Escenario

"Los actores somos inmaduros por naturaleza", reveló Richard Gere

A los 65 años, Richard Gere no ha perdido el sex appeal ni el carisma, y aunque hace años que no trabaja con los grandes estudios de cine.

Domingo 29 de Octubre de 2017

Aunque lleva décadas siendo una estrella de cine, nunca se olvida de sus orígenes humildes ni de la transformación que lo llevó de ser un chico de campo a convertirse en militante y creador, por lo que es un placer sentarse a hablar con él. A los 65 años, Richard Gere no ha perdido el sex appeal ni el carisma, y aunque hace años que no trabaja con los grandes estudios de cine, ha encontrado la fórmula para seguir haciendo películas que de verdad le interesan. El próximo jueves se estrena en Argentina "Norman", el debut en inglés del director israelí Joseph Cedar, en donde interpreta a un hombre que intenta traficar influencias. Norman es un hombre de negocios de poca monta, un charlatán que pulula por Manhattan buscando conexiones con las altas esferas. Pero un día entabla amistad con un joven político, candidato a primer ministro israelí. Tres años más tarde, cuando este joven se convierte en un líder mundial influyente, la vida de Norman cambia drásticamente. La película podría darle a Gere su primera nominación al Oscar, un honor que nunca conquistó a pesar de haber ganado el Globo de Oro y de haber sido candidato a ese premio en tres ocasiones. En charla con Escenario, la estrella confesó: "Los actores somos inmaduros por naturaleza".

   —¿Cómo llegaste a convertirte en Norman?

   —Como todo el mundo sabe soy bastante exigente a la hora de elegir papeles, pero en una ocasión conocí a Joseph Cedar, que es probablemente el más respetado y exitoso de los directores israelíes, y le dije que si alguna vez tenía algún proyecto vinculado a Medio Oriente, que me llamara. Una semana después, me mandó el guión. Lo leí y le pregunté por qué había pensando en mí, porque si yo hubiese sido el director de la película jamás le habría ofrecido ese papel a Richard Gere. El me dijo que quería a alguien que no fuera tan obvio interpretando a Norman. El podría haber contratado a muchos maravillosos actores judíos de Nueva York para encarnarlo, pero buscaba algo diferente. Me atreví, y durante 8 ó 9 meses antes del rodaje me preparé para el papel, simplemente hablando con él, compartiendo sus ideas y su investigación. Pero lo más importante era definir cómo íbamos a hacer la película y qué era lo que tenía que generar en el espectador. En el filme no se cuenta demasiado sobre quién es Norman. Pero como actor yo quería saber todo sobre él. ¿Dónde vive? ¿Cómo es su casa? ¿Le gustan las mujeres o los hombres? Pero cuántas más preguntas hice, más me di cuenta que todo eso es irrelevante con este hombre. El cree en todas estas historias que cuenta, aunque sean verdades a medias o mentiras absolutas. Y esa es la clave del personaje. Siempre dice que es un buen nadador, y eso lo define. Es capaz de nadar en cada situación y seguir nadando pase lo que pase.

   —¿Pero por qué a esta película le dijiste que sí mientras rechazás tantas otras propuestas?

   —Porque es una película única, y lo mismo vale para el personaje. Yo nunca vi a alguien así en el cine y probablemente no lo volveré a ver. Jamás hice una película de 100 millones de dólares, ni siquiera en mis buenas épocas. Todas las que he hecho han costado menos de 10, y por lo general entre 6 y 7. Sigo haciendo el mismo tipo de cine, sólo que ahora se financian en forma independiente en lugar de que lo hagan los estudios. El proceso por el cual decido si voy a participar de una película sigue siendo el mismo de siempre. Cuando me mandan un guión, si me emociona lo hago y si no lo hace no. Nunca hice un filme por el dinero o para hacer un favor. Jamás funcioné de esa manera. No necesito trabajar, lo hago porque me gusta, y no tiene sentido ir a filmar si no se trata de algo especial.

  —¿Qué era lo que esperabas del futuro cuando eras muy joven?

   —Simplemente poder ser creativo. No sabía muy bien de qué manera lo iba a poder conseguir. Cuando yo era chico lo único que tenía en claro era que quería expresar mi creatividad, ya fuera pegándole a una pelota con un bate de béisbol o escribiendo un poema, o siendo un filósofo. O tal vez tocando música, que ha sido una presencia constante a lo largo de mi vida. No sabía a dónde la vida me iba a llevar, pero la creatividad siempre fue una preocupación constante para mí.

   —Hablando de filosofía, ¿que fue lo que ocurrió en la universidad para que dejaras esa carrera por el teatro?

   —Yo creo que no fue un cambio tan drástico. Porque en el teatro uno tiene que seguir lidiando con ideas. Lo que yo hago es convertir las ideas en emociones. Ocurrió que haciendo teatro descubrí que era mucho más interesante humanizar las ideas, porque en sí mismas pueden ser muy secas, y los conceptos pueden ser muy aburridos. Yo creo que la poesía y el teatro pueden revitalizar las ideas tremendamente, volverlas relevantes. Además hay una conexión muy grande entre las dos cosas, porque sin filosofía no hay temas en el teatro. Las mejores obras están basadas en ideas muy elaboradas.

   —Una vez dijiste que la actuación mantenía a los actores como personas emocionalmente retardadas. ¿Podrías explicar qué fue lo que quisiste decir con eso?

   —Tal vez retardado es una palabra muy dura, pero somos inmaduros por naturaleza, eso es cierto. Los actores, por lo general, no son particularmente estables. Las personas que son estables emocionalmente no se meten en esta profesión, que implica transformarte todo el tiempo en otra persona. De alguna manera te convertís en actor porque no te gustás como persona. La gente que se siente perfectamente bien dentro de su piel no siente la necesidad de ser otro. De todos modos, esto es una generalización, no todos los actores somos iguales. Pero reconozco que hay muchos elementos de los que te he mencionado en mi propia relación con esta profesión.

   —¿Qué era lo que no te gustaba de vos mismo cuando eras joven que te llevó a convertirte en actor?

   —Básicamente estaba muy confundido. Muy infeliz. El budismo me ha enseñado mucho sobre cuales eran las cosas que me confundían a esa edad.

   —¿Pero por qué elegiste ser actor, en lugar de ser maestro o músico?

   —Yo también quería ser esas otras dos cosas. Pero lo de la actuación fue la única carrera en la que tuve suerte. Supongo que tuvo que ver con mi destino. Yo estaba predestinado a ser actor.

    —¿Te ayudó a vencer tu timidez? Alguna vez dijiste que eras muy tímido cuando eras joven...

   —Sigo siendo muy tímido, aunque he aprendido a vencer ese aspecto de mi personalidad cuando lo necesito. Pero disfruto mucho de la soledad. Y de la tranquilidad.

   —Si algo te distingue como persona es tu relación con el budismo...

   —Es cierto. He estado practicando el budismo en mi vida desde los 24 años. Pero son cosas que uno va aprendiendo lentamente. Uno no aprende a tocar el piano el día que se sienta por primera vez delante de él. Nadie puede tocar Beethoven en su primera lección. Todo es paso a paso en la vida. Además, aún en las más tempranas memorias de mi infancia, siempre sentí que había una disonancia entre lo que la vida aparentaba ser y lo que yo intuía que era realmente. Siempre fui muy consciente de esa disonancia. Me llevó un tiempo poder definirla y luego otro tiempo poder comprenderla. Luego aprendí a desarmar esa disonancia para poder construir una vida más plena. Lo que ocurre es que en la vida cotidiana nuestras mentes y nuestros corazones son bombardeados constantemente por la ignorancia, lo que nos lleva a hacer cosas equivocadas. Hace falta muchísimo trabajo para poder encontrar la sabiduría que nos permita sobrevivir en la ignorancia, en la que nos ahogan constantemente.

   —Cuando revisás tu carrera, ¿hay algo que querrías cambiar?

   —Mi vida me ha llevado mucho más lejos de lo que yo hubiese podido imaginar. Es probable que haya tomado decisiones equivocadas, pero esos errores me llevaron a otro lugar en el que algo positivo ocurrió. Pero no me arrepiento de nada... No, no es cierto: me arrepiento de las ocasiones en que hice o dije algo que lastimó a alguien. Cada vez que me acuerdo de esas circunstancias sigo pidiendo perdón, aunque hayan ocurrido 60 años atrás. Pero fuera de eso, no habría hecho nada diferente.

   —¿Cuales son las ventajas y desventajas de envejecer?

   —Las ventajas son que si estás bien de la cabeza y no tenés ninguna enfermedad, seguís aprendiendo y acumulando sabiduría. Las desventajas son obvias. Ya no podés correr tan rápido como antes y otras cosas ya no funcionan tan bien como en otros tiempos.

   —¿Ayuda tener una novia mucho más joven?

   —No lo sé. Es cierto que ella tiene 35 y yo 65, pero uno se enamora o no se enamora. No creo que tenga que ver con la edad. Se trate de una mujer más joven o no, me gusta la frescura, la energía, la libertad para pensar. Y ella es así, está aprendiendo todo el tiempo. Además no es competitiva. Siempre está buscando cómo mejorar y no tiene miedo de mirarse en el espejo y tener una mirada crítica, que es la base para aprender. Tiene muchísimas cualidades, pero no me fijé en ella porque fuese más joven, aunque la mayoría tiende a pensar eso.

   —En la película tu personaje invierte lo que no tiene en un par de zapatos para impresionar a alguien. ¿Cuál es el objeto más caro que te compraste en tu vida?

   —Probablemente fue una guitarra. Tuve una colección de 150 en algún momento. Me pasaba mucho tiempo tocándolas pero ya no tengo ese tiempo, por lo que vendí más de 100 y doné ese dinero a mi fundación para apoyar muchas cosas que me interesan. Pero las guitarras me tientan.

   —¿Buscaste impresionar a alguien alguna vez?

   —Sí, a mi papá.

   —Me imagino que lo habrás logrado con lo lejos que llegaste...

   —A mi papá no lo impresionan las estrellas de cine, sino las personas. Tiene 95 años y creció en una granja ordeñando vacas.

   —¿Cuánto te gastarías en un par de zapatos?

   —¿Querés que te diga la verdad? Me los regalan.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario