Escenario

"No hay nada que nos haga envejecer más que las certezas"

El músico uruguayo presenta hoy en Lavardén su disco "Uno". El vínculo creativo con su hermano Jorge y su prima Ana Prada.

Sábado 27 de Octubre de 2018

Daniel Drexler vuelve a la ciudad para presentar "Uno", un trabajo donde el artista uruguayo incursiona en el universo percusivo y en las esferas emocionales, creando una nueva sonoridad, más ligada al lado pop de la canción. La cita es esta noche, a las 21.30, en el Gran Salón de Plataforma Lavardén (Mendoza y Sarmiento). En diálogo con Escenario, el hermano del oscarizado Jorge Drexler, dijo que: "Todo este proceso de composición y de grabación de este nuevo disco me llevó a un lugar donde cada vez prima más la emoción".

   Grabado entre octubre de 2016 y marzo de 2017 entre Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires, "Uno" reúne una selección de músicos de primera línea de los tres países. Además de la participación de los productores como instrumentistas y del propio Daniel Drexler en guitarra española, guitarras eléctricas voces y coros, el disco cuenta con la destacada presencia de talentosos artistas, como es el caso de Marcos Suzano (Brasil); Martín Ibarburu y Ana Prada (Uruguay), Alejandro y María Laura (Perú), Pablo Grinjot, Marta Roca, Mariano Malamud , Lucas Argomedo (Argentina) y Theon Cross (Inglaterrra), entre otros.

   A lo largo de doce canciones, se destacan "La rambla de Montevideo", "Salvando la distancia", "Al menos un segundo", en el que se destaca la voz de Marcelo Jeneci, "El más laico catequismo" y "Vívida vida".

   —Las canciones de "Uno" tienen un sonido inevitablemente uruguayo, sin embargo están impregnadas de toques latinos. ¿A qué responde esa fuerte incorporación de lo rítmico en tus canciones?

   —Si bien "Uno" desde el punto de vista compositivo es uno de los discos más montevideanos o más rioplatenses que he hecho hasta ahora porque tiene tres candombes y dos milongas, además de una canción que es casi un tango, cuando llegó el momento de grabarlo yo sentía que el disco precisaba algún tipo de tratamiento más exuberante desde el punto de vista percusivo. Es porque el Río de la Plata tiene una raíz afro muy fuerte, pero es un afro moderado, que tiende más a la tonalidad de los grises y yo ya estaba como pensando en la posibilidad de llevarlo mas a Río de Janeiro o a Salvador de Bahía, buscar un poquito esa exuberancia tropical en esa ciudad icónica que es Río. A mí me interesa mucho que cada disco sea un desafío, que cada nuevo proyecto tenga una dosis de riesgo y de novedad porque la música siempre fue una fuente de novedad y tener una fuente de novedad en la vida es sanador.

   —Hiciste la carrera de medicina y te dedicaste a ejercerla? ¿cómo se conjugan ambos mundos y en qué momento tomaste la decisión de dejar todo por la música?

   —Yo no me considero una persona valiente, nunca tuve los huevos para hacer la gran Hernán Cortés y quemar la naves de un lado e irme para el otro. Yo sigo viviendo en la encrucijada. Sin embargo, durante muchos años, prácticamente desde los 18 hasta los 36, sentí que esa encrucijada era una maldición, y que esa incapacidad para tomar una decisión por ninguno de los dos campos era cobardía. A mi me fascinan las ciencias, me fascinan las ciencias biológicas sobre todo la neurofisiología y me produce una fascinación absurda la música y en particular el genero canción. Porque yo considero que en la ciencia y en el arte es donde más se manifiesta uno de las cosas mas maravillosos de nuestra especie que es la creatividad. En particular en este siglo XXI, en el cual cada vez más tiene importancia la creatividad, porque los roles humanos que se van a seguir manteniendo van a ser aquellos que impliquen una dosis alta de creatividad. De hecho, el nombre de este último disco "Uno" se puede leer como el número, de la unicidad de todo lo que existe, se puede leer como uno de persona sujeto, pero también como uno de unir. Básicamente, ese es el significado que más se adapta a lo que quise transmitir en este disco: unir cosas que en apariencias están separadas, como la ciencia y el arte, y hacerlas dialogar de una forma armoniosa.

   —Es inevitable relacionar tu nombre a una familia de artistas que se caracterizan por escribir canciones en el formato más crudo y poético del término, ya sea tu hermano Jorge o tu prima Ana Prada, entre otros. ¿Creés que hay algo en el ADN familiar que los llevó por ese camino?    

