El mundo de los hidrocarburos y el de la agroindustria caminaron siempre por carriles opuestos.
14:42 hs - Lunes 30 de Marzo de 2026
A comienzos del siglo XX el bioetanol tenía un lugar natural en la historia del automóvil: Henry Ford concebía su Modelo T como un vehículo que funcionaba con “alcohol agrícola”, al que consideraba el combustible del futuro.
No obstante, empresas petroleras y automotrices impulsaron un rumbo distinto. En la década de 1920, en lugar de promover energías renovables como el etanol, apoyaron la expansión de la nafta refinada y del venenoso aditivo tetraetilo de plomo, desarrollado para mejorar el octanaje y evitar el “golpeteo” del motor.
Aunque hubo alertas médicas sobre el impacto devastador del plomo en la salud humana - enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, cáncer y daños en el sistema nervioso, especialmente en niños-, la industria marginó al etanol y construyó un relato de modernidad asociada a su uso que duró hasta fines de los años 1990, cuando las regulaciones estatales prohibieron su uso.
El fin de la grieta
Los shocks petroleros, la necesidad de mayor soberanía energética y de dar respuesta a la catástrofe ambiental, cambiaron el eje de discusión: la grieta empieza a diluirse. Las petroleras se asocian ahora con empresas agropecuarias y agroindustriales, dando lugar a un nuevo paradigma global en la transición energética: menos confrontación y más integración productiva.
Este paradigma reconoce que la transición energética será híbrida, gradual y profundamente productiva. Y que, en países como Argentina, con abundancia de recursos agrícolas, el bioetanol es una ventaja competitiva y un camino para el desarrollo federal, no una concesión ambiental.
El fenómeno responde a una realidad: la descarbonización del transporte no se logrará con una única tecnología, sino con un portafolio de soluciones en donde el bioetanol juega un rol inmediato, trascendental y rápidamente escalable.
De rivales a socios
Raízen, el gigante brasileño controlado por Shell y Cosan, produce combustibles fósiles, bioetanol y bioelectricidad.Sin abandonar su negocio tradicional, lo complementa con una estrategia que le permite reducir su balance de carbono y ganar competitividad. Más aún: junto al proveedor de equipos navales Wärtsilä, está explorando el uso del etanol como combustible marino.
BP profundizó en los últimos años su presencia en Brasilmediante asociaciones con actores del agro que le permitieron crear BP Bunge Bioenergía, uno de los mayores productores de bioetanol del mundo. Ahora nació Etlas, la apuesta de Corteva y BP para escalar la producción de combustibles sostenibles de aviación.
En Europa, TotalEnergies avanzó en acuerdos con grupos agroindustriales —como Avril en Francia— para desarrollar biocombustibles avanzados y combustibles sostenibles de aviación. En Estados Unidos, Chevron y Marathon compraron o se asociaron con productores líderes de biocombustibles.
El mensaje es claro: los petroleros dejaron de ver a los biocombustibles y a la biomasa como una amenazapara sus negocios para transformarlos en un activo estratégico.
El agro también cambia
El incipiente interés de petroleras en asociarse con actores del agro se explica por una razón simple: el campo garantiza volumen, trazabilidad y sustentabilidad, tres atributos clave en los mercados energéticos del futuro.
La transformación no es unilateral. El mundo agrícola ahora ve al sector energético como una extensión natural de su negocio. Ya no se trata solo de vender granos, sino de industrializar biomasa, capturar valor y participar en mercados energéticos.
Así lo entendieron en la Argentina empresas como ACABIO , Bio4, Diaser y Promaíz, transformando maíz en bioetanol y en alimento proteico para animales, así como numerosos ingenios azucareros en Tucumán, Salta y Jujuy, que lograron así diversificar su producción y su riesgo.
Se desarrollan cada vez más negocios entre productores de materia prima, agroindustria y empresas energéticas: la cooperativa agrícola argentina AFA , por ejemplo, anunció en 2025 un memorándum de entendimiento con la petrolera saudí ADNOC, tiene una alianza estratégica con"Shell Agro", y estudia la posibilidad de invertir en una planta de bioetanol.
La oportunidad argentina
Estas alianzas no implican el “fin del petróleo”. Implican algo más pragmático: construir puentes.
Para las petroleras, el bioetanol le permite reducir emisiones sin desmantelar activos existentes. Para el agro, significa demanda estable, inversión industrial y arraigo territorial. Para las provincias productoras de biomasa, la posibilidad de transformarse en potencias energéticas. Para el país, mayor soberanía, desarrollo sostenible, empleo federal y más exportaciones. ¿Quién da más?
Es por ese motivo que es imperioso que Argentina libere la fuerza productiva del etanol. Donald Trump, al que nadie sospecha de ser ecologista, apoya un aumento permanente de la mezcla de alcohol en nafta del 10% al 15%. En Brasil, el 50% del combustible para autos es bioetanol. En Paraguay, el 25%.
En Argentina, con enorme cantidad disponible de maíz, estamos estancados desde hace un decenio en 12% y dilapidamos divisas importando naftas contaminantes antes que potenciar el uso de etanol. Suena inentendible pero no lo es: como si siguiéramos viviendo en 1920, aún existen lobbies que tratan de marginar al alcohol combustible.
En cambio, si trabajamos todos juntos en terminar con el agotado marco regulatorio y avanzamos con una ley de bioetanol que combine competencia y desregulación enun mercado que maximice el aprovechamiento de los recursos del país, estaremos ante una revolución bioenergética en donde el más beneficiado sería el consumidor, que tendría más y mejores opciones de movilidad sostenible.
No se trata de elegir entre Vaca Muerta o el campo sino de aceptar lo evidente: la energía del futuro será tanto fósil como biológica, y los países que sepan integrar inteligentemente ambos mundos liderarán la transición.