Escenario

Los intolerantes también van al teatro

Domingo 16 de Junio de 2019

Pasó en Rosario, pudo haber ocurrido en cualquier ciudad argentina, pero la intolerancia volvió a decir presente. Esta vez fue en la entrada del teatro Auditorio Fundación Astengo, el domingo pasado. El público había concurrido en gran número a una nueva función de "Los vecinos de arriba", la comedia de Cesc Gay dirigida por Javier Daulte, con los protagónicos de Diego Peretti, Muriel Santa Ana, Rafael Ferro y Julieta Vallina. La obra plantea las idas y vueltas del amor en pareja, y cómo a partir de unos vecinos bastante "open mind", un matrimonio algo cansado de las "rutinas" sexuales se plantea por qué no explorar otras. Todo esto dicho en tono de comedia y con una reflexión sobre el final para que los espectadores revisen ciertos ruiditos en la maquinaria de la pareja. Pero claro, ocurrió un imprevisto. Media hora antes del inicio de la función, Muriel Santa Ana, protagonista clave en esta historia, se descompuso y la producción de la obra, muy a su pesar, tuvo que suspender la función y postergarla hasta el próximo 3 de agosto. En medio de la preocupación del elenco y los productores debido a que la actriz tardaba en reponerse, una persona, a los gritos, reclamaba en la puerta del teatro que era "una vergüenza que se suspenda la función, cómo no hay reemplazante. ¿Y a mí quién me paga los 150 pesos de taxi?" A ver. ¿Usted piensa señora que la actriz se descompuso a propósito porque no tenía ganas de actuar? ¿Y si le ponían una reemplazante desconocida la obra sería la misma o usted también se hubiese quejado? ¿Nunca pagó un taxi por un viaje que no tenía que hacer? Esa mujer no preguntó si la actriz se había recuperado (por suerte, cuando estaban a punto de internarla, decidieron que descanse en un hotel de Rosario y finalmente se estabilizó), ni evaluó con la cara de preocupación que hubiesen actuado sus compañeros de elenco sabiendo que su amiga estaba enferma. O sea, fueron a hacer reír y de lo que menos ganas tendrían es de reírse. La intolerancia siempre mira el ombligo propio y rara vez el corazón ajeno.

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