Escenario

La fundación mítica de la Chicago argentina

El director Damián Ciampechini contó cómo es esta obra que indaga con humor y música en el pasado de Rosario.

Sábado 08 de Septiembre de 2018

El pasado de Rosario sube a escena con "Balada malandra", una obra que recrea parte de la historia mítica y rufianesca de la ciudad en la década del 30. Adaptada de "La ópera de los tres centavos" por la rosarina Patricia Suárez y dirigida por Damián Ciampechini, la pieza está atravesada por una historia de amor mientras hace foco en los cruces del poder y la corrupción, inmigrantes y proxenetas, deber y honor, todo eso con humor, música en vivo y la participación de más de 25 artistas en escena y un estreno ambicioso en una de las salas más grandes de la ciudad. La pieza se verá hoy, a las 21, en el teatro Fundación Astengo (Mitre 754).

Ciampechini, que estuvo acompañado por Naúm Krass en la dirección de actores, dijo que esta propuesta conserva el espíritu del original de la obra de Bertolt Brecht. "Con una estructura muy similar a la de Brecht, cuenta de alguna manera cómica, que todos los culpables terminan siendo buenos y los buenos malos", aseguró el director y añadió: "La corrupción y el rufianismo tienen que ver con el todo, no solamente con temas de uno, sino que en aquella época era de lo más importante, tanto a nivel político y judicial como hasta el pequeño rufián de la calle".

—¿Cómo surge la idea la obra?

—El año pasado, Naúm Krass, profesor de la Escuela de Teatro y fue maestro mío, nos juntamos a tomar un café con la idea de hacer un trabajo conjunto y con una producción importante con respecto a la "La ópera de los tres centavos", de Bertolt Brecht, esta mítica historia que sucede en Londres de malandras y rufianes. Nos pusimos en contacto con Patricia Suárez a la que invitamos a participar de los textos y llegamos a una genialidad en base a su inspiración ya que "La ópera de los tres centavos" habla de todo lo que tenga que ver con rufianismo y la corrupción en Londres en la década del 30, y, paradójicamente, en Rosario estábamos pasando por una Chicago argentina con los temas prostibularios y de rufianismo. A partir de esa idea lo que hace Patricia es traer a Rosario la historia de rufianes y malandras con características particulares, en la que van a aparecer Don Chicho, un mítico personaje de Rosario, Agata Galiffi o Madame Raquel, de alguna manera contando de alguna manera todo lo que pasaba en los alrededores de los prostíbulos.

—¿Cómo es la puesta en escena?

—Con una estructura muy similar a la de Brecht, contando de alguna manera cómica, que todos los culpables terminan siendo buenos, los buenos malos, donde aquellos rufianes con algunos códigos también se enamoraban y se iban transformando en algún momento en buenos. La corrupción y el rufianismo tiene que ver con el todo, no solamente con temas de uno, sino que en aquella época era de lo más importante a nivel político y judicial hasta el pequeño rufián de la calle. Es una puesta es muy brechtiana, está acompañada permanentemente con cortes y extrañamientos, aparecen músicos cantando, escenarios móviles, entrada de historias, personajes que son netamente realistas y otros que no, y hay cuatro músicos, dos guitarristas, un percusionista y un acordeonista.

—¿Quiénes son los protagonistas de la historia?

—Es una historia de amor entre malandras en que la hija de Don Chicho se enamora de un ladrón de bancos. Entre actores y músicos superamos los 25, y los personajes principales son Don Chicho, que lo hace Armando Durá; Humberto, que lo hace Juan Carlos Capello; Chichina, que está a cargo de Lishai Blau; la Gata Galiffi, que está en manos de Nives Paschetto. Y aparecen otros personajes como el de Alejandra Zambrini que interpreta algunas canciones especialmente compuestas para la obra, como "Balada malandra", tanto en letra como en música. Es un tema muy pegadizo, una rumba que abre y cierra el espectáculo.

—¿Por qué estos personajes y no otros de la historia de Rosario quedaron en la memoria colectiva?

