Escenario

Unos cincuenta minutos de música en estado de gracia

El baterista de jazz rosarino Luciano Ruggieri redondea en 11 temas una sonoridad sutil y una magistral interpretación.

Sábado 09 de Diciembre de 2017

Stand by me" es un viejo gospel de Charles A. Tindley que Elvis Presley tornó inolvidable. Desde entonces ha resultado difícil no cantarlo una vez más. Lo mismo ocurrió a través de los años en torno a la melodía tradicional celta de "Romeiro ao lonxe" (O "Scarborough fair" en la titulación inglesa): muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo, después de haberla escuchado -sea por cuenta de las sirenas de Luar Na Lubre o, allá lejos, por los irrepetibles Simon & Garfunkel- ya no pudieron olvidarla. Ambas canciones tienen algo común: la virtud de provocar cierta hipnosis en el oyente. Encantamiento motivado, hasta donde sabemos, por melodías tan simples como bellas que rasguñan el pecho y piden ingresar por allí al valle interior de nuestras emociones.

   Esas dos canciones son, además, los dos primeros temas de "Salmo", el disco solista del baterista rosarino Luciano Ruggieri; la luz primera con la cual el artista alumbra el color del camino al que su disco invita: once canciones propias de una sonoridad sutil, sin estridencia, interpretadas de modo magistral. Ya no hay, además, letra alguna en el seno de estas piezas incluidas en "Salmo"; se trata de versiones instrumentales de música popular sagrada (bien podría existir esta definición para un vasto grupo de canciones que en incontables repeticiones han unido al hombre con su cielo desde hace más de dos siglos). En ese trayecto inmemorial muchas de ellas han perdido también a sus autores o cambiado sus nombres, y hasta han sido innominadas por largos períodos. De mano en mano, de voz en voz, amasadas por el tiempo y la fuerza de la reinterpretación, fueron transformadas en ángeles viajeros de la esfera celeste.

   Luciano Ruggieri parece haber sabido todo esto de antemano a la hora de elegirlas para integrar el repertorio de su disco y para abordarlo sólo con dos guitarras eléctricas (Sebastián López y Federico Riva), un contrabajo (Franco Di Renzo), y unos órganos y teclados (Lucas Polichiso). Con esa formación estable -a la que se suman las intervenciones de su hermano Mariano en piano y de otro baterista, Pau Ansaldi, en un par de temas-, Ruggieri sugiere siempre mucho, bastante más, de lo que toca. Los cinco músicos entablan un diálogo fecundo, un contrapunto incesante en torno a una idea que hace gala de su austeridad. Y se trata, también, de un disco de jazz. Los tracks se suceden y maravillan por esa impronta común antes descripta: cobran nueva vida temas universales como "Working on the building" (nuevamente se cuela en el recuerdo la versión de Elvis, pero también la de B.B. King o la de John Fogerty); como el tradicional "We shall overcome" que alguna vez cantaron Joan Báez y Bruce Springsteen. Y "Salmo" también invita a danzar cuando suenan otros dos "tradicionales" como "Amazing grace" o "Swing low, sweet chariot" (también alguna vez cantada por Clapton y por Elvis).

   "A lo largo de la historia y en innumerables culturas la música ha cumplido, y lo sigue haciendo, una función de servicio a la comunidad. Como el sacerdote o el médico, en estas culturas el músico realiza una función de servicio comunal, acompañando funerales y nacimientos y animando y alegrando festividades". (Luciano Ruggieri, Rosario, mayo de 2016).

   "Salmo" ratifica la reflexión del músico que lo ideó. Su música es funcional a todos esos servicios. Pero además él y sus amigos, al grabar y publicar este disco, han hecho algo más, han depositado una carta en un viejo buzón que nos llegará a todos. Leerla será nuestro estado de gracia: unos cincuenta minutos de música para que el crepúsculo quepa en nuestro bolsillo.


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