Escenario

Rody Bertol: "El teatro de Rosario es el de las ideas"

El director local jerarquiza la escena de la ciudad y se lamenta por la escasez de salas. Hoy estrena “El hijo de agar” en La Manzana.

Sábado 05 de Septiembre de 2015

Lo suyo pasa por las tablas. Rody Bertol adquiere peso específico desde su traje de actor, de docente y de director teatral. Primero fue Arteón, después Discepolín y ahora ya lleva décadas con Rosario Imagina. “El teatro rosarino es el de las ideas”, afirma distendido Bertol, mientras garabatea los detalles finales de su última criatura: “El hijo de Agar”, la puesta que se verá hoy y todos los sábados de septiembre, a las 22, en Teatro de la Manzana (San Juan 1950). A lo largo de la charla con Escenario, Rody trazará un arco temático que irá desde datos desconocidos del autor de la obra, José González Castillo, rosarino y amigo de Gardel, hasta Norman Brisky y la bohemia de los 80; pasando por Chiqui González, Néstor Zapata, Alberto Ure, la mística setentista, la militancia, y cómo el teatro lo rescató “cuando era un pibe con pelo largo, que leía libritos de Khalil Gibran y no entendía nada”. Se sube el telón, en escena, Rody Bertol.

   Rody recibe a Escenario en su casa de Salta al 3000. Allí elige que se realice la entrevista, porque lo siente su hábitat. “Acá se ensayaron muchas de las obras de Rosario Imagina, acá están los vestuarios, las escenografías...”, y los puntos suspensivos que le siguen representan aquello que está latente y no se ve. En esa casa se respira teatro, él no lo dice por modestia, pero basta estar allí para sentirlo.

   Tadeus Kantor, August Strindberg, Alberto Ure y Samuel Beckett están en sus paredes (“esos cuatro son mis amores”, dirá), al igual que afiches de algunas de sus obras emblemáticas, como “El Cairo”, que codirigió con Brisky en el 86 y marcó un momento esencial del Grupo Discepolín; y “Los invertidos”, aquella puesta clave en su carrera, que le permitió conocer la impronta transgresora de González Castillo, el mismo autor de “El hijo de Agar”.

   Bertol se acomoda para la sesión de fotos de La Capital, mientras Juan Nemirovsky, protagonista de la obra junto con Soledad Murguía, convida con té y se mantiene al margen. “Estoy en una etapa de empezar a compartir las direcciones, porque me parece interesante cruzarme con gente joven y abrir un poco el juego”, dirá Rody acerca de su codirección junto a Natalia Pautasso en “El hijo de Agar”.

   Cuando el fotógrafo termina su trabajo, Bertol prende un cigarrillo y entre el humo de cada pitada desanda su historia, a partir de un personaje de este presente que, paradójicamente, tiene que ver con su pasado. La línea de tiempo se observa en una sola escena, como en el teatro, como en la vida: “Conocí la obra de González Castillo, padre de Cátulo y amigo de Florencio Sánchez, en 2007 cuando hice «Los invertidos». Era la primera vez que puse una obra de González Castillo y la primera que se hacía en Rosario, y la arrastro por herencia del maestro (Alberto) Ure que la había hecho en Buenos Aires y siempre me insistió algo, que aprendí mucho, y es esto de rescatar a grandes autores argentinos que han sido olvidados”.

   —¿A qué se debe este olvido?

   —Los teatreros tenemos cierta colonización desde el 70 para adelante, ahí era menor hacer un Castillo, un Sánchez, un Discépolo. Había que hacer un O’Neill, Tennessee Williams, Pinter. Tal es así que en los festivales internacionales de teatro el elenco italiano hacía Pirandello; el francés hacía Moliere; el inglés hacía Shakespeare y el elenco argentino hacía Shakespeare, Pirandello o Moliere. No tenemos una tradición en el teatro de rescatar a la dramaturgia de los autores fundantes del teatro argentino. Si bien hay una dramaturgia actual muy potente en la Argentina, el teatro ha ido perdiendo cierta capacidad de polemizar, de salir con temas totalmente contemporáneos y actuales, de debatir, contestar.

   —¿Interpelar es clave en el teatro?

   —El teatro cuando pierde su posibilidad de interpelación está perdiendo mucho, y sobre todo nuestro teatro, que es un teatro de ideas, en donde la gente no viene va ver cincuenta spots móviles y cortinas con brillo, sino que viene a ver una historia. El teatro de Rosario es un teatro de ideas.

   —No en vano tu grupo se llama Rosario Imagina

   —Sí, pero hay un muy buen teatro en Rosario, que es un teatro de ideas, insisto, con una gran diversidad estética. Eso hace que vaya creciendo cada vez más cierto nicho de público que va a vernos, que ya no son nuestros parientes y amigos, sino que es un público que no va por error. A veces, recuerdo en algunas obras que funcionaban bien y caía muchísimo público, yo decía “uy, acomodemos esto, arreglemos lo otro”, porque trabajamos en lugares chiquitos o precarios. Y después me di cuenta que no, que la gente venía a buscar eso, un lugar diferente donde pudiera estar al lado del actor, que no fuera la típica sala del Broadway, que haya algo de mayor proximidad,que en Buenos Aires hace mucho que está y en Rosario es un fenómeno de los últimos 10 o 15 años. Hace casi 40 años cuando empecé a hacer teatro jamás me hubiera imaginado que Rosario fuera turística, y ahora veo cómo hay mucha gente de afuera, que además de buscar el gran espectáculo de las figuras televisivas, viene a ver cómo es el teatro rosarino.

