La “guerra de los 12 días” entre Irán e Israel deja una huella ambiental crítica en plena crisis climática global.
Miércoles 02 de Julio de 2025
La “guerra de los 12 días”
El pasado 13 de junio, Israel llevó a cabo bombardeos sobre diversas instalaciones nucleares y militares de la República Islámica de Irán, lo que desató una respuesta inmediata por parte de este último y derivó rápidamente en una escalada bélica que sería conocida como la “guerra de los 12 días”.
Ambos Estados mantienen una larga historia de enemistad. Si bien hasta la Revolución Islámica de 1979 mantuvieron relaciones cordiales, desde entonces Irán ha abogado por la destrucción del Estado de Israel, sostiene un firme respaldo a la causa palestina y mantiene estrechos vínculos con grupos considerados terroristas que integran el denominado “Eje de la Resistencia”, entre ellos, Hamás.
Por su parte, Israel ha impulsado, a lo largo de los años, un progresivo avance sobre territorios palestinos, en abierta contradicción con el derecho internacional y vulnerando reiteradamente los derechos fundamentales de la población palestina. Desde octubre de 2023, tras los ataques perpetrados por Hamás, Israel se encuentra embarcado en una ofensiva militar a gran escala sobre la Franja de Gaza. Dicha operación ha propiciado acusaciones de genocidio frente la Corte Penal Internacional y una cada vez mayor condena internacional, así como también ha exacerbado aún más las tensiones con Irán.
En las últimas décadas, Irán ha avanzado aceleradamente en su desarrollo nuclear, cuyos niveles de enriquecimiento de uranio alcanzados han llevado a estimar que dicho programa no tendría fines exclusivamente civiles. Esta circunstancia sembró inquietud en la comunidad internacional, dando lugar a sanciones y negociaciones que culminaron en la firma del Plan de Acción Integral Conjunto en 2015, a través del cual Irán pausó su programa y aceptó no superar el 3,67% de enriquecimiento de uranio. No obstante, Estados Unidos -bajo la presidencia de Donald Trump- se retiró del acuerdo en 2018 e Irán prosiguió incumpliendo sus disposiciones, aumentando sus capacidades nucleares.
A partir de abril de este año, se iniciaron nuevas negociaciones entre Estados Unidos e Irán con relación al programa nuclear. Sin embargo, la postura iraní se fue endureciendo progresivamente, y el día 12 la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) declaró que Irán estaba incumpliendo sus obligaciones. En respuesta, el gobierno iraní anunció que incrementaría aún más su desarrollo nuclear e instalaría una nueva planta de enriquecimiento de uranio.
Con este trasfondo, el ataque perpetrado por Israel el día 13 —ampliamente condenado a nivel internacional— fue calificado por sus autoridades como una “acción preventiva” frente a la “amenaza existencial” que representa el desarrollo nuclear iraní, en vistas de los reiterados llamados del gobierno iraní a la destrucción del Estado de Israel y su apoyo a Hamás.
El día 22, Estados Unidos —aliado estratégico de Israel— intervino directamente en la contienda, lanzando bombardeos sobre centrales iraníes. En represalia, el 23 Irán disparó misiles contra bases militares estadounidenses ubicadas en Catar, los cuales fueron interceptados.
Finalmente, el día 24 se logró alcanzar un alto el fuego. Tanto las autoridades iraníes como las estadounidenses confirmaron el cese de hostilidades, si bien en los días posteriores Israel e Irán se acusaron mutuamente de violar el acuerdo.
El impacto ambiental de la guerra
En plena emergencia climática global, esta escalada bélica acarrea también un fuerte impacto ambiental con consecuencias de largo plazo. Como toda guerra, no solo destruye infraestructura y vidas humanas, sino que además deja secuelas en el aire, el suelo y el agua, profundizando el deterioro ambiental en una región ya extremadamente vulnerable al cambio climático, como lo es Medio Oriente.
Una de las principales preocupaciones ambientales se vincula con los ataques lanzados por Israel contra instalaciones nucleares iraníes. La OIEA ha emitido comunicados expresando su preocupación y advirtiendo que “las instalaciones nucleares nunca deben ser atacadas, independientemente del contexto o las circunstancias, ya que podrían dañar tanto a las personas como al medio ambiente”.
Si bien no existe demasiada información pública sobre la magnitud de los daños, la OIEA estima que al menos 15.000 centrifugadoras de gas de la planta nuclear de Natanz fueron afectadas, lo que habría provocado contaminación radiactiva y química. De acuerdo con el Observatorio de Conflicto y Ambiente, “las centrifugadoras emplean hexafluoruro de uranio, una sustancia altamente reactiva. Si se libera y entra en contacto con la humedad del aire, se transforma en fluoruro de hidrógeno y fluoruro de uranilo gaseoso; este último representa un serio riesgo ambiental por su elevada toxicidad química”.
Asimismo, destaca la utilización, en el marco de la contienda, de misiles balísticos de mediano alcance con combustibles sólidos y líquidos, altamente tóxicos y riesgosos para las capas superiores de la atmósfera.
Por otra parte, los ataques perpetrados por ambas partes sobre diferentes infraestructuras han generado incendios, derrames y explosiones, liberando grandes cantidades de contaminantes y deteriorando la calidad del aire. Según el Observatorio de Conflicto y Ambiente, los ataques a refinerías y oleoductos iraníes liberaron material particulado, óxidos de nitrógeno, ácido nitroso, monóxido de carbono y dióxido de azufre, entre otros.
Por último, como señala Álvarez, tampoco es un tema menor el vertido de aguas residuales e industriales en ríos y acuíferos, producido a raíz de la destrucción de plantas de tratamiento y oleoductos, lo cual compromete fuentes hídricas esenciales para la región.
La paradoja
Estos hechos adquieren especial gravedad en un contexto regional profundamente afectado por el cambio climático. Medio Oriente enfrenta olas de calor extremas, procesos acelerados de desertificación y sequías. En este sentido, autores como Álvarez advierten sobre la paradoja que encierra el accionar de los Estados contendientes: mientras Israel se posiciona internacionalmente como un país líder en tecnología verde, sus acciones militares generan una enorme huella de carbono y degradación ambiental. Lo mismo puede decirse de Irán, que en los últimos años ha lanzado ambiciosas políticas ambientales, particularmente orientadas a mitigar los efectos de la desertificación y la escasez de agua.