Escenario

"Ser famoso se volvió fácil, lo difícil es ser digno de la fama"

El cantante, compositor y director José Cura fue distinguido esta semana por la UNR.

Sábado 18 de Noviembre de 2017

"Cuando el premio es en casa, el peso y la responsabilidad son otros". Así lo afirmó el tenor, compositor y director rosarino José Cura poco antes de recibir el título de Profesor Honorario de parte de la Universidad Nacional de Rosario. Radicado hace casi veinte años en Madrid y de visita en su ciudad natal, donde ya había sido declarado Ciudadano Ilustre, charló con Escenario sobre su carrera, sus proyectos y su trabajo en algunos de los teatros más prestigiosos del mundo. Amable y de buen humor, dijo que el arte clásico puede gustar o no, pero exige "tiempo" para disfrutar de algo más "que la cancioncita de todos los días" y que su estilo se caracteriza por la "sinceridad" y por no intentar satisfacer ni a "conservadores" ni a "lo nuevo". En un sentido amplio, apostó por una sociedad en la que "el amor por el pasado, que tiene que existir, no se transforme en necrofilia, porque entonces es un defecto. Y el triunfo de lo nuevo no se transforme en burla del pasado, porque es un error".

   —Sos Ciudadano Ilustre y ahora Profesor Honorario. ¿Qué suponen para vos estas distinciones?

   —Y la próxima intendente (risas) Te imaginás que es una broma como una casa pero venía servida en bandeja. El premio y el aplauso o el reconocimiento más difícil de lograr es siempre el de tus hermanos, el de tu familia. Eso tiene un doble corte, el gusto de sentirte reconocido y respetado por tus hermanos y el compromiso (Ver aparte).

   —¿Cómo vivías en Rosario la primera etapa de tu carrera? ¿Qué proyecciones hacías en ese momento?

   —Creo que todos los jóvenes, y no lo digo en el sentido cronológico, sino en el de aquellos que se mantienen jóvenes a los 80 años porque viven con la cabeza puesta en proyectos, tenemos y arrastramos el sueño eterno. Terminás uno y viene otro y otro. Pero el llegar es casi menos importante que el recorrido y cuando llegás hasta te da como lástima. Es bueno, pero cuando empezás todo es como un idealismo romántico. Llega un momento, después de los 50, y tu idealismo deja de ser romántico, atropellado, y pasa a ser más estoico y te la jugás por algo que vale la pena jugarse. Esa es la diferencia, pero el idealismo solo va cambiando de cariz.

   —¿Qué valoración hacés de los cambios y las transformaciones?

   —Las crisis sirven para crecer si uno sabe capitalizarlas o para hundirte si dejás que te arrastren. Evidentemente cada generación tiene que pelearse con sus propias cosas, pero hasta el 2000 y pico fueron cambiando más que nada los modos con los que peleábamos pero las herramientas eran básicamente las mismas. A partir de la fuerza arrolladora de la tecnología que casi maneja nuestra vida, hubo que aprender una serie de códigos completamente distintos. Algunos son muy buenos y otros son peligrosos. Uno de los delicados riesgos de hoy con la tecnología es que ha hecho que ser famoso, algo que antes era parte de un proceso enorme y ocurría si realmente tenías algo que contar, es relativamente simple si sabés manejar un medio de comunicación o las redes. Ahora, como ser famoso se volvió fácil, lo difícil es no ser ser famoso sino ser grande, digno de la fama.

   —La tecnología también también invadió todos los ámbitos, inclusive la música...

   —Ocurre en los diarios especialmente... Poder aprovechar algo de esto para la distribución de música para que llegue más lejos y a más gente sería algo positivo, aunque lo negativo para la industria es que a nivel de negocio de la cultura, hubo transformaciones para las industrias. Cuando antes hacía faltan cien personas para poner un disco en la calle ahora hace falta uno que apriete un botón. Sin embargo los creadores a nivel artístico siguen siendo los mismos, los cantantes, la orquesta, salvo en la música electrónica. Pero la cantidad de gente necesaria para que ese producto llegue a la gente es mil veces menor y eso crea una crisis enorme a nivel laboral en nuestra industria.

   —¿Por qué elegiste el canto lírico o no el rock u otro género?

   —Mi formación es de compositor y dirección de orquesta, eso estudié en la Escuela de Música. Lo del canto vino un poco después. Canto era una materia complementaria en la escuela y a través de esa materia descubrí que tenía ciertas aptitudes más allá de que cantaba en un coro. Pero incluso, más ahora que antes, sigo desarrollando la composición y dirección de orquesta. Ser un tenor famoso ayuda a que la gente tenga cierta curiosidad, ahora si es una obra buena o mala o una porquería, por más famoso que seas lo seguirá siendo, pero por lo menos abre una puerta (risas).

   —¿Tiene vigencia la ópera?