—Yo no sé si hablar de ADN, de genotipo o más de fenotipo por la forma en que fuimos criados. En mi familia había un modelo que era el de profesional universitario, que fue la forma en que nos explicaron desde chiquitos que ellos pensaban que era la más viable para abrirse camino en la vida. Mi padre médico, mi madre médica, mi tío Chiquito (padre de Ana Prada) ingeniero agrónomo, mi tía Pila profesora de escuela, mis abuelos profesores de escuela rural. Había un gran centro gravitatorio en relación a las expectativas que se tenían sobre nosotros, que tenía que ver con una carrera universitaria, con la adquisición de conocimiento. Al mismo tiempo había una contradicción importante porque las carreras universitarias están relacionadas con una capacidad de diagramar estrategias a largo plazo, y de tener disciplinas, de ir hacia un objetivo, y al mismo tiempo en casa había un culto (sigue habiendo un culto muy fuerte) al ocio creativo.

   —¿Eso también tiene que ver con el modo en que después se vincularon ustedes desde lo artístico?

   —A nosotros nos llevaban a los 9 primos (entre los cuales estaba Anita, Jorge y yo, mi hermano menor Diego que también es músico, mi hermana Paula que es pianista) nos llevaban a todos juntos y nos dejaban en una casa al lado de las rocas del Faro en La Paloma desde fines de noviembre hasta mediados de marzo. En esa casa el tiempo transcurría en una especie de presente continuo donde lo único que importaba era disfrutar, disfrutarnos, aprender a compartir y sobre todo mi abuelo materno hacía mucho hincapié en la importancia de contar cuentos. Contaba cuentos en la mesa, alrededor del fuego del asado, y en esa contradicción nos criamos. Por eso, más que un genotipo es un fenotipo, por la forma en que nos criaron, que fue entre dos polos contradictorios: uno donde se hacía hincapié en la importancia de la creatividad y las disciplinas artísticas; y el otro una cuestión intelectual muy rígida. Lo que aprendí los últimos años es que las contradicciones nos mantienen vivos, no hay nada que haga envejecer más rápido que las certezas.

   —¿Podés ampliar esta idea?

   —Claro, y es que pese a lo que digo, las contradicciones están ahí, uno tiene esa ilusión de tratar de ser coherente y en realidad cuando uno escarba cualquier coherencia, ya sea técnica, política, religiosa, filosófica o creativa, digo, cuando uno la rasca un poquito, descubre que esas coherencias no existen. La vida está llena de contradicciones, que bienvenidas sean, y creo que de esa contradicción básica en la que nos formamos surgió esto, una familia en la cual Jorge está haciendo música, y a la vez es médico; Ana está haciendo música, y al mismo tiempo es psicóloga; mi hermano Diego es arquitecto y está haciendo música; mi hermana Paula es odontóloga y también hace música. Creo que en esa contradicción que nos plantearon desde muy chiquitos surgió este presente que, al menos a mí, me parece maravilloso.

   —¿Al margen de la presentación del nuevo disco, con qué se va a encontrar el público ya que hace años que no venís a Rosario?

   —Hace cuatro años que no voy a Rosario y ahora estoy por cumplir 50. Todo este proceso de composición y de grabación de "Uno" me llevó a un lugar donde cada vez prima más la emoción, donde cada vez estoy más concentrado en la interpretación, en emocionarme arriba del escenario y tratar de emocionar al público, en la búsqueda de la empatía, en la celebración de la dimensión poética en la que estoy viviendo. Yo creo que van a ver a un artista que hace menos hincapié en las esferas racionales y más en la emoción. Porque hay algo que se produce cuando hay contacto humano real, analógico, presencial, que sigue siendo maravilloso, que sigue siendo tan necesario como el oxígeno, esa vieja sensación de estar sentados alrededor de una hoguera, en la cueva que durante los 150 mil años de historias de Sapiens la repetimos una y otra vez. Y esa sí que está grabada en nuestro genoma. Creo que en esta época de revolución digital hemos perdido un poquito esa capacidad de juntarnos y de compartir, y yo cada vez más siento que los conciertos, los recitales, son instancias en las que vamos a buscar eso, la emoción compartida. En el show van a encontrar eso, una instancia en la que ojalá nos podamos emocionar y que las emociones hagan un circuito virtuoso que nos lleve a pasar una hora y media en algún universo paralelo en el que yo pueda sembrar acordes y melodías y cosechar abrazos.

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