Escenario

"Hoy la ternura también es un gesto político"

El director Guillermo Cacace contó cómo es la obra que se presenta hoy en La Comedia y que cumplió cinco años en cartel.

Domingo 18 de Agosto de 2019

El director Guillermo Cacace habla de un "cambio de respiración", del paso de "oscuridades" a "esperanzas", de "resiliencia", de interrogarse -antes que afirmar- que todo está perdido, de "salir de los lugares de confort" que proporciona el cinismo cuando explica por qué, hace seis años, decidió poner en escena "Mi hijo sólo camina un poco más lento".

Es la tercera vez que Cacace viene a Rosario, luego de "Mateo" y "El mar de noche", y en esta ocasión lo hace con una comedia dramática del croata Ivor Martinic, que tiene en el centro de la escena a un joven con una discapacidad, una madre que la niega y una familia tratando de convivir con eso. La obra, que aún permanece en cartel en Buenos Aires, se presenta hoy, a las 21, en el teatro La Comedia (Mitre y Cortada Ricardone). Previamente, hoy a las 11, el director y docente dictará durante dos días el taller para profesionales del teatro, el cine y la danza "El afuera como eje de la creación actoral" en la Escuela Municipal de Danzas y Arte Escénico (Santa Fe 1712).

—La obra se estrenó en 2014, fue uno de los espectáculos más convocantes y sigue en cartel. ¿A qué atribuís esa continuidad?

—En realidad un ejercicio permanente generar hipótesis acerca de qué pasó. Creo que se juntaron muchas cuestiones. A veces cierta parte del periodismo que con la mejor onda catalogó con la palabra fenómeno al hecho, pero no sé si un fenómeno no deja las cosas más ligadas a una pegada, a un acierto azaroso, cuando en realidad cuando nos encontramos con esta obra el grupo llevaba diez años de trabajo. Creo que se unió un material precioso como el texto con un grupo que tenía mucho trabajo. Tenemos una concepción de hacer teatro que es hacerlo por fuera de trabajar para el lucimiento de cada uno en lo suyo y sí poner el acento en lo que se urde en el entre. Esta obra venía bárbaro para desarrollar lo que ya era una concepción en nosotros y que a lo mejor todavía no había encontrado que la estallase, que la expusiese.

—¿Qué te atrajo del texto?

—Quizás sea un poco abstracto, pero es su respiración. Los textos tienen una suerte de respiración y con este podía respirar algo muy distinto a lo que venía respirando en otros materiales. Habíamos hecho una versión de "Mateo" para un ciclo sobre grotesco. Eso me proponía unas intensidades, una crueldad, unas oscuridades que me parecían apasionantes en ese momento, pero quería ir a otro ritmo, buscar otro tempo. Pensé que me lo iba a dar un texto clásico, pensé en Chéjov y de repente llega por vía del festival Europa América este texto. Y no es la anécdota. La anécdota tiene que ver con un chico que está en silla de ruedas, es el día de su cumpleaños, y la obra lleva ese título porque la madre niega que su hijo tiene una enfermedad degenerativa. Y esto no es expoliar la trama. Es el lenguaje, el modo en que se cuenta más que el tema lo que me convocó. Siempre aclaro que ni el autor ni nosotros tenemos familiares con esas características, lo que sí tenemos todos son grandes imposibilidades como las tiene cualquier ser humano y ese texto nos puso muy solidarios para empezar a comprender las propias limitaciones que tiene cualquiera.

—Mencionás imposibilidades y limitaciones propias, y la particularidad del personaje. ¿Se podría hacer una analogía entre esos conceptos con la realidad política y social?

—Totalmente. Creo que hay un doble juego en la obra, que mientras se dé esa suerte de entrenamiento muy fuerte en lo que hace a la trama, al lazo entre los actores actuando esas criaturas, la familia tiene distintas imposibilidades en ese lazo. Y de ahí pasamos a la metáfora de que en lo micro político de una familia se refracta algo de lo macro de una sociedad en la que el lazo está sistemáticamente muy deteriorado, nos cuesta mucho organizarnos frente a las cosas que nos pasan e incluso frente a las que compartimos con una sensación de insatisfacción o de dolor. A esta familia le pasa algo muy parecido, sólo que en algún momento puede algo.