—Son personajes como mitos. Creo que tiene que ver con un período histórico que es muy referencial. Rosario era uno de los mayores puertos de América y Rosario era otra Rosario, tan particular, de tránsito permanente y así aparecen personajes. La paradoja es por qué quedan en el recuerdo personajes rufianes y no de otro tipo. Creo que porque eran un tipo de rufianes con códigos. Acá ninguno es asesino. Justamente la hija de Don Chicho se enamora de un ladrón de bancos, entonces el propio Don Chicho, que delinque y roba, pero no a mano armada, se avergüenza que su hija no tenga códigos. Se habla de un malandraje con códigos que hoy no existe. Como en "El padrino", que transcurre más o menos por esa misma época en Estados Unidos, está esa idea de cercanía con la familia que es atípica y muestra otra faceta y por eso pasan a la historia. De alguna manera son referencias importantes. Vos decís la Gata Galiffi y todo el mundo la conoce; vos decís Clemente Alvarez, ¿y quién es? ¿el hospital? Y no, fue un médico importante. Y a tal punto lo fue que a Clemente Alvarez lo llama el Concejo para que haga un relevamiento sobre las prostitutas de Pichincha y Alvarez hace un informe extraordinario sobre el estado de salud que arranca con un escrito social donde dice que las prostitutas son víctimas, que no están enfermas, que lo que está enfermo es lo que las rodea, que los proxenetas son los políticos, los jueces. Sin embargo sí sabemos de Don Chicho y nadie sabe de Clemente Alvarez y es el mismo período histórico.

—Esta no es tu primera puesta multitudinaria. ¿Cuál es la ventaja de reunir elencos numerosos?

—Siempre trato de mezclar generaciones actorales. Creo mucho en el trabajo mancomunado, en el enriquecimiento del de al lado. En todas las puestas hay actores que superan los 75 u 80 años y gente de 20, vienen de escuelas distintas y diferentes formaciones, y el cruce generacional me parece un enriquecimiento artístico muy importante. Por otra parte, es muy fuerte encontrarte con jóvenes que hoy no conozcan la historia del teatro rosarino, que no sepan qué fue Teatro Abierto. La pérdida de la historia me produce cierto dolor. Entonces en estas puestas grandes me gusta mezclar actores que se nutran entre sí. Esta evolución y avance del teatro tiene que tener atravesada la historia. Si bien hablamos de los mismo, lo principal es hablar en el mismo código.

—¿Qué resultado artístico resulta de ese cruce?

—Lo primero es un extrañamiento. Yo estoy en el medio, pero es como que le cuesta mucho a algunos actores que vienen de una escuela muy clasicista con respecto al texto, con otros a los que lo único que les importa es el cuerpo. Hay un trabajo que determina una simbiosis entre las dos partes que van cediendo y se genera una nueva técnica o tendencia, arriba del escenario o detrás de bambalinas. Los actores de más trayectoria les hablan a los más chicos de modular, de que no se entienden las palabras, y por ahí los más jóvenes les dicen sobre ciertas posturas arriba del escenario. Estamos en un período cultural local, nacional y mundial como acéfalos, no hay referentes, por eso los jóvenes siguen escuchando cosas clásicas de hace 30 ó 40 años. Si uno habla a nivel mundial, se han perdido los referentes tanto de actores, bailarines, pintores, músicos y todo el mundo se va a referencias de hace 30 años. No hay gente hoy en día que marque tendencia como pasaba antes. Creo que en este cruce generacional saldrán nuevas tendencias y espero que serán positivas en tanto se respete la historia y se construyan cosas nuevas desde ahí.

—¿Cómo se puede leer la obra desde la actualidad?

