Escenario

Manuel Wirzt, el hombre orquesta

La entrevista con Manuel Wirzt comienza con una anécdota. Le cuento que hace más de veinte años lo vi en el ascensor de este diario y le dije: "Yo compré tu casete «Mala información»". Y él...

Viernes 22 de Noviembre de 2013

La entrevista con Manuel Wirzt comienza con una anécdota. Le cuento que hace más de veinte años lo vi en el ascensor de este diario y le dije: "Yo compré tu casete «Mala información»". Y él, rápido de reflejos, me respondió aquella vez: "¿Ah, eras vos?".

La charla con el músico, cantante, actor, mimo, clown y actualmente director artístico de los espectáculos de Diego Topa y de Martín Bossi viene a cuento del show que ofrecerá hoy, a las 21.30, en el teatro Broadway (San Lorenzo 1223), titulado "25 años".

El viaje en el tiempo se dispara de inmediato, casi involuntariamente, con aquella anécdota. Wirzt apretó el rewind de los viejos grabadores y se remontó a aquellos días. Y fue aún más atrás.

Convencido de que la música es la banda de sonido de cada uno, comenzó recordando aquel querido disco de 1989 y revisitó cómo descubrió el rock a instancias de su hermano, el Tuerto Wirzt, quizá el batero más potente y sutil a la vez que haya nacido en este país; y ese tour de relatos pasó por la Trova Rosarina; su boom a partir del Chateau Rock; su época de mimo junto a Juan Carlos Baglietto y más, mucho más. Desde Francella a Martín Bossi, desde Pipo Pescador a Topa, desde la mujer que lo dejó a solas de un día para otro hasta la noche del Anfiteatro Humberto de Nito colmado en la que lo tuvieron que sacar los bomberos porque no podía salir. "Creo que no hay nada más atractivo que tener una buena historia para contar", dice Wirzt, el mismo que tantas veces le escribieron mal el apellido. Pero sigue siendo el mismo, un tipo copado de buenas historias.

—¿Te acordás de "Mala información"?

—Qué disco raro, qué disco loco ese. Tenía "Ari-Ari" y cerraba con "Conejitos". "Ari-Ari" era la historia de una mina que se llamaba Ari, en alusión a la Argentina, que estaba embarazada de seis años, estaba con todo el asunto de la democracia, había mucha carga política. Pero además me acuerdo porque el último día de grabación yo me separo y compuse "Ella se fueeeeeee" (la canta, en referencia al tema "En un tren") y literalmente fue así, me encontré con todos los roperos vacíos y se fue a la mierda. Me acuerdo que llego al estudio, en el último día de grabación, con la cabeza destrozada y agarre la viola en un rincón y me la puse a tocar. Yo estaba hecho mierda y el Tuerto (Daniel Wirzt, arreglador y director de ese disco, murió en 2008) dijo "déjenlo solo por favor" y compuse esa canción, que está acompañada con palillos tocados sobre una botella, una cosa muy artesanal.

Wirzt no para. La entrevista por momentos se corre de la forma convencional, y él sigue. Sigue hablando de ese año en que la Argentina vivía una de las peores crisis de su historia. "Eso era el 89, época de hiperinflación, un disco salía más de lo que ganaba un maestro de escuelas, me acuerdo que no había vinilos, no lo podían importar, no sé qué historia, era todo un quilombo. Te digo más, en un surco se oye una manifestación y era porque enfrente del viejo Polygram, donde grabé el disco, tenía un sindicato y hay un momento en que saqué los micrófonos afuera para grabarlos y quedó. Una época muy convulsiva, fijate que el disco sale y al poco tiempo tengo que salir como vendedor ambulante a ganarme la vida", cuenta Wirzt, de un tirón, como si estuviese tomando una cerveza con un amigo en una tarde soleada de aquel San Nicolás natal.

—Una de las primeras imágenes conocidas tuyas fue como mimo en "Un loco en la calesita" en los shows de Baglietto. ¿Qué mamaste de la Trova Rosarina?

—En primer lugar, mi locura o romance con la música comienza a los 9 años, me regalan una guitarra de la Antigua Casa Núñez y me mandan a estudiar. Y otra cosa es que mi hermano, cuatro años mayor que yo, el Tuerto, me hace escuchar Invisible, Led Zeppelin, Deep Purple, Beatles, en el viejo Winco. Era un momento inolvidable, cuando salía un disco de esos venía el Tuerto y me decía «mirá lo que traje». Y le hablaba a su hermano cuatro años menor, que la mayoría de las veces me echaba porque quería estar con sus amigos, pero cuando estábamos los dos solos el tipo lo compartía conmigo. El me hace escuchar por primera vez "Azafata del tren fantasma" (Invisible, del disco homónimo, 1974), y no me olvido más ese día, fue una tarde de lluvia, encima no me olvido porque en la tapa del disco blanco había un dibujo con un charco y una pisada, y me acuerdo que dije, «guauuu, a este tipo hay que seguirlo». Y después tener la posibilidad de estar con Abonizio, Páez, Lalo de los Santos, Goldin, que iban a casa a comer, el Zappo Aguilera, Silvina Garré, toda esa gente que cuando iban a tocar a San Nicolás paraban en mi casa, eran doscientos comiendo en mi casa. Yo era un pendejo, me acuerdo que Juan (Baglietto) me hacía subir al escenario y yo hacía payasadas que él me proponía en los conciertos de Irreal. Ahí empecé a trabajar como el hermano del Tuerto (en esos tiempos era el baterista de Irreal) y amigo, pero no había estudiado mimo, daba vueltas y era molesto, nada más. Mamé mucho arte, mucha amistad, mucho Rosario, fue una experiencia increíble.

—Hasta que un día saliste a cantar "No me exprimas" en un Chateau Rock y armaste un revuelo.

—Aparecí en el 86, 87 en un Chateau Rock, en Córdoba, y me acuerdo que tuve mi primera nota en Clarín como revelación del rock nacional, me la hizo (Carlos) Polimeni, y mis primeras dos páginas en la revista Humor las redactó Gloria Guerrero, no me olvido más, fue un antes y un después, porque a partir de ahí me empezó a dar bola la prensa de Buenos Aires. Lo de Córdoba fue un llamado de atención para los medios, fue detonante en mi carrera.

—¿Un show titulado "25 años" te obliga a hacer un balance?

—El balance lo tenés que hacer sí o sí porque tenés que poner en una balanza 40 ó 50 canciones y literalmente tenés que elegir 25 canciones para 25 años, una por año, para armar una lista de temas, porque si estoy cuatro horas en el escenario algún balazo saldrá de la platea para que me vaya. Para el show había hecho una mezcla con todo lo que era mimo, clown, televisión, (Guillermo) Francella, y dije «no, son 25 años con la música, busquemos las mejores historias que he contado». Porque lo más difícil para un tipo cuyo laburo es contar cosas es tener algo para decir. Yo me considero un contador de historias, y lo que más me cuesta es encontrar una historia para contar, una historia que sea atractiva, que pueda conmover, que pueda servir de algo, aunque sea para mover la patita, pero en tantos años uno ha hecho cosas y por suerte tengo una lista larga de canciones, es más, en este show de Rosario también canto temas nuevos. Porque me gusta ir para adelante y no quedarme en esta cosa de la nostalgia.

—¿Siempre hay que demostrar que un artista está activo?

—Mirá, acá te dormís y te velan, es así. Y yo creo que la mejor manera es seguir buscando la forma de poder encontrar algo para decir, siempre y cuando tengas el deseo, las ganas y la historia. Porque las veces que no encontré nada para decir no he grabado, a tal punto de romper relaciones con la compañía y decir «che, por qué tengo que grabar un disco por año si no me salen las canciones». Eso hizo que me armara mi propio sello, mi propio estudio, entonces grabo cuando tengo algo para decir, cuando encuentro algo que me gusta o me interesa, sea con la música, o con la televisión, puede ser con Francella, un programa para chicos o una tira infanto juvenil, como "Patito Feo", siempre y cuando tenga algo interesante para contar, porque creo que no hay nada más atractivo que tener una buena historia para contar, insisto con eso, porque es la historia de la música popular: vos escuchás la canción y sabés quién es el artista, y detrás de esa canción está todo lo que te pasó mientras la escuchás.

—¿Sabés que algunas de tus canciones se colaron en la historia de mucha gente en estos años?

—Mirá, hace unos días estaba en un evento y me encontré con mujeres que me contaron que le pusieron Manuel al hijo por mí, y que hacían dormir al chico con una canción de cuna mía, o que "Dondequiera que estés" la escucharon cuando se reconciliaron con el marido. O sea, de alguna manera, mi laburo estaba vinculado de un modo muy directo con la gente, porque uno se identifica y se siente cerca de lo que un tipo dice en una canción. Me pasa a mí cuando escucho a Páez, García, Spinetta o Los Beatles. Cuando escuchás una canción automáticamente aparecen las imágenes del lugar y el momento en donde la escuchabas, si era cuando te juntabas con un amigo, o cuando la bailabas con tu pareja. Es un disparador que afecta todos los sentidos, aparecen hasta los olores de ese cuello cuando chapabas en los lentos, y el perfume de esa mina que te volvía loco. Eso genera la música, por eso cuando me dicen «¿qué preferís: ir de gira con tus canciones o trabajar con Francella?», yo digo: prefiero hacer todo, pero elijo la música, porque es un generador de millones de sensaciones a partir de los dos o tres segundos de los primeros compases de una canción.

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