   —Eso siempre lo respondo con pies de plomo. Los cambios y las novedades al principio ayudan y después veremos dónde vamos a parar. A mí lo que más me asusta es el derrotero al que se está llevando el mundo a nivel climático, energético y las guerras. No soy de los que dicen que siempre el pasado es mejor, pero creo que ante algunas cosas hay que seguir con el arte clásico, con todo aquello que tiene que ver con la belleza y que mantiene al hombre con los pies en la tierra. Pero también hay que tener cuidado que por tener el cuadro más bonito no nos preocupemos porque no habrá una pared donde poner el cuadro. Es decir, seguir con todo, pero no olvidar lo esencial porque vamos a tener ópera clásica pero no vamos a tener un mundo.

   —¿Qué tipo de ópera podría representar la complejidad actual del mundo, no solo con la crisis climática, sino también con los extremismos religiosos o las tensiones políticas extremas?

   —El fondo de armario del arte en general tiene de dónde tirar y hasta fueron premonitorias, o que al principio se las tomaba como escándalo y que hoy son algo cotidiano. Por ejemplo la violencia de género que ya era denuncia de Shakespeare con "Otelo" hace 500 años.

   —¿De qué manera esos acontecimientos históricos, políticos y sociales influyeron en la aparición de otros géneros como el jazz, el rock, el blues?

   —Lo voy a decir de un modo culinario: cuando hay fermento hay levadura, y cuando hay levadura crece la masa. De eso podés sacar todas las analogías que se te ocurren. Siempre que hay crisis suceden cosas y en las crisis están mezclados los oportunistas, con lo idealistas, los soñadores, los deshonestos. Estamos todos mezclados y dependerá de qué tipología de individuo haya mayoría para dónde se encamine todo.

   —¿Cómo se vive en la interpretación de la ópera el hecho de que no acertar en un medio tono puede generar un conflicto o afectar a toda una producción, algo que no escandaliza tanto en otros géneros?

   —Es un conflicto que para mí es positivo. El mundo está dividido entre conservadores y progresistas, a grandes rasgos. Están los que les gusta aquello de que todo pasado fue mejor y todo presente es mejor hasta que huele mucho a mañana, y luego los que dicen "podemos hacer algo nuevo". Creo que ambas fuerzas tienen que convivir y es bueno que convivan. Cuando todo es conservador nos quedamos en el paleolítico, pero cuando todo es progreso perdemos raíces. Es el equilibrio entre las dos cosas lo que hace una buena sociedad. Pero la sociedad está hecha por hombres y no por máquinas, entonces se agrega un ingrediente que es la pasión, ser más o menos calentones, defender ideas con más o menos vehemencia, y el hombre es hombre porque es así. De lo contrario sería incluso hasta aburrido arriesgo a decir. Una cosa es que se peleen entre ellos apasionadamente siempre con una idea de querer hacer un bien, y otra es la de que si convivimos con eso no nos dejemos hundir por la pelea sino que nos sintamos estimulados porque para mí es genial que un tipo quiera tirar para adelante como que otro quiera equilibrar. Nunca me pareció gravísimo eso. Lo único que me parece triste, pero también es parte de la naturaleza del hombre, es cuando por querer tener razón se empiezan a insultar o maltratar. En ese sentido hoy se hace más daño que antes porque tenemos la gran coartada que nos da el anonimato. Hoy podemos disparar como francotiradores sin que nadie sepa quién somos. Eso complicó la situación porque ha transformado un tema viejo como el mundo en acto de cobardía que hace daño, y eso sí que no sirve.

   —¿Cómo definirías tu estilo?

   —Mi estilo siempre se caracterizó por la sinceridad. Cuando hago algo creo sinceramente en lo que estoy haciendo. No lo hago viejo para que se queden contentos los conservadores ni lo hago moderno para el resto. Lo hago como mi sinceridad me dice que tengo que hacerlo y luego se sacarán conclusiones. Cuando veas un espectáculo, sea que lo escribí, lo dirigí o lo canto, lo que verás es que creo en eso sinceramente. Creo que la base del éxito también es esa porque la gente puede discutir si Aida llegue en motocicleta o en camello, son detalles y una discusión hasta tierna, lo que es grave es cuando llegue en una cosa u otra, lo que se ve traiciona la falta de convicción del creador. Ahí se va todo al diablo. Es tan negativo el progresista que progresa solo por no parecerse a nada como el conservador que conserva que lo hace solo por miedo a que nada destruya lo que ya se hizo. Ambas cosas son negativas. Creo que la sinceridad es la palabra más importante. Y la palabra clave es originalidad. Originalidad es una palabra genial porque habla de origen, de fuentes, de nacimiento, de raíz, pero también tiene una connotación de futuro, es algo original, nuevo. En la misma palabra conviven el conservador y el progresista. Y si pueden convivir en una palabra por qué no van a poder convivir en la sociedad. Una sociedad en la que el amor por el pasado, que tiene que existir, no se transforme en necrofilia porque entonces es un defecto. Y el triunfo de lo nuevo no se transforme en burla del pasado porque es un error. Eso se aplica a todos los comportamientos del ser humano, desde lo tecnológico, hasta lo artístico, familiar.

   —¿Se renovó el público de la ópera?

