilizado en combate y más de 200.000 al uso de misiles, drones y equipamiento militar. Si bien la guerra lleva apenas un mes y las diferencias con otros conflictos son amplias. La comparación con la guerra en Ucrania permite dimensionar la velocidad del daño: allí se estimaron 311 millones de toneladas de CO2 en varios años de conflicto, un promedio cercano a 5 millones por mes; en la guerra iniciada contra Irán, esa misma cifra se habría alcanzado en apenas catorce días.

Estados Unidos habría realizado más de 8.000 vuelos de combate desde fines de febrero. A modo de referencia, un avión de combate Lockheed Martin F-35 Lightning II consume entre 5.600 y 6.500 litros de combustible en una sola misión de entre una y dos horas, según Lennard de Klerk, director de la Iniciativa para la Contabilización de Gases de Efecto Invernadero en la Guerra. Esa sola misión puede generar emisiones comparables a las de un automóvil convencional a lo largo de toda su vida útil.

Sin embargo, la huella de carbono es sólo una parte de esta catástrofe ambiental que se está desarrollando. El bombardeo masivo a refinerías y depósitos de crudo en las cercanías de Teherán —especialmente durante los ataques del 7 y 8 de marzo— ha provocado desastres químicos inmediatos. Según el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente, estas explosiones liberaron hollín, óxidos de azufre y metales pesados que, al mezclarse con un sistema de bajas presiones, precipitaron sobre la capital iraní en forma de "lluvia negra". Esta lluvia tóxica no solo tizna las ciudades, sino que, según la Organización Mundial de la Salud, representa un peligro extremo para el sistema respiratorio y amenaza con contaminar las fuentes de agua.

Pero los impactos no se limitan al territorio iraní; la guerra también ha forzado una reconfiguración de la logística global. Con el cierre del espacio aéreo sobre el Golfo Pérsico, las aerolíneas han tenido que desviar miles de vuelos diarios hacia rutas más largas sobre el Cáucaso o África.

En conclusión, el conflicto actual no solo está cobrando vidas humanas y redibujando mapas políticos; también está comprometiendo el futuro ambiental de la región y profundizando una crisis climática global cuyas consecuencias serán cada vez más difíciles de revertir.