Escenario

"Red": el debate artístico e ideológico entre generaciones

La obra protagonizada por Julio Chávez llenó tres funciones el fin de semana en el Astengo. Gran labor de Gerardo Otero.

Martes 14 de Abril de 2015

Así como una obra de arte ofrece infinitas significaciones, "Red" exhibe a través del texto de John Logan tantos matices como una paleta de colores. La pintura es el disparador y acciona como la excusa para tres debates clave: el generacional, el ideológico y el artístico. Julio Chávez hizo gala de su oficio de actor inigualable, bien secundado por Gerardo Otero en un dueto impecable, que mantuvo su brillo a lo largo de tres funciones colmadas de público el fin de semana pasado en el Auditorio Fundación. Para ver, para disfrutar y, lo mejor, para que el debate siga abierto y sujeto a mil interpretaciones, como esos cuadros que no terminan nunca de mirarse porque se están pintando todo el tiempo.

"Una obra vive y muere al mostrarse", dice Chávez en la piel de Mark Rothko, un artista plástico al que le encomiendan la propuesta laboral más importante de su vida, pero también la que lo enfrenta a sus propias convicciones. ¿Cuál es el precio de mantener los ideales? o, mejor, ¿tiene precio un ideal? Esa pregunta seguramente giró por la cabeza de este pintor neoyorkino y judío, que aceptó por la astronómica suma de 350.000 dólares pintar una serie de murales en el mismo lugar donde la gente burguesa se reúne para comer y hablar cosas vulgares: el imponente restaurante Four Seasons en el edificio Seagram de de Nueva York. "Es el encargo más ambicioso desde la Capilla Sixtina de Miguel Angel", dirá el prestigioso pintor.

La pregunta que se hace Rothko es hasta qué punto un artista trágico, identificado con el expresionismo abstracto, puede imponer su impronta transgresora en uno de los lugares emblemáticos del capitalismo. Su sueño es arruinarles la comida a los burgueses, dice, mientras su pelea interna no se detiene ni un segundo.

Rothko encontrará en su asistente Ken (Gerardo Otero, en un contrapunto sin fisuras), al receptáculo ideal para descargar todas sus dudas, pero también toda su tiranía, su vanidad, su soberbia y su destrato. Ken lleva consigo más tragedia que las pinturas de Rothko. Sus padres fueron asesinados y cada vez que ve el color rojo no puede dejar de asociarlo con las manchas de sangre de quienes le dieron la vida estampadas en paredes blancas.

Otra vez la vida y la muerte en escena, aunque a Rothko sólo le interese su arte y su propio derrotero. El mejor momento de su carrera se va acercando peligrosamente al ocaso de su trayectoria artística. Como un círculo que se cierra. Es por eso que el rojo siempre cede hacia el negro, y la oscuridad, más cerca o más lejos de la metáfora, gana espacio y se adueña de la tela y de su cabeza. Acaso también de su alma.

"Algún día el negro se tragará al rojo, es de lo único que tengo miedo", afirma el experimentado artista mientras apura un vaso de "bisky", expresión rusa con que identifica al whisky, debido a su origen letón, aunque vivió desde muy pequeño en Nueva York, donde murió en 1970.

En el debate con Ken se dispara lo peor de Rothko y lo mejor de la obra. Porque en el contrapunto aparece el humor irónico de Chávez, que por licencias del guión hasta se permite traspolar las épocas y hacerle un guiño a ciertas situaciones cotidianas de este siglo.

Y en ese devenir aparece la disparidad de pensamientos, de opiniones y de la manera de ver la vida de uno y otro. También surgen las discusiones acerca del cubismo, de Picasso, de Rembradt, de Velázquez, de Van Gogh. Rothko no puede aceptar la irrupción del arte pop a manos de Andy Warhol. Mientras Ken defiende a ultranza el avance inevitable del arte popular, Rothko se mofa del "todo bien" de los jóvenes. Su maltrato a Ken es también el desprecio a las nuevas miradas, las mismas que él reivindica a diario, pero que en la cotidianeidad de su atelier no las sostiene.

El final llega como un bálsamo. Equilibra posiciones, ofrece cierta imagen de redención a la figura de Rothko, no exenta de alguna ambigüedad. Todo es interpretable, como las discusiones ideológicas, artísticas, generacionales y existenciales. Como esas telas pintadas de un rojo tan sanguíneo que muchos, como Mark Rothko, las ven definitivamente oscuras, como un "negro, negro".

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