   —El público en general, no sólo el de la ópera, entendido como aquella parte de la sociedad que consume lo que la industria del entretenimiento propone. La gente confunde a veces el arte con el negocio del arte, o el deporte con el negocio del deporte; son cosas distintas. Si mañana se termina la guita para el fútbol, no significa que se termina el deporte. La gente puede seguir haciendo deporte. Lo que no va a haber es fútbol espectáculo con el que se hagan millones y millones. Y si se termina el dinero para el arte, porque a veces la gente dice que la crisis va a terminar con la cultura, yo digo que la crisis no va a terminar con la cultura. Si uno quiere cultura las bibliotecas están ahí, los museos, las academias, las escuelas están ahí. Lo que se va a terminar es el negociado del arte si no hay dinero. Esto tiene que quedar muy claro porque si no todo es muy negro y muy feo y no se pueden mezclar las cosas. Pero desde que hay espectáculo la gran preocupación es el público porque es al nivel, ya no de consumidor ideal que viene a enriquecerse de lo bello, que eso puede existir hasta sin dinero, sino el público como generador de ingresos para que la industria siga funcionando. En un mundo como el nuestro es un desafío cada vez más grande mantener el interés por una actividad humana que nos ata de alguna forma al pasado pero positivamente. La música clásica, el ballet, como el deporte, son actividades del ser humano y de la cultura. Los griegos ya decían que el deporte estaba incluído en la cultura. Si dejamos de tener público deja de tener una necesidad para la cultura. Pero mientras haya público hay producto.

   —¿El público se alejó del arte clásico?

   —Se habla y desde siempre y nos llenamos la boca porque la gente no va a ver música clásica porque es cara, porque es para una elite. Y eso es una mentira grande como una casa. Es mucho más cara una entrada para ir a ver un partido del Real Madrid con el Barcelona que un espectáculo en la Scala de Milán. Hoy ir a la Opera de Viena, vamos a hablar de lo de afuera ya que nos gusta tanto espejarnos en lo de afuera, aquí tenemos el Colón, pero se puede ir al teatro de Viena por 16 euros, y las entradas de última hora, hay algunas por dos euros. Así como los artistas o quienes manejan el negocio tienen que llamar a las cosas por su nombre, también el público tiene que hacerlo y decir yo no consumo arte clásico porque no me gusta, me aburre o no lo entiendo. Y tiene todo el derecho. Desde cuándo si uno se aburre con el arte clásico es un ignorante. No, te gustan otras cosas. Punto. Una cosa que aprendés con los años y dejás de ser tan desesperadamente apasionado es al César lo que es del César. Eso es el tema y no "no voy al teatro porque es caro". Sí cuesta caro el arte clásico porque tiene una marcha más que la cancioncita de todos los días. Y eso implica un esfuerzo más que comerte una cosa a las apuradas. El público del arte clásico para poder disfrutar de toda la maravilla que significa un gran libro, una gran pintura, una gran sinfonía tiene que tomarse su tiempo. Esa inversión de tiempo hace que en un mundo en el que todo va tan rápido el arte clásico quede más para último momento. La vigencia de algo que fue hecho hace 200 años requiere meterse, ensuciarse, transpirar. Y eso es lo que más cuesta. Cuando se habla de que el público se está alejando del arte clásico no lo hace porque tiene menos deseos de belleza, lo que tiene cada vez menos tiempo, porque no lo tiene o porque no se lo quiere hacer.

"Andrea Chénier", en el Colón

En este regreso a Argentina, José Cura protagonizará en el teatro Colón la ópera "Andrea Chénier" basada en la vida de un poeta ligado a la Revolución Francesa. El cantante aseguró que ese período es un ejemplo de cómo los artistas pueden ser protagonistas de su tiempo. "Si hubo una revolución que fue el ejemplo de hasta dónde se puede llegar apoyado por los artistas, porque si no son revolucionarios son los que alertan de potenciales peligros con sus películas, libros o música, es ésta. Chénier estuvo al lado de la Revolución con sus escritos, pero cuando vio que la Revolución empezaba a tener una similitud peligrosa con aquello contra lo que se revelaba, también lo denunció, y los que terminaron cortándole la cabeza fueron sus mismos amigos", explicó sobre este trabajo que ya realizó en Londres, Viena, Bologna, Japón y Barcelona.

El "compromiso" de una distinción

"Hace quince días me dieron el Onegin en Rusia, que es como el Oscar ruso a la carrera de música, pero cuando el premio es en casa, el peso y la responsabilidad son otras", dijo José Cura sobre la distinción que le entregó la UNR a propuesta de la Escuela de Música. Cura, que suma reconocimientos internacionales a la largo de sus casi treinta años de carrera, añadió: "En el extranjero reviste el carácter del honor y de la satisfacción por el deber cumplido, pero cuando es en casa se une una gran responsabilidad. El premio y el aplauso o el reconocimiento más difícil de lograr es siempre el de tus hermanos, el de tu familia. Eso tiene un doble corte, el gusto de sentirte reconocido y respetado por tus hermanos y el compromiso". Cura también fue nombrado Caballero de la Orden del Cedro del Líbano, Profesor Invitado de la Royal Academy of Music, vicepresidente honorario de la Youth Opera de Londres, entre otros títulos.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario