Escenario

Una obra metida en la polémica del infanticidio

"El hijo de agar", dirigida por Rody Bertol en la manzana, es una puesta con diferentes registros que giran sobre el protagónico de Juan Nemiroski.

Domingo 10 de Abril de 2016

“Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer tiene nada personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo...” y continúa Macedonio Fernández, uno de los escritores más influyentes en la literatura argentina de la primera mitad del Siglo XX.

   El tratado, casi filosófico, cierra con una idea redonda: la realidad se construye por la existencia misma del ser, y no a la inversa. Y es retomada como un mandala en “El hijo de Agar”, la última producción de Rosario Imagina, el grupo que dirige Rody Bertol desde hace 25 años.

   La obra, escrita hace 100 años por otro autor ultraprolífico como el rosarino José González Castillo, fundamental en la cultura popular del tango y el sainete, se presenta los sábados a las 22 en La Manzana.

   ¿Cómo llegó hasta 1915 la metáfora de Agar, aquella esclava judía que vagó por el Sinaí por engendrar al hijo ilegítimo de Abraham? ¿Cómo hace para mantener su vigencia?

   Muchas veces el avance de la sociedad se traduce en cierta apertura mental colectiva que va destrabando los cerrojos de la moral y que casi siempre llega con algo de retraso al plano de las leyes. Pasó con el divorcio y el matrimonio igualitario. Pero con el aborto pareciéramos no estar muy distantes de 1915 o del Antiguo Testamento. Entonces, la obra nos cuenta una historia sobre una inquietante y oscura historia de amor llena de suspenso y situaciones inesperadas, en la que hay un doctor, una secretaria, un sacerdote, una esposa que no puede ser madre, dos mujeres que sí pueden serlo y un picapleitos con su sombra.

   Todos estos personajes están pasados por la licuadora de Bertol, con una fórmula ya conocida pero eficaz: el trabajo de los actores sobre el cuadrilátero, bañados por una precisa tonalidad de colores, con entradas y salidas por ambas puertas hacia el patio de La Manzana, con el público dividido en dos gradas hacia cada lateral de la sala. Esta vez, el piso cuenta con el aporte del artista Eduardo Contissa y la co-dirección de Natalia Pautasso.

   Con esta base, ya probada en puestas anteriores, la obra toma vuelo porque en la licuadora se entremezclan diferentes registros que se encolumnan en torno al protagónico de Juan Nemirosky como Benítez, que logra equilibrar los extremos con una fuerte presencia central en el realismo. Lo que va brotando en torno a éste justamente son los condimentos que hacen más interesante la obra. En un extremo del dramatismo, el trabajo de Soledad Murguía (Agar) se carga con la profundidad dramática que contiene el tema del aborto y el infanticidio, y en el otro el regreso a la actuación de Sebastián Martínez que junto a Car Rosso, ambos como Picapleitos, se combinan en una dupla salvajemente sigilosa.

   Se destaca también el notable trabajo de Sofía Dibidino como Sara y la frescura de Natalia Trejo en el rol de Margarita. Sorprenden María Eugenia Ledesma como el padre Alberto y Julieta Sciasci como Anahí, en una franca alusión a Romina Tejerina.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario