Escenario

Ricardo Darín sobre su nueva película: “Hago a un pobre tipo, pero no busco redimirlo”

El actor cuenta en entrevista con Escenario cómo es el militar que interpreta En “Kóblic”, que estrenó esta semana. Y habla de su voz pública y el ocio privado.

Viernes 15 de Abril de 2016

Puede ser el relato salvaje de Bombita o el chino de “Un cuento chino”. También el sacerdote comprometido de “Elefante blanco” o el tipo que peleaba contra la muerte en “Truman”. Y ahora es un hombre que dice que no.
  Ricardo Darín dialogó con Escenario sobre “Kóblic”, la película de Sebastián Borensztein estrenada ayer, en la que encarna a un capitán de la Armada que en plena dictadura se resiste a hacer un vuelo de la muerte. “El tratamiento que le dimos nunca fue el de un héroe, no buscamos redimirlo”, dijo el protagonista del filme, secundado por Oscar Martínez, en un lucido rol de un desagradable comisario de pueblo chico, y la actriz española Inma Cuesta, quien ya trabajó a las órdenes de Pedro Almodóvar y Alex de la Iglesia, nada menos.
  En una historia atravesada por el drama, el humor, la política argentina y hasta el western, Darín cuenta por dónde pasa “Kóblic”, y habla de los efectos de ser una figura pública: “No soy un provocador, no soy un petardista, pero cuando quiero expresar algo con respeto lo hago”. Darín no se parece a Tomás Kóblic, pero Kóblic es un hombre que dice que no. Y Darín también. No tan distintos.
  —¿Quién es Tomás Kóblic?
  —Es un capitán de la Armada, piloto de aviones, que está a punto de retirarse, le faltan pocos meses, y como solía ocurrir, para que nadie quedara afuera de los cuadros, y para que todo el mundo estuviera de alguna forma pisando el mismo plato, lo mandan a su primer vuelo de la muerte y el tipo se planta y dice «yo no lo hago». A partir de ahí la historia se va a desarrollar en función de que este tipo tiene que escapar, se convierte en un fugitivo de sus propios colegas y se va encontrando con una serie de obstáculos. Se refugia en un lugar perdido, en un pueblito chiquito, en donde se supone que ahí estará seguro hasta tanto vaya a pensar qué hacer y se queda refugiado ahí hasta que empiezan a pasar una serie de problemas. Entre ellos el más gordo es que el tipo que está a cargo del pueblo, un comisario de muy mala reputación, que está convencido de que el tipo viene a visitarlo a él para quedarse con un negocio suyo que tiene con otro militar. Ahí se empieza a paranoiquear y le empieza a hacer la vida imposible, y todo desemboca en una serie de acontecimientos que nos lleva hasta el final de esta historia.
  —¿El personaje tuyo, que se planta y dice que no al vuelo de la muerte, está planteado como un héroe, un villano o un personaje ambiguo?
  —No, no, no, Borensztein deliberadamente esquivó la posibilidad de que tuviera algún tipo de acto de heroísmo. Es más, el tratamiento que le dimos nunca fue el de un héroe, para nada. Si bien es cierto que éste sería su primer vuelo de la muerte, al formar parte de un organismo que entre sus prácticas tenía eso, interpretamos que él tenía que estar al tanto de que eso ocurría, más allá de que nunca le haya tocado antes. Nunca buscamos redimirlo.
  —¿Te costó hacer un rol de una persona tan lejana a Ricardo Darín?
  —Sí, pero los desafíos son esos. Los atractivos de ese desafío era tratar de interpretar, de entender cómo funciona la cabeza de un tipo que está en una situación como esta, en este contexto, en el 77, donde no tenías muchas chances de desobedecer una orden. Y que mas allá de lo que se ve obligado a hacer se planta, éste es el punto, el disparador de esta historia. Porque en realidad no es una película sobre la dictadura, el contexto es la dictadura, pero en realidad es un tipo que se planta y dice “a mí no me da el cuero para hacer esto, estoy en contra”. Lo que no significa tampoco un juicio de valor, no estamos hablando de un mal tipo o un buen tipo. Es más, tiene una serie de actitudes que te podrían hacer llegar a creer que es un tipo con sensibilidad, pero una cosa no quita la otra. La complicidad del personaje radica en este punto: en que no es ni negro ni blanco, ni maldito ni un santo, es un tipo atormentado. Para mí es un pobre tipo que se ve en esta situación. No pretendo justificar absolutamente nada, pero nuestra idea fue plantearnos qué pasa con un tipo que dice que no.
  —Cuando hablás de un tipo que dice que no, recuerdo a tu personaje de Bombita en “Relatos salvajes”, que también un día se harta y dice que no.
  —Pero son distintas cosas, Bombita es un ciudadano común, un tipo avasallado, atormentado por el maltrato, que tiene una fantasía de reaccionar sobre algo, él resume en su actitud la fantasía de mucha gente que se ve atropellada, tampoco podemos justificarlo.
  —Con Bombita, a pesar de todo, uno encontraba empatía. ¿El espectador empatizará con el personaje de “Kóblic”?
  —No, creo que no, creo que la historia no va por ahí. Es una historia oscura y no deja de serlo nunca, no es una historia que cuente goles. Si se quiere, aún equivocado, y aún en forma de fantasía, lo de Bombita en “Relatos salvajes” es un gol, el gol solapado, cutáneo, que todos tenemos adentro cuando acumulamos injusticias y malos tratos, pero en este caso no hay goles.
  —Tomás Kóblic es un fantasma en ese pueblo en plena dictadura, ¿vos ves que hay personajes fantasma en esta Argentina de 2016?
  —No hace falta investigar mucho para darse cuenta que muchas personas dicen ser una cosa y son otras. Muchas personas que todavía desconocemos por completo cuál es su verdadera actividad, para qué trabajan, qué hacen, y no sólo en la Argentina. En todos lados estamos asistiendo al destape de cosas que creíamos que eran de una forma y son de otra. En ese sentido puede haber una correlatividad en “Kóblic”, pero no es buscado. Esta es una historia de ficción, que está alojada en esa época, en ese contexto que nos hace presuponer además la carga y la presión que este tipo tiene que llevar sobre sus hombros. Para los más jóvenes a lo mejor es difícil comprender, pero para la gente que tiene más de 45 años se dará cuenta de que era un contexto en que no era muy fácil salirse de la fila.
  —Recientemente tuviste un cruce fuerte en Twitter, con alguien que no coincidía con lo que pensás políticamente.
  —Sabés lo que pasa, yo lo analicé hace tiempo, yo trato de ser muy cuidadoso y prudente con las opiniones políticas. Yo hablo desde el ciudadano, a mí las cosas que me hacen ruido tienen que ver con nuestra idiosincrasia, cómo somos, qué cosas hacemos, de qué nos quejamos y al mismo tiempo nuestra queja no está acompañada por actitudes que sostengan nuestro eje para poder pararnos y criticar. Es decir, en este momento en que hay posiciones tan enfrentadas, y creo que ahora más que antes, yo no puedo hablar de política, porque la verdad es que yo no estoy de acuerdo ni con uno ni con otros, de todo lo que hablo es de los ciudadanos, las personas, de nosotros, que somos los rehenes que siempre estamos en el medio. Y toda vez que siento que algo debe ser dicho, lo digo, con respeto, y a algunos les molesta.
  —¿Qué lugar ocupa el humor en tu vida?
  —El humor es mi herramienta fundamental, yo no sé vivir sin humor, el humor se tiene o no se tiene, no es una cosa que la conseguís, no se aprende en ningún lado, para mi es el salvoconducto, es el bálsamo. Yo me permito decir cosas con humor que no significa que no esté hablando en serio, pero me parece que es una forma respetuosa y entre comillas inteligente de decir lo que pensás sin ponerte a dar cátedra. El humor se basa más que nada en preguntas y muchas veces está apoyado en el dolor. Mi viejo tenía un humor muchísimo más ácido que el mío y corrosivo, me crié con él y no conozco otra forma, con mis amigos lo que más nos une es el dolor y el humor. Nos duelen las mismas cosas y nos causan gracia las mismas cosas. A veces coincidís con gente que te entiende y entra en tu sintonía, como yo en la de ellos, y a veces no.
  —Cuando tenés tiempos muertos, entre una película y otra, ¿cómo manejas tu ocio y qué te gusta hacer cuando no hacés nada?
  —Me gusta eso, no hacer absolutamente nada, ocio total, cada vez lo consigo menos, lamentablemente, porque si no es que tengo la responsabilidad de tener algún largometraje sobre la espalda, tengo una colaboración con algún amigo, o estoy corrigiendo diálogos de un libro, o integrando un proyecto que se concretará en seis meses, pero que tenemos que empezar a reunirnos ahora. Cada vez encuentro menos espacio de ocio y eso, te lo juro, cada día me pesa más. Porque yo trabajo mucho, y muchas veces, lo digo en tono de broma pero es cierto, pero cuando no estoy trabajando, literalmente, estoy trabajando más que nunca, porque atiendo siete u ocho frentes al mismo tiempo que, cuando estoy filmando nadie te llama porque dicen “no, dejá, está filmando”. Pero cuando no estoy haciendo eso es cuando me entran todas las balas.

Decir lo que se piensa y sin descalificar

“Creo que está muy bien que uno diga lo que piensa, sobre todo si es con educación, con altura y sin descalificar a nadie. Yo nunca descalifico a nadie. Esta es una democracia joven, la tenemos que transitar, nos tenemos que equivocar y aprender, y creo que parte de esta dinámica es decir lo que pensás, sin provocar a nadie, Yo no soy un provocador, no soy un petardista, no me meto con la vida de los demás, pero cuando quiero expresar algo con respeto lo hago, me parece que estoy en mi derecho” (Darín dixit).  

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