Escenario

"Me interesó entender la génesis del tráfico de personas en nuestro país"

En "Impuros", Florencia Mujica y Daniel Najenson investigaron el proxenetismo y su persecución en el seno de colectividad judía argentina del siglo XX.

Jueves 22 de Noviembre de 2018

"Impuros", documental codirigido por Florencia Mujica y Daniel Najenson, recorre la historia de traficantes y proxenetas de origen judío, las historias de las víctimas y el esfuerzo de su propia comunidad por expulsarlos. El trabajo, que tuvo como punto de partida el libro "Los impuros" del israelí Haim Avni, recorre esta actividad delictiva durante las primeras décadas del siglo XX con imágenes de archivo y testimonios de investigadores, escritores y los nietos de Raquel Liberman, una figura clave para el primer gran golpe que tuvo la organización Zwi Migdal que reclutaba mujeres en Europa para su explotación sexual en Argentina. "Es algo que no puede quedar en el silencio, sobre todo en Argentina, con la historia y la tradición por la lucha por los derechos humanos y los desaparecidos. Para nosotros simbólicamente eso es muy fuerte", dijo Mujica en diálogo con La Capital, y explicó los objetivos de este documental que se estrena hoy en el cine Arteón (Sarmiento 778). El trabajo contó con los testimonios de Rafael Ielpi, coautor de "Prostitución y rufianismo" junto a Héctor Zinni, y de Guillermo Zinni, hijo del fallecido escritor.


—¿Cuál fue el tema central sobre el que quisieron trabajar?

—Me impactó muchísimo la historia, saber qué había pasado con todas esas mujeres que habían sido traficadas desde Polonia a la Argentina, investigar cómo había sido su vida en la época en que los prostíbulos estaban reglamentados. Me pareció que era crucial para entender la actualidad y ver cómo habíamos llegado hasta acá, entender un poco la génesis del tráfico de personas en nuestro país porque fue el momento que explotó el fenómeno a nivel internacional y Argentina se convirtió en un gran mercado.

—¿Qué paralelismo podés hacer entre el pasado que relata el documental y la actualidad?

—El tráfico de mujeres y de personas con fines de explotación sexual sigue siendo un fenómeno muy importante. Obviamente cambió. En ese momento el tráfico era desde Europa hacia Argentina porque era un lugar para hacer una nueva vida en período de guerras. Eso se modificó con la reconstrucción de Europa y el tráfico empezó a ser a la inversa, de Argentina hacia Europa. Además Argentina es un país de tránsito para el tráfico de mujeres de otros países de Latinoamérica. Sigue siendo un fenómeno preocupante y un fenómeno que no se resuelve más allá de las reglamentaciones o no. Me parece que es interesante en la película entender en clave histórica cómo nos atraviesa a lo largo de todo el siglo XX este tema que tiene muchísima actualidad.

—¿Cómo se puede analizar el relato en el contexto de las reivindicaciones femeninas actuales?

—En los feminismos hay un debate muy fuerte en relación a esto. Hay una corriente que plantea que la resolución de este por el lado de la reglamentación del funcionamiento de lo que serían los prostíbulos, para que sea una actividad que no implique la clandestinidad y todo lo que padecen las mujeres que se prostituyen, y estaríamos la otra corriente, la abolicionista, que plantea que es una violencia que no se puede legalizar nunca, que hay que erradicarla. Es un tema que está muy en boga y que divide aguas dentro del feminismo y me parece terrible que pase eso. Esto está avanzado y de hecho hay proyectos presentados en Diputados y en varias provincias.

—¿Qué impresión te quedó de Rosario como uno de los centros de la prostitución?

—Rosario fue central en este movimiento en Pichincha. Estuvimos filmando donde funcionaban los prostíbulos y donde había un ambiente muy festivo muy instalado en la cultura popular, en Madame Safo. Esas zonas siguen existiendo en distintos lugares, pero la legalización permitió que fuese algo mucho más expuesto y visible. De hecho la historia de la Zwi Migdal la podemos reconstruir porque era una organización que se hacía ver mucho. El tema es que siempre se piensa la liberación desde los varones, desde ese deseo y esa necesidad, y no qué había detrás, cómo llegaban esas mujeres a los prostíbulos y cómo era su vida.

—La película tiene dos grandes temas, la historia de las víctimas y el trabajo de una parte de la comunidad judía que se esforzó por expulsar a sus miembros que ejercían el tráfico y el proxenetismo llamándolos impuros...

—Y el ocultamiento y el silencio que se produce. Después de todas las denuncias, la impunidad, el Holocausto, Hitler en el poder, dan un contexto a la colectividad para la que esto pasa a ser un estigma muy grande que construye un discurso como que todos los judíos son proxenetas y traficantes. La colectividad no sabe cómo manejarlo y hay un sector con poder que decide que es mejor no hablar. Y uno de los entrevistados lo dice, que se decide que por dos o tres generaciones no se hable de esto para limpiar esta historia y el estigma. Pero detrás del ocultamiento y el estigma hay montón de mujeres judías que fueron traficadas y enterradas sin nombre y sin lápida. Esa es una historia que no puede quedar en el silencio, sobre todo en Argentina con la historia y la tradición por la lucha por los derechos humanos y los desaparecidos. Para nosotros simbólicamente eso es muy fuerte y esas mujeres son desaparecidas.

—¿Cómo evaluás el trabajo de la comunidad contra ese estigma?

—Hubo un sector de la comunidad que fue muy activo en repudiar la actividad de los proxenetas y esa es una historia para mí muy heroica de contar que no sucedió con otras colectividades. En el proceso de la gran inmigración todas las colectividades tenían esto, los españoles, italianos, había una mafia francesa muy grande de tráfico, y la colectividad judía fue la única que los denunció públicamente. De hecho está Raquel Liberman que fue la que se animó a denunciarlos.

—Hubo una conjunción de voluntades para revertir la situación, como la presión de la comunidad judía, la intervención de la asociación Erzat Nashim (ayuda a mujeres), el diputado Alfredo Palacios, la denuncia de Raquel Liberman y la intervención del comisario Julio Alsogaray y del juez Rodríguez Ocampo...

—Si no hubiesen existido todos esos personajes hubiese sido muy difícil porque el funcionamiento de la mafia se sostenía por la connivencia del poder político, de la policía, de la municipalidad... Todos vivían de este negocio. Son todos personajes que rompen con el estatu quo de la época. Creo que por eso también hay que contar esta historia, en la que hay gente que hace las cosas de otra manera y permite que las cosas sucedan.


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