Escenario

Para nosotros, Hugo era Hugo y Claudio era Claudio

Una historia mínima sobre la infancia de los gemelos Garbolino. Claudio, exintegrante de Vilma Palma, murió el viernes de coronavirus. Una semana antes falleció su hermano Hugo, también músico.

Lunes 02 de Noviembre de 2020

Como “La vaca” de Les Luthiers, este texto viene con explicaciones. No es una biografía, ni una semblanza, ni un perfil. No tiene intenciones abarcativas ni conclusivas. Ni siquiera estoy seguro de mis recuerdos. El filósofo de la cultura italiano Umberto Eco criticaba a los medios de comunicación endilgándoles sus preferencias: los grandes acontecimientos, la macroeconomía, la política de alto nivel, los repetidos personajes de agenda. Y recordándoles cómo se habían alejado de la gente y de lo que realmente importa, esto es, sus alegrías y sus tristezas, porque finalmente la vida pendula entre risas y lágrimas.

No es la primera vez que me niego a googlear la cantidad de enfermos y muertos, y de pobres e indigentes producto de las crisis sanitaria y económica. Sería una crueldad, ya que cada uno de esos números esconde una maravillosa historia de vida. A contrapelo entonces de la tragedia y de la predilección de la media, ésta pretende ser una historia mínima sobre la vida.

Todo arranca un día como hoy de 1964 en un pasillo de Pichincha con el revuelo en el departamento 7 por el nacimiento de mellizos. Una nena y un nene. Emoción que se repetirá un año después en el departamento 9 cuando en diciembre se sumen a la vecindad otros dos integrantes, esta vez dos gemelos varones.

Hoy consigo reconocer una pizca de la paciencia tibetana de los vecinos y vecinas de Pueyrredón 48 cuando el pasillo se convertía en nuestro espacio de entretenimiento. A veces sumábamos a nuestra amiga Claudia, y jugábamos a los superhéroes, a los forzudos, o a cualquier personaje que veíamos en la televisión. Corríamos de punta a punta el largo corredor cientos de veces y hasta con un carro con ruedas de madera que hacía un ruido ensordecedor, solo prohibido a la hora de la siesta. Podría asegurar que tuvimos una infancia muy feliz. Había que golpear el portón de chapa donde Edith y Carlos criaban a sus pibes y listo, la fantasía estaba a nuestra disposición.

Una vez Edith no quiso dejar salir a los chicos porque decía que no quería que hablen “con cantito”. Atravesados por la TV, reproducíamos lo que hoy llamamos castellano neutro, propio de los dibujos animados, causando el estupor de la madre de nuestros amigos. Y el nuestro al escuchar el argumento. Claro, la interdicción debió haber durado no más de un par de horas. Y de nuevo al pasillo.

Ahora bien, la foto es un documento inapelable: en las puntas de la mesa, los Melli, idénticos. En el medio, nosotros. Es decir, los Melli eran ellos, no nosotros. Gemelos, iguales, gordos, y vestidos y peinados de la misma manera, eran, casi literalmente, dos gotas de agua. Así cualquiera. Mientras tanto, un signo de pregunta se izaba sobre nuestras cabezas: ¿cómo, no somos nosotros los mellizos? Y si somos mellizos, ¿por qué no somos iguales? No nos alcanzaban las explicaciones científicas (como si las hubiésemos entendido) hasta que mi abuela Mini se cansaba y responsabilizaba a un ausente. Porque así lo quiso Dios, afirmaba y cancelaba el cuestionamiento.

Aunque tanta similitud tenía sus límites. Para nosotros, sus compañeros de andanzas, los Melli, no eran ni parecidos. Hugo era Hugo y Claudio era Claudio. Finalmente, ellos eran tan diferentes como nosotros. Hugo era más calmo, inocente, más creativo. Claudio al revés. Hugo había tenido un accidente de bebé y tenía una mano renga, y además una pequeña cicatriz en el rabillo de un ojo. Quizás por eso, Claudio era más desplegado.

Compartimos la vida con los Melli hasta 1973, que nuestra familia se mudó a dos cuadras nomás de nuestro pelotero con forma alargada preferido. Fuimos a vivir a otro pasillo en calle Rodríguez donde nos esperaba una sorpresa, o la confirmación de un designio del universo. Allí nos esperaban Jaqui y Fabián, dos mellizos, una nena y un nene, como nosotros, y la química fue inmediata.

Con los Melli cruzábamos saludos cuando nos encontrábamos en el barrio, ya que la vida nos había llevado por caminos no tan distintos. Los tres varones fuimos al mismo colegio San José (mi hermana a Los Ángeles) y recalamos en el mundo de los espectáculos, ellos arriba de un escenario como músicos, y yo abajo como periodista.

Aquel año de la mudanza fue trágico para nuestra familia. Los tres abuelos que nos quedaban (al papá de mi papá no lo conocimos) fallecieron el mismo año. Y dos con 15 días de diferencia. Eran otros tiempos y el Día de los Muertos era una institución brusca, a la visión de un niño, macabra. No se podía hacer ruido ni poner música, no nos podíamos ni reír, en la radio había música sacra, en la TV estaban prohibidos los programas cómicos, los rosarinos abarrotaban los cementerios, y el 58 y los colectivos que iban por Provincias Unidas al fondo tenían que poner refuerzos. Así que para nosotros se terminaron los festejos de cumpleaños el 02 de noviembre y pasaron muchos años hasta que nos rebelamos contra el mortuorio mandato. De allí también el valor de la fotografía que inspiró y acompaña este escrito, ya que es quizás uno de los últimos registros de nuestros cumpleaños infantiles, que como es obvio, compartimos siempre con Hugo y Claudio.

Y como esta es una historia de vida, me creo que luego fueron felices con sus familias, sus amigos y sus músicas. Y antes que se me descuelgue un lagrimón, prefiero terminar acá. Chau, me lavo las manos, me pongo el barbijo y me voy a tocarle la puerta a los Melli para salir al pasillo a jugar.

(PD: Claudio Garbolino falleció el viernes pasado luego de contraer coronavirus, una semana antes había muerto su gemelo Hugo y un mes antes su padre Carlos)

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