Escenario

"Voy a cantar los caminos internos y los del mundo"

Fernando Montalbano canta lo que se le canta, pero hace tres décadas que ese antojo va ligado estrechamente a su pulso sensible.  

Sábado 12 de Diciembre de 2015

Fernando Montalbano canta lo que se le canta, pero hace tres décadas que ese antojo va ligado estrechamente a su pulso sensible. Con un link a los paisajes rosarinos y otro a la poesía, y, claro, tirando paredes a las causas justas y al amor, como base de operaciones.

   Para la celebración de hoy en su ciudad no estará solo, nada más lejos. Muchos de los músicos y amigos que lo acompañaron en esta carrera se subirán al escenario. Entre ellos, Lelio Lai, Gabi Cepeda, Julio Leiva y Diego Manzo, en voz y guitarra; Gustavo Forkatt, en piano; Fabio Pacienzia, Joán Barcelonés y Valeria Bustamante, en voz; y Rodrigo Alderete, en guitarra. “Lo mío sigue siendo música urbana, pero más provinciana quizás, adjetivo que siento como un elogio cuando se usa”, dijo Montalbano.

   —A 30 años de tu primera vez cantando sobre un escenario, ¿qué hecho recordás como esencial y determinante para dar el primer paso en tu carrera de músico y compositor de canciones?

   —Compongo canciones desde antes de aprender a leer. Mi abuelo Alejandro, que era de Navarra y de izquierda, siempre leyendo La Vanguardia, me sentaba en sus rodillas y, jugando, me cantaba sus canciones y yo le devolvía las mías. A mis 22 años descubro en casa del papá de una novia de entonces, un viejo casete de Paco Ibáñez, donde cantaba a los poetas hispanoamericanos en el Olimpia de París, allá por 1968. Fue un masazo en el alma. “Yo quiero ser eso”, dije. Y fue el motor definitivo para lo que venía sintiendo. Estudié poesía, la de los grandes poetas del tango y los clásicos iberoamericanos, mucha canción de autor y tomé clases de armonía con Mario Oyarbide. Un día venía de estudiar teatro en Discepolín y un compañero, Lelio Lai, me invita a una guitarreada en su casa, y allí conozco a Héctor Barreiros (director de teatro y en ese entonces jefe de espectáculos de La Capital). Se me da por cantar “La mala reputación”, de Georges Brassens, en versión adaptada de la de Paco Ibáñez, y él se volvió loco. Me dijo que cuando tuviera un recital hablara con él. Me estimuló a presentar mis canciones. Armé mi primer recital para diciembre de 1985, y él me hizo una nota hermosa, la primera en mi vida. El bar (Calle 3) se llenó y así empezó mi historia. Héctor siempre tuvo un talento especial para empujar artistas hacia sus horizontes. Quedé en deuda con él por siempre.

   —¿Qué ingrediente no puede faltar en una canción con tu firma?

   —Una buena historia. Sencilla y bien contada. Una poesía cantada que dé testimonio de un beso, un adiós y de su propio tiempo. La mirada del trovador no recorta aristas de la vida real. Todos los caminos del ser humano están en una canción. Y en mi caso sigo aprendiendo ese oficio. Cantar los caminos internos y los del mundo. Eso sí, siempre con el amor por bandera. Todas mis canciones son de amor; por la compañera, los hijos, los amigos, los padres, los sueños, la vida, el barrio, la ciudad, el pueblo.

   —¿Por dónde pasará el común denominador de los temas de “Viajeros”, tu próximo disco?

   —”El Barrio del deseo” lo escribí entre la crisis del 2001 y el 2004, a la sombra y la luz de esos tiempos revueltos. En cuanto a “Viajeros”, es un disco del camino, producto de cientos de viajes por gran parte de la Argentina. Viví dos años en Córdoba y estudié música folclórica y poesía regional. De allí salieron canciones, sin perder mi urbanidad, a partir de géneros como la chacarera, la zamba y la milonga, entre otros. Volví a Rosario hace dos años y comencé a darle forma. Es un disco de guitarra y voz. Sigue siendo música urbana pero más provinciana quizás, adjetivo que siento como un elogio cuando se usa. En el disco destaco el tema “Viajeros”, una canción de amor a Laura, mi compañera, en realidad a nosotros dos. Una definición íntima del amor en estos tiempos, viajar siempre por senderos hondos y lejanos para renacer del fuego que nos abrazó.

Pedro Squillaci

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