—Creo que es muy traspasable a hoy en día, hay una cuestión vincular muy fuerte y justamente se trata de hablar de que el malo no es el que robó y se fue. Como dice el personaje protagónico que se encuentra con la madre que está muerta y lo viene a castigar porque se hizo rufián. En un momento Humberto le dice "mamá, ¿qué es peor, robar un banco o fundarlo?". Estas cosas juegan un poco con el entorno, con que hay entornos que forman a las personas y que no siempre hay un solo culpable. Hay personas que son culpables y también tienen un lado bueno de alguna manera. Me parece que eso es muy aplicable a hoy en día. Es una visión sobre las cuestiones políticas más humanista y sacada de los partidos políticos. Tiene que ver un poco más con lo humano, con el hombre y la sociedad y no tanto con los partidos políticos. Me parece que tenemos que volver al hombre como ser humano, resignificarlo. Y acá aparece eso, el hombre, la humanidad, donde todo se mezcla con todo, pero hay cosas que son claras.

—¿Ese enfoque depende también de la generación a la que pertenezca quien lo piensa?

—Creo que desde una mirada generacional va a tener una visión u otra. Creo que puede despertar preguntas en los más jóvenes, puede llegar a replantear cosas sucedidas. La mirada desde el punto de vista de lo vivido sobre lo que van a ver sobre el escenario es fundamental. Hay una pérdida enorme de valores. Ese Don Chicho encajaba como un hombre de familia que vivía de delinquir, pero primero era un hombre de familia. Tenía códigos. Hoy en día hay una pérdida atroz de valores, y más que nada hay una pérdida de horizonte. Igual me parece que hay un tendencia a algo nuevo. No digo que hoy son malos y antes eran buenos. Políticamente hay algo interesante dentro de todo lo malo. A los jóvenes no les interesa la política, pero dentro de 10 ó 20 años ese desinterés va a dar otra política porque la historia siempre evoluciona. Quizás lo jóvenes tendrán otra tendencia política que ya no tendrá que ver con partidos sino con otra forma. Dentro de esa grabación a fuego de valores como la tenían nuestros abuelos, creo que en esta revuelta puede haber un movimiento distinto y espero que mejor. Pero esa cuestión de las tendencias generacionales hace de "Balada malandra" un punto visual que denota esa separación que se vive en el día a día en las distintas generaciones.

—Ya te habías acercado a esta época con "Las polacas". ¿Tenés algún interés particular por ese período?

—Puede ser. Cuando digo "Las polacas" no hablo de la prostitución, sino de todo lo que estaba alrededor de la prostitución. Creo que es un período en el que Rosario pasó a ser la Chicago argentina y por eso a lo mejor me moviliza. O todas las cuestiones que se hablan ahora sobre búsqueda de derechos creo que fueron planteadas en ese período de forma primaria. Quizás también es una cuestión nostálgica, me gusta el tango. Pero no hay nada más específico que cuando me arriman el texto o la idea y me engancho. Puede ser que haya algo de nostalgia o de rever la historia.

Una apuesta cooperativa y de riesgo

"Balada malandra" es un proyecto cooperativo que Damián Ciampechini y el equipo de trabajo apostaron a llevar al escenario de una de las salas más grandes de Rosario. El director, que encaró una más vez la dirección de un elenco numeroso como lo hizo "Aquariam" o "Voyeur", aseguró que la decisión de estrenar en el teatro Fundación Astengo "es un riesgo" que decidieron asumir al tiempo que apelaron al sistema de financiamiento colectivo. "La gente del Fundación nos recibió con los brazos abiertos, estaban muy contentos por que gente de Rosario se arriesgue. Somos una cooperativa, nos ocupamos de todo, tiene una escenografía monstruosa que la hicimos con dos compañeros. Pero creo que Rosario se debe y nos debemos apostar a eso, a nuestros espacios que parecen reservados para gente de afuera. Es un riesgo que adquirimos porque la puesta también es más grande".

En ese sentido añadió: "Llegar a la Fundación fue decir ¿nos la jugamos?. Sí, pero por orgullo no. Tenemos que trabajar el doble, pero nos facilita y nos abre las puertas a muchos lugares. Estar en un teatro más grande nos permite llegar a empresas y gestionar un aporte. Es como pasa en Europa o México, que tienen páginas de mecenazgo. Parece mentira que nos cueste entenderlo, pero hay muchos que aportan apoyando a la cultura. Ojalá todos los elencos se enganchen con las páginas de mecenazgo que más allá de conseguir una publicidad permite que otra persona se sume al proyecto", completó.

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