Escenario

Una denuncia contra quienes tildan de distintos a los iguales

A un periodista judío alemán le proponen un desafío inquietante: ir a una escuela secundaria a mostrarles a los alumnos cómo es ser judío.

Lunes 10 de Septiembre de 2018

A un periodista judío alemán le proponen un desafío inquietante: ir a una escuela secundaria a mostrarles a los alumnos cómo es ser judío. Con ese disparador se hilvana toda la obra "Un judío común y corriente", que se presentó a sala llena el viernes pasado en Plataforma Lavardén. Gerardo Romano brilló en un unipersonal difícil, con mucho texto, y donde expuso la crueldad de una sociedad que exige hasta el hartazgo explicaciones de todo aquel que es considerado "diferente".

"Un judío común y corriente" es una obra escrita por Charles Lewinsky en versión en español de Lázaro Droznes, que encuentra en este monólogo dirigido por Manuel González Gil el punto de equilibrio exacto para que el mensaje llegue a buen puerto.

Claro que la presencia de Romano no es casual. Se trata de un artista todoterreno, identificado con los movimientos sociales y políticos populares y dueño de una actitud contestataria que le viene como anillo al dedo para la composición de este personaje.

Hay mucho de Romano en este periodista y escritor de fama y prestigio residente en Hamburgo, que un buen día recibe en su contestador una invitación que, a priori, se presenta como un gesto de honor hacia él de parte de este docente de Ciencias Sociales.

Pero nada más lejos. La escenografía de la puesta tiene mensajes de un alto simbolismo. En medio de una vasta biblioteca hay una réplica del cuadro "El grito", de Munch, que refleja la misma angustia que siente este periodista, pero a la que le suma rebeldía, impotencia, bronca y también denuncia.

Cada palabra de ese mensaje será minuciosamente analizada. Y ahí aprovechará para vomitar todo el odio ante un sistema que elige juzgar y cuestionar en vez de aceptar al otro simplemente como es. Porque "Un judío común y corriente" va más allá del eterno destrato del judío como si fuese una especie en extinción que merece observarla e interpretarla, sino que interpela sobre los modos en que se trata habitualmente a quien se identifica como distinto.

A lo largo del monólogo aparecerán los recuerdos de su infancia, la educación que le dieron sus padres y también asomará cómo ese amor le atravesó la vida.

Uno de los momentos más intensos de la obra es cuando se habla del supuesto prestigio de la palabra "tolerancia".

Y en una de las escenas con mayor humor e ironía, Romano juega a ser ese periodista judío alemán enfadado pero también habla de sí mismo en ese lugar incómodo en el que se siente con las ataduras de este gobierno argentino. "Por eso la gente vota como vota" dice su personaje al hablar de la falta de memoria. El tema es el nazismo y el derrotero del Holocausto, pero la asociación libre permitirá que los aplausos ganen la atestada sala Lavardén.

Pero aquí hay que rescatar algo clave. Romano nunca abusó de esa empatía con su público para avivar una cuestión partidaria. Apenas unos dedos en V y una sola mujer, en un gesto desubicado, que gritó "no hagamos política" quedaron soslayados en el marco de una obra que, sin partidismos, era manifiestamente política e ideológica.

El cierre, a telón cerrado, mostró al periodista expuesto ante el aula y también a Romano frente a su público. Es ahí cuando el diferente es igual a todos: un tipo común y corriente.

P. S.

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