Escenario

"Matar al diván", la terapia de la risa

"Matar al diván" es una comedia de situaciones que se van desencadenando en el consultorio de un terapeuta en crisis y con una madre posesiva.

Domingo 01 de Noviembre de 2015

¿Por qué todo lo que sucede en un consultorio puede ser llevado al plano del humor? Una vez terminada la sesión, ¿los psicólogos brotarán en risa retomando algún fragmento del relato de sus pacientes? ¿Con quiénes compartirán esa información? Y a la inversa: ¿cuántos analistas aportan un material inagotable para el humor en reuniones de amigos?. Todo es incalculable, ya forma parte de los decires cotidianos, de la filosofía mundana, de la inevitable afloración del inconciente a través del chiste, una de sus mejores manifestaciones. Y así, las zonas más oscuras de nuestras neurosis se convierten en relatos amables.

El consultorio viene apareciendo con fuerza en el teatro de Buenos Aires, lo que generó una fuerte repercusión de dos obras que arribaron a Rosario. Por un lado, el drama de “La última sesión de Freud”, y por otro el furor hilarante de “Toc-toc”.

No es casual que estas propuestas funcionen tan bien en esta ciudad, con tantos analistas per cápita. “Matar al diván” se plantea como una comedia de situaciones que se van desencadenando en el consultorio del Dr. Kovensky (Juan Abdo) en un día especial marcado por la muerte de su propio analista y maestra. Su secretaria (Liliana Gioia), una provinciana que husmea en todos los asuntos de su jefe, juega un papel central en toda esta historia, como también su madre (Ana Tallei), la estereotípica idishe mame judía, quien se atribuye los laureles de su hijo.

Los pacientes se suceden: una joven en “plena transferencia” con su analista, un obsesivo de la paternidad, una pareja en plena crisis amatoria. A esto sumamos la presencia de un personaje que encarna ni más ni menos que al inconciente. Todo puesto en una coctelera que pasa revista por situaciones entre la sala de espera y el diván, generando un enredo tras otro.

Comicidad. La obra se instala muy bien en el terreno del entretenimiento partiendo de la comicidad. Sin embargo, una serie de elementos desaprovechados dejan a la propuesta en algunas zonas grises. En principio, el diseño de luces. La obra conserva una planta de iluminación que por momentos parece intimista, algo que genera cierta distancia en un escenario como el de Lavardén y en un género como la comedia. Sería como trasponer un estilo lumínico propio del teatro independiente a un auditorio que pide mayores destellos.

Por otra parte, entre los registros actorales, el personaje del psicólogo queda por momentos desvinculado de la rítmica del gag, algo que provoca cierto desinfle en la cadencia que necesita la comedia para que se mantenga encendida. Al mismo tiempo el Inconciente, encarnado en un actor de gran potencial para la comicidad como Juan Pablo Cabral, tiene fugaces apariciones que merecen extraer un mejor jugo. En relación a la historia en sí, en reiterados momentos amaga con perderse el hilo, el objetivo central de la trama se disuelve en el juego de enfoque y desenfoque de situaciones y el motivo básico del argumento se extravía.

Pero también los aciertos son notables: el personaje de Antonia (Gioia) sostiene con una extraordinaria eficacia el humor en cada una de las escenas que se van sucediendo. Las intervenciones de la idishe mame (Tallei) son realmente desopilantes y la pareja interpretada por Celia Ferrero y Juan Biselli hacen explotar al auditorio. Es allí, en esa escena entre la falsa psicóloga y la pareja en crisis en donde la obra estalla en su parte más deliciosa.

 

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