Escenario

La terapia divina al ras del suelo en el teatro Astengo

Juan Leyrado interpreta a Dios y Thelma Biral a su sicóloga en la obra que se presenta la semana próxima en el Astengo.

Domingo 15 de Junio de 2014

“No se siente bien, está muy cansado, se quiere suicidar”, afirma Juan Leyrado sobre su personaje en “Dios mío”. Y lo anómalo de la situación es que su personaje es nada menos que Dios en medio de una crisis que lo empuja a consultar con una psicóloga. La terapeuta, a cargo de Thelma Biral, tampoco lo tiene fácil al tener que lidiar con un paciente de ese nivel. Sin embargo ella no dejará pasar la ocasión para, además, ajustar algunas cuentas pendientes. Ese es el eje de la obra de la israelí Anat Gov, con dirección de Lía Jelín y en versión de Jorge Schussheim, que se presenta el viernes y sábado próximo en el teatro Fundación Astengo. Leyrado contó cómo es la nueva serie que está grabando para televisión y aseguró: “Me gusta mucho trabajar en la televisión. Si uno quiere mirar cómo anda el mundo, uno tiene que prender la televisión”.

—Volvés a hacer teatro en Rosario...

—Otra vez... qué sacrificio. Otra vez voy a tener que llegar a esa ciudad, ver esas mujeres tan feas, ese río, esa costanera y tener que comer pescado. Pero qué va a hacer. Vamos a hacer un esfuerzo (Risas). Pero sí había ido con “Baraka” varias veces, con “Ella en mi cabeza”.

—Ahora venís nada menos que con el personaje de Dios...

—Es una obra extraordinaria. La hicimos en Buenos Aires en temporada, en Mar del Plata, y con la gira nos va muy bien. Es una obra maravillosa porque plantea algo muy atractivo, este Dios que se va a psicoanalizar y todas esas preguntas que la psicóloga le hace que son todas esas preguntas que le haría uno si se encuentra frente a frente con Dios. Es una comedia con momentos de mucha reflexión y momentos también muy emotivos. Llega al público de una manera muy plena, novedosa, atractiva y ágil.

—¿Desde dónde encaraste un personaje de tanta complejidad?

—Fue difícil, muy difícil. Cuando leí la obra me cautivó el personaje pero cuando me puse a trabajarlo me pregunté dónde buscaba. Y busqué adentro mío. Me hice muchas preguntas que nunca me había hecho en relación a cuál es mi relación con Dios, o qué significa para mí Dios, o qué imagen tiene. Y eso me sirvió para conectarme interiormente. Descubrí que para mi Dios significa energía pura, que significaba todo eso que somos, que transitamos, que nos traspasa. De esa manera pude trabajar la energía con el cuerpo. En realidad me metí cada vez más para adentro y empecé a encontrar a Dios en mi accionar físico, en el movimiento, producto de la energía interior. Y gracias a la confianza y a la valentía de la excelente directora que es Lía Jelín, pude trabajarlo a partir de la acción física, cosa que siempre me interesa de los personajes, entenderlos desde lo corporal. Por eso es que Dios se achica, se agranda, se eleva en escena. A partir de ese trabajo energético, pude ir agregándole el texto que tampoco era fácil. Si bien no es una obra catedrática, filosófica y que plantea algo religioso, es este Dios que transita con esa imagen de hombre ese espacio psicoanalítico. Y que si bien se siente mal y por eso se va a psicoanalizar, se resiste bastante a las preguntas de la psicóloga.

—¿Dios va a intentar resolver el conflicto que le genera su propia creación, el género humano?

—Eso es lo que vamos viendo en la obra, pero en realidad el va porque no se siente bien, está muy cansado, se quiere suicidar, y gracias a una muy buena psicóloga infantil empiezan a salir posibilidades de por qué se siente mal. El se resiste a algunas cosas que van saliendo hasta que se produce un insight terapéutico, que es ese momento en que casi sin darse cuenta se le escapa a uno lo que tiene tan contenido adentro y sobre eso se sigue trabajando.

—¿Qué conflictos te produjo la obra con tu propia religiosidad o a los miles de espectadores que van con una idea de Dios?

—Ningún conflicto. Cada uno reacciona frente a la imagen de Dios de determinada manera. A mi no me crea un conflicto. Al contrario. Todas las noches me amplía ese conocimiento que tengo en relación a Dios. Lo que pasa es que es tan hábil, tan inteligente la obra, que a nosotros nos ven muchísimos religiosos. En Azul nos encontramos con cuatro monjas. Otra vez eran como 15 y me esperaron. Y hablé con ellas. Para mi era muy importante porque tampoco quería faltar el respeto ni a las monjas, ni a las religiones ni mucho menos a Dios. Y no es una obra que esté a favor de alguna religión, sino que tiene que ver con Dios. Y las religiones fueron creadas por el hombre. Así que no que me crea conflictos sino que me crea una confianza hacia la creencia de algo que nos sostiene, que nos guía y que somos nosotros también eso porque todos somos Dios.

—¿Tenías una vivencia religiosa previa a la obra?

—Yo tenía una vivencia religiosa cultural de una familia católica, apostólica y romana, había tomado la comunión, había sido monaguillo, pero hasta ahí llegué. No participé después de la Iglesia; seguí mi camino y mi relación con Dios independientemente y respetando a todas las religiones. Me interesa mucho el judaísmo, la base de todo. Tuve que leer mucho para hacer este personaje y me entusiasmó mucho, y sigo buscando.

—¿Qué pasa con quienes no creen?

—Es una experiencia muy personal. Yo creo que uno siempre cree en algo. A lo mejor eso en lo que cree es Dios. Dios no tiene una imagen específica, es una sensación, es energía que nos atraviesa, que está en nosotros; tenemos una pequeñísima parte de ese Dios inmenso. Así que no se (qué le sucede a quien no cree). No me pasó nunca. Sí me hablan desde la obra, de esa ficción, que está hecha con mucho respeto y sin una bajada de línea, y que creo que es para todo público.

—Tuviste un pico de popularidad con “Gasoleros” y estuviste en “Graduados”, uno de los grandes éxitos de 2012. ¿Cómo ves la televisión hoy?

—Si uno quiere mirar cómo anda el mundo, uno tiene que prender la televisión. Uno va haciendo zapping. Hay canales en los que uno se detiene más, como hay países en los que uno se detiene más y hay otros que no iría a visitar. Hay cosas que no me interesan, pero eso forma parte de una realidad. Se transmite ficción en la televisión, pero es una realidad, la realidad de lo que el público quiere ver, de lo que quieren mostrar los que hacen televisión, cómo se quieren contar las cosas. Es interesante ver la televisión no solamente desde el punto de vista fraccionado por un programa en sí, sino lo que significa la humanidad, tanto por los noticieros como de las cosas que se cuentan, como pasó siempre cuando no había televisión, con el cine, con los libros y siempre con el teatro.

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