Escenario

Una obra para celebrar 60 años sobre los escenarios rosarinos

El actor, director y dramaturgo propone un unipersonal con clásicos y textos propios en el que comparte su "amor por el teatro".

Sábado 08 de Junio de 2019

"Desde que hice «Andrónico» veo que a la gente en general le gusta verme sufrir", bromea el actor y director teatral Lauro Campos cuando comparte cómo será "Diamante", el unipersonal con el que celebra sus 60 años con el teatro. Y como en su carrera exploró todos los géneros, también habrá espacio para el humor, el amor, la "protesta" y hasta para el "vampiraje", además del drama.

El doctor Luciano Corvalán, más conocido por el nombre que eligió para diferenciar al actor del abogado, recurre al humor y a la sensibilidad cuando habla de esas dos profesiones con las que convivió durante casi seis décadas: "Estoy muy feliz de esta doble vida que he hecho", desliza con ironía, y completa la idea con los motivos de esa afirmación: "Todavía me sirven ciertas cosas para escribir, para entender el sufrimiento ajeno. El artista por ahí declama mucho, pero no siempre comparte el sufrimiento de la gente", afirmó.

Su relación con el teatro comenzó en 1959, y en 1968 fundó el grupo Gente Rosarina de Teatro que en 1975 se llamaría Evoternos. Hoy tiene en su haber casi 150 obras de su autoría, veinte premios locales, nacionales e internacionales, más de diez libros, una película basada en un texto suyo - "El camino del elefante", dirigida por el rosarino Fernando Foulques con un elenco de actores locales- y el honor de haber sido declarado artista distinguido de la ciudad. En plena actividad, Campos sube a escena hoy, y todos los sábados de junio, a las 20, en el teatro Odiseo (San Lorenzo 1329), con este trabajo en el que comparte su experiencia como parte de la historia del teatro rosarino.

—¿Cómo es "Diamante"?

—Yo voy a hacer ahora esta morisqueta mía para celebrar el teatro en vivo y en directo. Son cinco partes, y la primera es "Lorqueana". Desde que hice "Andrónico" ("Lauro cuenta Andrónico") veo que a la gente en general le gusta verme sufrir... (risas). Después voy al humor con "Humorada" y me río de mí mismo con un relato sobre el hombre actual, paso a mi amor por la escena y por el teatro y cómo he vivido el amor y las distintas clases de amor a la que llamé "Amoretta" en homenaje a María Rosa Gallo que fue una de las grandes maestras que tuve. Como en mis unipersonales yo hice mucha protesta, hago "Protesta" y termino con un análisis mío con el que me divierto tanto que es "Vampiraje" porque creo que vivimos en un mundo en el que la gente se chupa la sangre. El espectáculo es como si vinieras al living de mi casa.

—¿Cómo fue tu inicio en el teatro?

—Debuté a los 16 años, en 1959, por supuesto que en un teatro estudiantil y enseguida después de dos obras, me vio Carmelina Castellanos que era profesora mía, y me dijo que Jorge Garramuño, que dirigía "Una viuda difícil" en La Ribera, necesitaba un pibe de mis características. Yo era muy chiquitito, muy feo, siempre parecía menor de lo que era. Y allí ya me metí en el teatro independiente y no me alejé más. Año tras año fui haciendo temporada con La Ribera o me llamaron para dirigir a los 19 años... qué osadía (risas). Me pidieron que dirija un grupo en el Instituto de la Tradición "Martín Fierro" donde estuve cinco años. Al mismo tiempo entré a la Universidad y creé el teatro experimental.

—¿Cuáles son los aspectos más sobresalientes que tenía el teatro rosarino en ese momento?

—Son varios. Eramos como clanes. Yo era de La Ribera y era como si hubiera sido de Rosario Central o de Newell's, no me sacaban de ahí. Dejé La Ribera por mi falta de horarios porque tenía que ir a la Universidad y seguir ese mandato familiar. Después, que se hacía teatro de texto y se estudiaban los grandes textos, desde Arthur Miller a Tennessee Williams, Eugene O'Neill, después llegaron los del absurdo, Arthur Adamov, Ionesco, Jean Anouilh, autores que ahora algunos chicos no tienen la menor idea que existieron. Leíamos mucho teatro porque hacíamos teatro de texto. Para esa época tomé mi primer seminario con Inda Ledesma y después cursos con ella en los veranos con lo que el primer Stanislavski primario se transformó en otra manera de interpretar.

—¿Cómo era la relación entre los grupos?

—Yo llegué al final de esa época gloriosa del teatro rosarino, yo soy de los últimos pioneros (risas). Nos admirábamos, pero en general los actores no se prestaban. Yo estaba en La Ribera y estaba El Faro, que era el teatro más comprometido de la izquierda y que solía dirigir Eugenio Filipelli. De El Faro vino a La Ribera Pepe Costa, ya estaban Diana Pesoa y después vino Alfredo Anémola. Pero antes ya estaban el Centro Dramático del Litoral que era dirigido alternativamente por Jorge Garramuño y por Carlos Serrano, y después ellos se distanciaron. Garramuño en realidad quedó como director invitado de distintos grupos como Meridiano 61, donde quedó Mirko Buchín y Lucrecia Castagnino, y Serrano hizo un nuevo grupo que fue el Teatro Escuela de Comediantes y que fueron los primeros que ocuparon ese sótano de calle Laprida que después ocupó Arteón.

—¿Cómo ves el trabajo que se hacía en ese momento y el actual?

—Ahora tiene más trabajo la creatividad del actor, el trabajo corporal, las acciones físicas, todo eso apareció después. Nosotros trabajábamos de otra manera. Lo que tenía de formidable por un lado, aunque hicimos todo lo posible para que el trabajo del actor se profesionalizara, era esa mística. Lo hacíamos por amor, éramos capaces de dejar todo para ir a laburar en el teatro independiente. Ahora, si bien hay grupos que lideran de alguna manera, los actores trabajan con varios grupos. Lo nuestro no se si era mejor o peor, porque es mentira que todo tiempo pasado fue mejor, pero la verdad que teníamos una entrega muy grande. Probablemente porque no había tanto trabajo o porque no había necesidad de vivir del teatro. No estaba el Instituto, no había escuelas de teatro a nivel nacional ni provincial, uno estudiaba con quien y cómo podía y generalmente se autogestionaba. La Ribera llegó a su apogeo cuando estuvo en la calle Corrientes y nosotros armamos ese teatro. Yo me recuerdo sacando escombros... Lo que no hacía para mi casa donde no levantaba un alfiler, lo laburaba en el teatro (risas). Pero eso nos gustaba. Nuestra vocación iba más allá de la actuación. Era un laburo colectivo y se hacía lo que había que hacer, más allá de si había un papel o no.

—¿Cómo se complementaron la abogacía y el teatro?

—Se retroalimentaron. La profesión de abogado no me gustó nunca, pero estuve en la Justicia y ahí fui nombrado asesor de menores. Aprendí a contactarme con la gente, pasé de ser el intelectual que teorizaba a lo pragmático, a enfrentar los problemas que sufría la gente que buscaba a alguien que los defendiera. Yo era muy tímido, me costaba mucho el trato con la gente y el teatro me sirvió mucho para eso. Y también de alguna manera como autor teatral. Así terminé pintando lo que de verdad era mi aldea de todos los días. Yo estoy muy feliz de esta doble vida que he hecho de alguna manera porque todavía me sirven ciertas cosas para escribir, para entender el sufrimiento de la gente. El artista por ahí declama mucho pero no siempre comparte el sufrimiento de la gente.

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