Escenario

"Una tierna temporada en el amor"

Estelares, Liniers y Kevin Johansen son la punta del iceberg de una movida que cree con pasión en la bondad y el arte.

Domingo 21 de Junio de 2009

Me pasó tres veces en una semana. ¿Demasiado? Sí, claro. Por eso me dio para pensar. Pensar en nada. Pensar en el amor, en los enamorados, en esa fiebre incurable que nubla los sentidos, que no tiene antídoto, ni vacuna, y que, aunque enferma de muerte, uno ansía locamente desde que es un chico, tan chico como para ver “Mi novia Polly” y creer que cuando se siente amor se tiene la cara de tonto de Ben Stiller y las piernas de Jennifer Anniston.

Me pasó cara a cara con Liniers, cuando el dibujante tierno de la contratapa de La Nación, me habló de la sonrisa de su hija Matilda que, desde la cuna, mientras él juega con pingüinos, conejos, aceitunas, Enriquetas y Fellinis, lo mira con la mirada más linda, más luminosa que jamás, ni en sus sueños más hermosos, imaginó dibujar, ni ver, ni mirar. Cuando la ve, se levanta y se va, a acunarla en sus brazos, sin que nada, nada más, tenga algún sentido.

Me pasó con la hermana de la peluquera, que es escritora aunque no lo sabe, aunque no lo cree, que baila endiabladamente a Café Tacuba, que pinta, que lee, que viaja en subte de Ushuaia a la Quiaca, con Sonic Youth taladrándole la cabeza, seria, sola, preocupada en serio porque no sabía qué hacer con el flequillo, aunque del otro lado del mostrador, quedaba claro que lo que no sabía era qué hacer con su vida, que era linda, más linda que el Sol.

Me pasó en el primer piso de la Lavardén, la noche que tocaban los Estelares. La vi parada ahí, con los ojos chiquitos, cansados de tanto llorar. Estaba apoyada contra la pared, con desdén. No parecía ser de ahí, formar parte de la tribu, pero sí, era una más de la turba, como el robot sensible, que mira la Luna con nostalgia, como si hubiera perdido algo, en el lado oscuro, ahí donde las miradas, ni siquiera las más indiscretas, pueden ver, aunque quieran.

Era perfecta, hermosa, veloz, luminosa. Como las “Imágenes paganas” de Virus, como “No hay más”, que ronronea en el escenario como el motor de un Cadillac a punto de rodar la 66 con las luces del amanecer en el espejo retrovisor. La escucho hablar, tiene el celular pegado a la oreja como si fuera una parte indivisible de su cuerpo. Habla rápido, bajito, no me doy cuenta con quién, una amiga, la hermana de la peluquera, es lo mismo, a esa hora todo da lo mismo.

Moretti canta “Ella dijo” como si valiera la pena. Como si las canciones fueran lo más importante en su vida, aunque no lo son, lo más importante en su vida es su hija, Juana, a la que le regaló, sin necesidad de que fuera su cumpleaños ni nada, un pedazo de corazón, “Mil abejas”, una música ligera, sutil, como las telas que Liniers pinta, con las manos, con el alma, a espaldas de Kevin Johansen en La Comedia, enchastrándose los pantalones, los lentes, la sonrisa.

Antes de que se dé vuelta y se vaya de mi vida para siempre, esa mujer, que habla por celular, que no sabe qué hacer con su flequillo, que revisa el vuelto en la caja del súper chino contando las monedas, una por una, con la punta de los dedos, que tiene los ojos cansados de tanto llorar, escucha una música, que puede ser “Melancolía” o “Un día perfecto” o “Moneda corriente”, qué más da, es una canción linda, cariñosa, una canción de amor que le gusta, que la encanta.

Y se mueve apenas. Por un momento, a la distancia, es la chica que atiende el mostrador mientras escucha a los Beach Boys a todo volumen, en “Chungking Express”. Pero no lo es. Es Rosario, la ciudad de pobres corazones, la que siempre estuvo cerca, pero que esta noche, la peor de las noches, vive su temporada en el amor.

Me pasó tres veces y fue una ternura.

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