Escenario

"Malparida" tuvo su trágico final y dejó una huella en las telenovelas

“Amar sana, odiar mata” fue la frase emblemática del final de “Malparida”, la tira de El Trece que, más allá de ser la más vista de la temporada 2010...

Miércoles 09 de Febrero de 2011

“Amar sana, odiar mata” fue la frase emblemática del final de “Malparida”, la tira de El Trece que, más allá de ser la más vista de la temporada 2010, fue la telenovela más trágica y violenta que se recuerde en la pantalla argentina.
Fueron 18 muertes en 175 capítulos y el dato estadístico, alrededor de una muerte cada diez envíos, no deja de ser sorprendente.
Con un final que, sin los números de Ibope aún, es previsible que superó los 30 puntos, Pol-ka se dio el gusto de abrir una brecha en lo que a ficciones se refiere.
Es que no es común que una villana se cargue con un protagónico y que, por momentos, hasta se vea como la heroína de la historia.
El latiguillo de la trama fue hacer todo por amor, sin importar los medios, y eso hizo que Renata, este personaje que se cansó de mentir, engañar y matar hasta el hartazgo logre un guiño del televidente, aunque Juana Viale debutó en un protagónico y, en rigor, aún no cuenta con el piné actoral suficiente como para tamaña responsabilidad.
Sin embargo, la novela arrasó todo el 2010 y lo que va de este 2011, y hasta se acortaron los capítulos finales para aprovechar el éxito y dejarle una pantalla caliente a las dos tiras que ya están en carrera y vienen con toda la furia: “Herederos de una venganza” y “Los únicos”.
Pero, claro, nada es gratuito en las ficciones de la tevé. Renata había hecho tanto daño que no podía salir inmune. Por eso no extrañó tanto que en el último capítulo pague con su vida para compensar tantas vidas arrebatadas por un plan macabro.
“Esta historia se repite, esta historia termina mal”, había dicho el fantasma de su abuela Gracia en el penúltimo capítulo. Y la frase fue premonitoria. Así como murió la mamá de Renata en el comienzo de la historia, el final trágico de su hija asomaba como el cierre más políticamente correcto.
Lautaro descubrió que su amada Renata fue la responsable de la muerte de Nina, su madre, y la entregó a la policía. En un cruce de miradas cargado de angustia, ambos sabían que, aunque ella llevaba consigo el fruto de ese amor, ya no habría otra oportunidad para recomenzar la relación.
La trama saltó siete meses adelante y se vio un escenario más distendido. La empresa Uribe Propiedades atraviesa un momento óptimo; Gracia viaja al sur para comenzar una nueva vida junto a Moro; y Esmeralda comienza una nueva etapa sin olvidar a su amiga entrañable. Es más, es Esmeralda la que termina contando con la voz en off este último tramo, a manera de cuento. Y no es casualidad, ya que ella fue el personaje más blanco en la tira más negra.
Es Esmeralda también la que presencia el momento en que su amiga, en la cárcel, comienza a sentir los primeros síntomas de un alumbramiento muy próximo.
Ya en la sala de parto, Lautaro sorprende al aparecer en un momento clave en la vida de un pareja. En ningún momento le dijo si la perdonó o no, sólo le dio la mano y accedió al pedido de Renata: “Que ella no siga mi historia, sálvense los dos”.
Lautaro se llevó en brazos a Luz, se reencontró con sus amigos, y flamantes padres, Barbie y Hernán, y sólo faltaba la frase “y comieron perdices”. Pero no. “Malparida” tenía que hacer honor a su trama y todavía faltaría una muerte más, quizá la más importante.
Renata, desde lo alto del campanario de una iglesia, abre los brazos, a manera de redención mística, y decide dar fin a sus días. El suicidio, en un brillante truco técnico de la producción, sellaría el destino de una mujer que no encontró otro modo de limpiar sus culpas.
“Malparida” dejó una huella. Reivindicó el rol del villano y dejó de lado los finales rosa. Una manera de abrir el juego y el fuego en la ficción.l
 

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