   —¿Cómo se hace para lograr más convocatoria en las obras de teatro independiente?¿La gente debería cambiar sus preferencias o habría que buscar un lenguaje más accesible para mayor cantidad de público?

   —Uno tiene que abrirse para poder crear cosas que a la gente le interese, el gran tema es que cuando estás pensando la obra tiene que ser algo que te resuene y te movilice, pero que también imagines el público. El teatro lo hace el que hace teatro, el que ve teatro y el público que no ve teatro, porque si a mí no me viene a ver determinado público yo voy a seguir haciendo un tipo de teatro muy limitado a la gente que ve teatro independiente y nada más. Es decir, también el público que no te ve te coloca y te condiciona. Entonces hay que hacer el ejercicio de incorporar al público cuando pensamos la propuesta. Con “La hija de Agar” hicimos eso, porque pensamos que hay gente que le puede interesar.

   —¿Alguna vez pensaste si en vez de hacer tres meses en La Manzana, con funciones para 60 personas, no es mejor hacer menos funciones en salas más grandes, como La Comedia o el Astengo?

   —Mirá, son opciones, con “Los invertidos” superamos las 90 funciones y con “Lo mismo que el café” hicimos 190. A veces preferimos, por el placer que es para nosotros esta práctica, hacer diez funciones en un lugar chico que una en La Comedia. Es un gusto que nos damos y si vemos que accedemos a un público en general, hacemos la obra dos o tres años. De todas maneras, hay un tema clave en esta ciudad, y es que en Rosario no hay salas. Cuando éramos pendejos había alrededor de 20 salas funcionando, hoy no superan las 10. Es más, hace poco lamentablemente se cerró una, Vivencias. O sea, no tenemos salas, y esa es la única crítica que le haría a la gestión de Cultura, tanto municipal como provincial, que tendrían que apoyar un poco más a las salas, porque no hay apoyo. Hoy las salas están saliendo de los bulevares por los alquileres altos, o sea están resistiendo las salas, son lugares en extinción. Encima las salas públicas no te pueden programar una temporada. Y otra cosa, el hecho de tener tantos actores en Rosario Imagina hace que sea mejor hacer 80 funciones en La Manzana en vez de 3 en La Comedia, eso da experiencia y formación.

   —¿Quiénes fueron tus maestros?

   —Alberto Ure, Brisky, y de acá de Rosario: la Chiqui González y Néstor Zapata, porque empecé con él en Arteón. En los tristes años de la dictadura, que era de terror para un pibe joven de 15 o 16 años, tuve la suerte de anotarme en un taller de teatro. Pasé esos años contenido en un grupo como Arteón y no fue poca cosa, porque estaba laburando y había una militancia.

   —¿Cómo fue tu experiencia en Discepolín?

   —Cuando hicimos Discepolín armamos un grupo con la Chiqui, los Palma (Miguel y Cacho), Carlitos Giménez, Claudia Vieder, Osvaldito González, Cecilia “Coca” Sgariglia, fue una etapa maravillosa que se truncó cuando estalló el plan Sourrouille (ministro de Economía de la era alfonsinista, señalado como uno de los artífices de la hiperinflación). Nosotros habíamos armado un teatro y sacamos un crédito en dólares, el plan Sourrouille estalló, era el 88 o 89, y por la hiperinflación estuvimos varios años pagando el crédito sin tener teatro. Ahí fue cuando, muy deprimido, hicimos una bienal que le pusimos Rosario Imagina en el 90 y conocí a Ure. De su mano hice “Edipo Rey”, que él la tradujo y ahí arrancó esta etapa que le pusimos Rosario Imagina, en la que soy el director y estoy asociado con Juan (Nemirovsky). Sólo producimos obras, no damos clases y tenemos elencos en constante transformación. A veces ganamos dinero, a veces perdemos, vivimos gracias a la docencia, pero no del teatro.

   —¿Es mucho más sano a nivel de crecimiento resignar dinero para no venderse estética e ideológicamente?

   —El gran desafío es hacer el teatro que uno propone y le gusta e ir accediendo a nuevas etapas de profesionalización y creo que con el tiempo, si el teatro de Rosario se sigue acercando al público, vamos a ir llegando a eso. Mirá, yo en Discepolín dirigí mi primera obra a los 23 años, era “Alicia en este país”, tomando el tema de Charly (se refiere a “Canción de Alicia en el país”, incluida en el disco “Bicicleta”, de Seru Giran, 1980), porque mi generación fue una generación de emergencia. Nos tuvieron que formar de prepo y a las apuradas porque había una devastación de cuadros y había que formar gente nueva, actores nuevos. A mí, en Arteón, hacía tres años que había entrado y me mandaron a dar clases para hacer rápidamente lo que se llamó el trasvasamiento generacional, que era formar cuadros nuevos. Teníamos 23 años, y hoy a un pibe de 23 años ni en pedo se le ocurre dirigir una obra. Fuimos una generación de emergencia que salimos a cubrir el vacío que estaba diezmado no sólo por los desaparecidos, sino porque muchos se fueron a la casa vencidos, escondidos y heridos con la cuestión de participar, y con miedo, viste. Yo era un pibe con pelo largo y que leía libritos de Khalil Gibran y no entendía nada (risas). Me metí en Arteón porque me gustó el afiche y dije “qué lindo”, estaba en la secundaria y salió todo por azar. Después, con el tiempo, te das cuenta que no fue tan azarosa esa elección que hice, al tiempo te cae la ficha, y comprendés que eso no fue casualidad.

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