Escenario

Patxi Andión: "Nos queda la palabra"

Se siente todavía un cantor de protesta. “Las cosas cambian, pero mucho menos de lo que parece, siempre hay cosas por las que protestar”, dice Patxi Andión, cantante, compositor, doctor en...

Viernes 28 de Junio de 2013

Se siente todavía un cantor de protesta. “Las cosas cambian, pero mucho menos de lo que parece, siempre hay cosas por las que protestar”, dice Patxi Andión, cantante, compositor, doctor en Sociología, actor y periodista. El artista español llega a la ciudad hoy, a las 21.30, al salón auditorio de Plataforma Lavardén (Sarmiento y Mendoza), para presentar su nuevo disco “Porvenir”. Profundo, amante del tango y un meticuloso analista de la realidad social, Andión dialogó con  Escenario e hizo un puente entre pasado, presente y futuro, habló de la función “irracional” de la canción y expresó su admiración hacia la figura del Che Guevara.
   —¿Por qué le pusiste “Porvenir” a tu nuevo trabajo?
  —Uno suele hacer obras conclusivas, porque viene a concluir en un soporte material una inventiva que viene sucediendo dos, tres o treinta años antes, que es seguir componiendo canciones, y todo concluye en un disco. Pero como a mí me parece que esa idea no es buena, lo que hice fue proyectar la mirada al futuro, entonces en vez de hacer un disco que concluye una época quise hacer un disco que abriera la puerta de una época nueva, y ése es el concepto de “Porvenir”. Además, yo soy un hombre mayor, tengo 65 años, y ya no me queda tiempo para el pasado, sólo me queda tiempo para el futuro.
   —¿Por qué hacés una referencia a Enrique Santos Discépolo y su “Cambalache” en “Siempre es nunca”, tema clave del disco?
  —Yo soy tanguero desde niño, mi padre escuchaba tango, como es lógico, él era una persona muy culta e informada y como tal era un admirador brutal del tango, y yo escuché tango durante toda mi vida. Yo soy un loco del Polaco Goyeneche y del “manaza” Edmundo Rivero, y a nivel de autores a mí Discépolo me parece una luminaria. Entonces esta fue una canción que yo compuse a la vuelta del siglo y del milenio, en 2003 o 2004, y pensé, coño, este Discépolo parece Nostradamus, capaz de hacer la profecía esa de “el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también”, y es que es verdad, en el 2000 el mundo es una porquería, como decía Discépolo. Entonces, o este tío era un profeta, o las cosas cambian menos de lo que parecen.
  —¿Al ser doctor en Sociología, tenés información teórica que te permite vislumbrar que en el futuro las cosas van a cambiar menos aún?
  —La sociedad es como la naturaleza, tiene la capacidad de corregirse a sí misma, tiene la capacidad de regenerarse. Y el ser humano sabe de manera intuitiva, en un 80 o 90 por ciento de los casos, que es lo que es porque es un ser colectivo, porque no es un ser individual. Como lo digo en mi canción “Padre”, cuando dice “no quisiste jamás salvarte solo, porque no hay salvación -decías-, si no es con todos”. Es que es verdad, y perdón por citarme a mí mismo, lo siento, pero es así. Porque la gente sabe que es gente porque es gente y no porque es un tipo y otro y otro, sino porque la suma de esa gente hace otra cosa, que tiene una entidad distinta, que es la sociedad. Y sin sociedad no hay individuo.
  —¿Las canciones sirven para alivianar los malestares sociales, más aún en casos como España, que vive una crisis similar a la que vivió Argentina?
  —Mira, en tu pregunta hay dos asuntos que es necesario pensar sobre ellos. Uno, la comparación de la crisis argentina con la crisis española actual no se puede hacer muy claramente, primero, porque la auténtica crisis de España en este momento es una crisis de valores. La crisis económica es un corrector químico, que mancha todo y parece que todo es del mismo color. Mientras que en la Argentina, al ser un país más joven, era imprescindible y futurista la integración de culturas, de razas y de lenguas, así que no son comparables las crisis.
   —¿Y en lo que respecta a la función de la canción?
  —Respecto a la canción yo creo que es una cosa tan pequeña, tan elemental, tan mínima que no atiende a las razones, ni a la cultura del ser humano, a pesar de lo que se quiera creer. Yo creo que la canción va directamente al sistema sensorial del ser humano, por eso cuando escuchamos una canción somos capaces de revivir el olor o los colores de una situación en la que escuchamos aquella canción, es mucho más irracional de lo que puede parecer.
 —¿Te identificás como un cantor de protesta, como ocurría allá por los años 70?
  —Pero, es evidente, las cosas cambian, pero mucho menos de lo que parece, siempre hay cosas por las que protestar. Otra cosa es la forma en la que se vincule la protesta, pero la protesta es la expresión del sentimiento crítico, y el sentimiento crítico es la consecuencia de la posesión de conciencia. Si uno tiene conciencia desarrolla espíritu crítico y si uno pasa a la acción del espíritu crítico, pues, necesariamente tiene que protestar. O quejarse como pasa en el flamenco y en el tango, o en el fado, o protestar como en la canción de autor, desde Bob Dylan a cualquiera de nosotros.
 —En tu rol de actor te tocó interpretar en 1980 nada menos que al Che Guevara en la versión española del musical “Evita”. ¿Qué sentiste al encarnar tamaño ícono revolucionario?
  —Es una figura relevante en mi vida y en mi formación, esa figura de la burguesía ilustrada que adquiere la conciencia de la ideología y el deber de salvar a los demás. Además, juego al golf como él, así que fíjate si tengo coincidencias con él (risas).
 —¿No sentís que muchos jóvenes convirtieron al Che en una estampa para una remera y le quitaron el contenido de su mensaje?
  —Bueno, esa es la cara b de los íconos. Cuando las cosas se convierten iconográficamente en un referente mundial, pues, hay un envés. Pero yo creo que no importa tanto por dónde esté la entrada a los sitios, lo que importa es entrar a los sitios. No me importa si alguien entra por una cuestión iconográfica, por la remera como dices tú, o de la camiseta, sino que termine entrando donde entra. Otra cosa es que se entre por la puerta, pero que no se pase del hall. Lo que importa es que se entre a ese espíritu libertario, esa generosidad tan absoluta como para dar la vida por los demás desconocidos. Es decir la revolución de los que desconozco.

 —En toda tu obra se nota un respeto por la palabra.
  —Sí, yo soy vasco, y nosotros usamos dar la mano para cerrar los acuerdos. La palabra cierra acuerdos. El poeta  Blas de Otero decía “Nos queda la palabra”. O sea, te puedes llevar todo, pero nos queda la palabra, nos queda lo esencial.

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