Escenario

Morelli: "A los chicos les pido que amen la guitarra y que no compitan"

Con casi treinta años de carrera, Bonzo intercala actuaciones en vivo, colaboraciones con colegas y la docencia.

Sábado 02 de Agosto de 2014

Pablo Morelli tenía 16 años cuando subió por primera vez a un escenario. Fue en la Asociación Cristiana de Jóvenes, de Catamarca al 1200, cuando despuntaba la década de 1980. El grupo se llamaba Hipocampo Rock y en aquel entonces el chico tocaba guitarra rítmica. Los años de perfeccionamiento en el instrumento y una carrera sin pausa desde entonces le impusieron la categoría de “héroe” de la guitarra, pero paradójicamente el apodo con el que se lo conoce dentro y fuera de la ciudad viene  desde otro lugar musical, la batería.

Tras sus primeras incursiones  por la “viola”, el joven Morelli se sintió atraído por redoblantes, bombos, palillos y “fierros”, y decidió explorar el terreno de la percusión. Fue entonces que se ganó el sobrenombre de Bonzo (por John “Bonzo” Bonham, el legendario batero de Led Zeppelín).

Pero la historia con la guitarra comenzó mucho antes. En diálogo con La Capital, Bonzo recuerda que en su hogar de la niñez en la zona oeste de Rosario la música no era algo ajeno. Su mamá era profesora de piano y guitarra y daba clases particulares en casa. Su papá escuchaba mucho jazz y boleros “y también se ponía a sacar algo en el piano”.

“La guitarra criolla, clásica, estaba en casa por el trabajo de mamá. Crecí escuchando las clases que daba a gente del barrio. En esa época, a mi casa iban alumnos no sólo a tomar clases sino a estudiar porque no todos tenían un piano en sus domicilios. Así fui asimilando todo eso, escuchando los clásicos, Mozart, Chopin. Agarraba la viola y tocaba un rato, también me metía con el piano”, evoca Morelli, hoy profesor en la Escuela Municipal, en el Sindicato de Musicos y en Funes.

El primer contacto con el rock llegó cuando tenía nueve años. Su abuelo  le regaló un long play de The Beatles que traía el tema “Day Tripper”. “Cuando lo escuché, dije: uy, qué pasó acá. Agarré la criolla con una púa y traté de sacar el riff, que es alucinante. Y lo saqué de oído. Ahí cambió todo”, dice.

El llamado del instrumento se hizo evidente y cuando anunció en familia que quería aprender a tocar, la mamá quiso enseñarle, pero fue “imposible”, según describe Bonzo. “En casa de herrero cuchillo de palo. Me mandó a lo de una colega concertista y seguí un régimen de aprendizaje. Me costó un poco estudiar con el método ortodoxo, era medio plomo para mí. Un día llevé a clase “Heartbreaker”, de Led Zeppelín, y le dije Quiero sacar esto. La profe no tenía idea de cómo se tocaba eso, por el sonido de la guitarra distorsionada. No entendía la textura sonora de que pasaba ahí. Era una mujer grande que tocaba guitarra clásica. Sabía que existían The Beatles y punto”, recuerda.

Su posterior paso por la batería coincidió con el descubrimiento de bandas Pink Floyd, Emerson, Lake and Palmer, pero fue un amigo el que le hizo escuchar “Pappo’s Blues Vol. 3”, con temas como “Sucio y desprolijo” y “Stratocaster Boggie”. Ahí hubo otro gran  quiebre.

“Pappo fue uno de mis maestros de la guitarra, una verdadera influencia. Más allá de su sonido y su impronta, yo sabía que estaba cerca para verlo. Ojo, Jimi Hendrix fue para mí  uno de los supremos, pero sabía que había muerto, y Jimmy Page estaba a muchísimos kilómetros de mi casa. Pappo venía a tu ciudad. Lo podías ir a ver y escuchar en vivo. Me ponía a sacar sus solos con la oreja pegada en el bafle. Un día la vida me devolvió algo maravillo cuando tuvo ese gesto de invitarme a subir a un escenario”.

Con Hipocampo Rock, Bonzo recorrió los caminos de aquella época en que los del “palo” rockero se juntaban en el bar “La buena medida” y los jazzeros lo hacían en “El astral”. Un día se cruzó con un jovencísimo Fito Páez. Sucedió en un recital en Sportivo América. Hubo buena onda, armaron una banda, pero el proyecto no duró mucho tiempo.

“Fito era, y lo sigue siendo, muy talentoso. Cuando nos mostraba sus canciones, yo las comparaba con La Máquina de Hacer Pájaros o Serú Girán. Componía a ese nivel. Tenía una especie de adrenalina y ansiedad por armar canciones que lo hacía durar muy poco en cada banda. Hasta que se juntó con Juan Carlos Baglietto y se fue a Buenos Aires”, agrega.