—¿El texto se corre de la idea de familia disfuncional?

—Durante mucho tiempo la escena nacional, y la porteña muchísimo, se encargó de contar lo disfuncional de la familia, la familia como una suerte de infierno del Dante, sin ninguna ambigüedad. Y me parece que está esa ambigüedad. En la familia también por momentos aparece algo de lo resiliente o podés rearmarte para poder soportar lo hostil del afuera o de adentro, como es el destino de este muchacho. A mi no me gusta idealizar la familia porque todos sabemos que tienen aspectos bastante duros de sobrellevar, pero esa es una posibilidad, y está la otra posibilidad. En lo social pasa exactamente lo mismo. Así como existe ese lazo erosionado de repente te encontrás con la posibilidad de lo otro.

—¿Cuál es el desafío de sostener esa actitud?

—Nunca me ha gustado ser iluso, pero hay lugares de la esperanza que no podemos negar porque si no para qué seguir andando. Hay algo de eso y me lo afirmó mucho la paternidad. Cuando algunas obras me conectan con lugares muy oscuros pienso que también está eso otro. Yo miro a mi hija de dos años caminando por casa y pienso si todo es oscuro, entonces para qué. Quiero creer alguna otra realidad y no me parece que es una mera ilusión o un optimismo fácil pensar que se puede generar el lazo, que reconforta, que es reparador. Es muy lindo lo que pasa en la familia de Branko. El, que sería el máximo exponente de una imposibilidad, ayuda a recomponer una situación familiar que termina incluso conteniendo a los miembros de la familia y a él mismo.

—¿El optimismo es ingenuidad?

—A mi me pasa algo muy particular. Siendo alguien que estuvo en las filas de quienes hemos hecho cosas oscuras en la escena, también me parece que por momentos es como una pose donde se cree que uno se compromete más con algunas cosas, sobre todo en algunos sectores como el sector más ligado al teatro experimental, si te regodeás con esas oscuridades. A mí en un momento me pareció que lo que se producía en la escena que conozco más, que nos era más fácil, a mis colegas y a mí mismo, era meternos con esas oscuridades que meternos con zonas como la ternura. Acabo de montar "La enamorada", de Santiago Loza. Es un espectáculo que cuando lo veo digo "a ver, hoy la ternura también es un gesto político". El autor me decía que lo amoroso es un gesto político y tan complejo de sostener como esas escenas más violentas que montábamos en los 80 ó 90 con las queríamos hacer reaccionar cierta pasividad en la platea. Hay otras maneras de hacer reaccionar que no necesitan de una hostilidad tan a flor de piel en la calle y que huye de la carcajada maníaca. Se cree que hoy hay que hacer reír porque si no, no funciona. Paradójicamente, esto que podría ser una posición de mercado, empieza también a tomar parte con más ironía intelectual la escena alternativa. Pareciera como si la actitud fuera "no hagamos esa violencia y pasemos a una carcajada más cínica, más maníaca, que se ríe de todo". Y me parece que el efecto es fácil, tan fácil como la violencia. Hay zonas más complejas de habitar. Tal vez es más complejo que la ternura o lo amoroso, tal vez es innombrable lo que pasa ahí. Lo innombrable tampoco me gusta como pose romántica, sino que a veces se trata de que el esfuerzo está en investigar de qué se trata, porque si no estamos atrasando un poco con diagnósticos vencidos. Y esos diagnósticos vencidos nos ponen en pose.

—¿La deriva del pesimismo al cinismo es una actitud simplificadora? ¿Habría que ponerle un signo de interrogación a la afirmación que dice que todo está perdido?

—Sustraer ese signo de interrogación pasa a ser cool y hay como un mercado paralelo de lo cool. Es como decir esta gente es moderna porque le saca el signo de pregunta. Hay algo ahí que me parece que es claramente una zona de confort.

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