Los pasos siguientes Bonzo los dio, ya en 1984, con El Caño, agrupación de rock “sureño”, conformada por Carlos Schilman, Héctor Casá, Marcelo Reyna y David “El yanki” Rummi.

“Después, toqué de todo –dice Bonzo-. Fui músico de sesión con varios grupos hasta que se armó La Banda de Rocanrol. Eso fue a fines de los 80, casi 90. Hacíamos temas de otros autores. Estábamos muy copados con la aparición del CD. Así accedimos a  Steve Ray Vaughan, Eric Clapton, los King (BB, Albert y Freddy) y Lynyrd Skynyrd. Antes, ese material no llegaba en vinilo y se armó una movida interesante en Rosario”.

Además de La Banda de Roncanrol estaban Tráfico, con Caburo y Roger Muzzio, entre otros; Taxi Blues, con Adriana Acoyle (“la Janis Joplin rosarina”, sostiene Bonzo) y Palmo Adario; Los Vándalos (“banda rockera con una impronta de los Stones de los 60”, y el grupo La Bolsa, de San Lorenzo, “más identificado con Manal”.

Bonzo rememora que en aquella época el blues hervía en Rosario y se cocinaba fuego lento. “Había festivales donde tocábamos todos. Surgieron otros grupos, como la Arena. Fue la onda expansiva tras el éxito de bandas de proyección nacional como La Mississippi y Memphis, La Blusera”, completa.

Un día Bonzo sintió necesidad de componer sus propias canciones y el círculo en torno a la Banda de Rocanrol se cerró. Caburo se había separado de Tráfico y un encuentro fortuito entre el cantante y el violero en la calle, con la admiración mutua hacia Albert Collins como telón de fondo, operaron para sellar lo que sería La Rocanblus.

Era 1994. “Si cabe el término, La Rocanblus fue una banda exitosa. Apareció en el momento de más auge del blues y compusimos un tema, “Yo vivo en Rosario”, que es como un himno blusero de Rosario. En la letra, Caburo hace un paralelo entre el Mississippi y el Saladillo. Yo toqué un estilo bien de guitarra slide a lo Elmore James. La canción se transformó en un éxito que se difundió mucho en radio. La gente la cantaba y los shows se llenaban”, recuerda.

La Rocanblus siguió hasta el 2000, año en que grabaron un disco en vivo que se editó y distribuyó en forma independiente. Desde entonces, Morelli transita el camino como solista. Las noches de conciertos y zapadas en el ya desaparecido reducto “Chicago Blues”, de Brown y Pueyrredón, figuran también entre sus recuerdos imborrables.

Después llegarán colaboraciones con Cielo Razzo, Coki DeBernardi y Vudú, entre otros que le fueron, dice el guitarrista, abriendo puertas hacia otro público. “Te diría que toqué con casi todos. Uno va  recolectando y sumando audiencia de otro ámbito que no es del blues”, dice.

La etapa como solista lo puso en el camino de reconocidos músicos a nivel nacional que no dudaron en invitarlo a sus presentaciones. Pappo, León Gieco, Botafogo, David Lebón, Edelmiro Molinari, Luis Salinas y Juanse, por mencionar algunos, tributaron su admiración por el rosarino. El Carpo incluso fue el que lo alentó a grabar un disco a título personal, que salió a la calle como . “20 años de rock y blues”.

Por entonces también llegó la experiencia en Mister Mojo, banda  de raíz cordobesa que supo ser grupo de apoyo de Gieco, con quien  grabaron el tema “Algún lugar encontraré” en el disco tributo a Calamaro, y de Botafogo, a quien acompañaron en un Cosquín Rock.

Bonzo hoy intercala actuaciones con su banda, tributos a Led Zeppelín y la docencia, experiencia de la que, dice, suele haber intercambios de experiencias.

“Lo primero que les digo a los chicos es: la guitarra no es para competir. Si alguien cree que estudiando o tocando más rápido es mejor que otro, no sirve. Para competir, hay que dedicarse al deporte. Lo segundo: se tienen que conectar con el instrumento para expresar algo y disfrutarlo mucho. Que cada uno haga a su manera lo que mejor pueda. Hay una diferencia entre tocar bien y tocar lindo. Que toquen lindo”.

En esa línea, Bonzo sostiene: “Para tocar bien te ponés diez horas por día y lo hacés. Pero es lindo expresar algo con la música, tener amor por el instrumento. No importa cuántas notas toqués, si son dos, veinte o cien. Es una disciplina artística y hay que disfrutarla”.
 

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